miércoles 15 julio
COPA DEL REY  |   |

Al despertar, el Granada CF seguía ahí

El equipo no consiguió su pase a la final de la Copa del Rey pero sí logró que toda una ciudad y una provincia se volcara con un equipo que ya ha hecho historia

La película del partido entre el Granada CF y el Athletic. Fotos: Álex Cámara y Alejandro Romero

Durante siete minutos Granada fue finalista. Riadas de personas se encaminaban hacia la Fuente de las Batallas para celebrar la victoria. El rojo y el blanco llenaban el Centro. La noche borboteaba alegremente como el fondo de una copa de champán. En los días siguientes, la ciudad vibraba como una única cuerda con la final soñada. Las familias se citaban para ver el partido y los niños hablaban de aquellos héroes con el orgullo con el que antes lo hacían de jugadores de otros equipos. No había coronavirus, ni paro ni disputas. Los aficionados, que ahora eran todos, quemaban las horas previas al partido estudiando el camino a Sevilla y medían mentalmente los cien metros del rectángulo en el que Granada se jugaba a los dados la preciada copa. Ya todo estaba en manos del destino. El disparo de Yuri, sin embargo, despertó a la grada de aquel sueño.

El estadio empujó con un único aliento. La tensión y el frío en Los Cármenes no pudieron con los 20.000 aficionados que corearon, sin tregua, al equipo.

En Preferencia, los viejos rojiblancos maldijeron la suerte pateando al suelo y después se levantaron para gritar con más fuerza. En la banda, Diego Martínez fue un poseso. Con los ojos llenos de rabia alentó a los suyos. Arriba, Carlos Fernández mordió a los defensas. Puertas arrasó líneas, tendió diagonales imposibles. Atrás, Gonalons trató de contener la marea. Y Germán, el capitán, apuntó con el dedo a la meta. Allí, el Granada intentó llevar la pelota hasta el último segundo.

Cuando pitó el árbitro pareció como si una montaña se derrumbara. Unos pocos aficionados bajaron las escaleras y se perdieron por el vomitorio en silencio. El resto -hombres y mujeres, ancianos y niños- permaneció en la grada y comenzó a corear el nombre del equipo en un largo mantra que pretendió taponar la yaga recién abierta. Subidos a los asientos, unos y otros se abrazaron. Las bufandas ascendieron al cielo hasta teñirlo de rojo y blanco. Hubo lágrimas y hubo risas. Luego, todos salieron a la avenida de camino a casa. En los labios se mezclaba el sabor de la derrota y la victoria.

Todo había terminado. Pero al despertar, esta vez, el sueño del Granada seguía ahí.

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