sábado 23 noviembre
EL REPORTAJE AGR  |   |

La madre que los parió

Mientras muchos aficionados se acuerdan de las progenitoras de los árbitros, estas viven con orgullo la pasión de sus hijos pese a los quebraderos que ello conlleva

Las madres, junto a sus tres hijos, en la sede del Colegio de Árbitros de Granada. Foto: Álex Cámara

Las madres, junto a sus tres hijos, en la sede del Colegio de Árbitros de Granada. Foto: Álex Cámara

Como si madres de toreros se tratase, de aquellas que inician el rezo ante un 'altar' improvisado, las progenitoras de los árbitros también llevan la 'profesión' por dentro. Los oídos les suelen retumbar cada fin de semana mientras su hijos tratan de imponer justicia en una cancha o en un terreno de juego. Es esa misma costumbre, la que hace que todos, más tarde o más temprano, hayan echado la culpa al trencilla la que convierte en costumbre una situación que, no por habitual, es cómoda para ellas.

A partir de 12 años
El presidente del Colegio de Árbitros de Granada, Luis Alcoba, explica que los menores que deseen introducirse en el mundo del arbitraje solo deben ser mayores de 12 años. Es el requisito mínimo para posteriormente pasar unas pruebas y unos exámenes que determinarán si puede comenzar a impartir justicia. "Cada vez quieren árbitros más jóvenes", señala. Para más información los interesados pueden dirigirse a este organismo, ubicado en el bajo del número 19 de la calle Cristo de la Yedra de Granada o en su web oficial.

Toda afición comienza por la decisión de empezar a llevarla a cabo. Ese día suele estar marcado casi a fuego en las sufridas madres de los colegiados de fútbol que protagonizan estas líneas. Trini, Pepi o María Angustias son solo tres de los cientos, incluso miles, de ejemplos de quienes saben que, por desgracia, su hijo será insultado, ninguneado, menospreciado o incluso agredido en un campo de fútbol. Pero este malestar contrasta con la satisfacción de que estos están cumpliendo un deseo.

"La profesión de un árbitro es sufrida, al igual de sufrida que puede estar una madre que tiene a un jugador. El problema radica en el comportamiento que hay en los campos de fútbol", señala Luis Alcoba, presidente del organismo que representa a los árbitros en la provincia granadina, que indica que la parte más fea siempre es la violencia en los terrenos de juego y que algunas veces se producen episodios "lamentables".

Jorge López Sánchez y su madre María Angustias Sánchez. Foto: Álex Cámara

Jorge López Sánchez y su madre María Angustias Sánchez. Foto: Álex Cámara

López Sánchez (24 años)
Jorge López Sánchez se dedica al arbitraje desde que tenía 11 años, afición que hereda de su padre. Sin embargo, la presencia de sus progenitores en los campos no termina de agradarle, prefiere estar "solo" ante los posibles riesgos que tenga que afrontar. Árbitro de Regional Preferente, asegura que prefiere pitar partidos de mayores porque es "más emocionante" y lamenta que sea en los de niños donde los padres provoquen "más follón". Cosas del destino, su actual pareja quiere ser árbitra, como él; algo a lo que Jorge se niega porque dice saber "todo lo que ello conlleva".

"No me hace mucha gracia"

Cuando contrajo matrimonio con Aurelio, árbitro entonces, nunca llegó a pensar que su hijo también tomaría el mismo camino del silbato, algo que desde los cinco años ya tenían claro en casa. María Angustias Sánchez reconoce que dejó de lado un sufrimiento para, desde hace 12 años, tener otro.

Sin embargo, esta madre ha acompañado a pocos partidos a su hijo, porque de las pocas veces que lo hizo no guarda un buen recuerdo: "Estaba muy pequeño, le dijeron de todo menos bonico, y ese día pensé que yo no era capaz de aguantar aquello, me fui a casa". A partir de entonces prefiere esperar en el hogar familiar a que sea su propio hijo o el marido quien le comenten cómo han ido los encuentros que ha dirigido, pese a que Jorge -su descendiente- suele ser parco en palabras.

Precisamente, uno de esos días la expresión "ha ido bien" cambió por la de "el niño ha sido agredido", tras lo que ella se dirigió a él de forma directa: "¿Vas a seguir?", le preguntó María Angustias tras tener conocimiento del primer golpe físico que había recibido su hijo, que lejos de arrugarse siguió con la afición que desarrolla.

"Sin árbitro no habría fútbol, pero está muy mal mirado, no consideran el trabajo que están haciendo. Sin embargo, cuando yo vi a mi hijo como en una bola aislado, después de que todo el mundo lo insultara, me dí cuenta de que puede servir", explica mientras manifiesta que no le hace "mucha gracia" que su hijo se exponga a estas situaciones cada fin de semana.

Pepi Ortega y su hija Layla El Achori Ortega, árbitra junto a su otra hija. Foto: Álex Cámara

Pepi Ortega y su hija Layla El Achori Ortega, árbitra junto a su otra hija. Foto: Álex Cámara

El Achori Ortega (15 años)
Layla El Achori Ortega se dedica al arbitraje federado desde que con once años con la intención de probar sensaciones nuevas y experimentar qué se siente al dirigir a 22 hombres a la vez: "Pensaba que iba a ser más difícil", indica esta árbitra, que rememora su primer partido en el Zaidín de forma anecdótica y consciente de que ha mejorado con el tiempo. El ser mujer en un mundo habitualmente de hombres, asegura, no cambia mucho, incluso le tienen algo más de respeto y cuidado. Su meta, como la de todos, llegar a ser internacional, a sabiendas de que será muy difícil, pero no imposible, para lo que lucha cada semana cuando se encarga de impartir justicia.

"A veces me he ido del campo"

Si sufrir con el arbitraje puede resultar una pesadez cada fin de semana, Pepi Ortega tiene doble ración cada siete días en casa, pues no solo una sino sus dos hijas dirigen partidos de fútbol en la provincia granadina, a las que acompañaba hasta que ellas mismas se sacaron el carné de conducir para poder desplazarse sin la necesidad de la madre.

"Alguna vez me ha echado de un campo", asegura Pepi entre risas, reconociendo los nervios que le provocan cuando escucha gritos en un terreno de juego donde su hija está dirigiendo el partido, aunque los insultos o quejas no vayan hacia ella: "Más de una vez me he ido del campo", afirma, a la par que precisa que ser madre de una mujer árbitro es "sufrido" por el rato (malo) que puede pasar su descendiente.

Incluso, en alguna ocasión llegó a darle una hipertensión por un mal presagio de que a su hija la iban a agredir o insultar de forma grave. Los nervios le jugaron una mala pasada, lo que no sucede con su hija, quien prefiere que a veces se marche a "la cafetería más lejana del pueblo" para poder ejercer su labor con tranquilidad.

Pero pese a los malos ratos que pueda conllevar ver cómo su hija tiene que enfrentarse a cada partido, Pepi tiene claro que la apoya en todo, aunque con perfeccionismo para que "sea la mejor". "Para mi es peor que me diga que tiene que ir a un partido concreto a que me diga que se va a tirar con la tabla de snow por las escaleras del bloque", añade.

Trinidad Bailón y su hijo Alejandro Martínez Bailón. Foto: Álex Cámara

Trinidad Bailón y su hijo Alejandro Martínez Bailón. Foto: Álex Cámara

Martínez Bailón (15 años)
Alejandro Martínez Bailón, como sus dos compañeros anteriores, también ejerce en el arbitraje desde los 11 años, aunque aún no puede pitar partidos sénior al no llegar a la edad mínima de Oficial (16 años). Orgulloso de tener a su madre como la "mejor defensora" en cada partido, este colegiado reconoce que es una afición que le rondó la cabeza tras verla en un amigo de su padre. El día que lo comunicó en casa lo recuerda con "mucha alegría", porque recibió el apoyo total de quien cree que es su mejor consejera y apoyo para seguir adelante.

"Lo que hago es oír, ver y callar"

Cuando a los 11 años su hijo Alejandro le dijo que quería ser árbitro, a ella no le faltó un minuto para acercarse al Colegio de Árbitros de Granada para inscribirlo y apoyarlo desde el día uno hasta la actualidad. Para Trinidad Bailón, la afición de su hijo también es la suya propia, hasta que llegue el día que el quiera dejarlo, el apoyo materno siempre estará presente.

"Lo que hago es oír, ver y callar", dice Bailón mientras recuerda algunas situaciones que ha vivido en algunos campos, donde incluso ha llegado a tener alguna palabra que otra con quienes estaban menospreciando la labor de su hijo. "Si el árbitro pita una falta es porque el jugador la ha cometido", señala esta madre, que recuerda que los colegiados tienen padres y madres como los jugadores. "Si él no falta respeto a nadie, que lo respeten también", reivindica esta progenitora, que además durante todo el partido no dirige la palabra a su hijo.

Después si llega el momento de hacerle las correcciones de cada encuentro al que ella lo acompaña desde el primer día, lo que hace que ya haya quien la conozca en algunos campos y, por ello, respeten algo más desde la grada la labor de su hijo. Sin embargo, Bailón echa en falta algo más de seguridad en algunos terrenos de juego, empezando por los propios delegados de campo.

La capacidad para contenerse cuando escucha improperios que van dirigidos hacia su propia persona la saca de la paciencia y "buena letra", porque "no merece la pena pelearse con nadie".

Entre risas y sosiego comentan anécdotas vividas, momentos únicos que les acompañarán para siempre en una afición que aunque les reporta sus molestias también tiene momentos de satisfacción.

Consejeras, luchadoras y sobre todo, el mejor soporte para una de las aficiones de sus hijos. Este solo es el ejemplo de tres madres que, como las de casi todos, suelen estar en las buenas y, ante todo, en las malas, aun cuando son recordadas, como las de los árbitros, por algo malo.

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