Un centro de día no es una sala de espera
Beatriz Ávila es directora de la residencia Reifs Regina en Churriana de la Vega, psicóloga, terapeuta ocupacional y auxiliar de enfermería

Hay una hora del día que me gusta especialmente. Es la de la mañana, cuando la gente empieza a llegar. Aprendí hace tiempo, primero como auxiliar de enfermería y más tarde como psicóloga y terapeuta ocupacional, que las cosas importantes casi nunca se anuncian. Se observan. Están en cómo alguien empuja una puerta, en si levanta la mirada al entrar, en el modo en que dice —o no dice— buenos días.
Me acuerdo de una señora que las primeras semanas venía con los ojos bajos y el bolso apretado contra el pecho, como quien no piensa quedarse. No hablaba con nadie. Semanas después entra, saluda por su nombre a dos o tres compañeras y se sienta en el sitio que ya considera suyo. No ha cambiado su enfermedad. Ha cambiado su día.
Escribo esto porque de los centros de día se habla poco, y cuando se habla, se entiende mal. Mucha gente cree que son un lugar donde "dejar" un rato a un mayor para que la familia respire. Y respirar hace falta, no lo niego. Pero reducirlo a eso es quedarse en la puerta sin llegar a entrar. Un centro de día no es una sala de espera. Es, para muchas personas, el sitio donde vuelven a formar parte de algo.
Trabajo con personas mayores y sé una cosa que a veces cuesta decir en voz alta: la soledad no deseada no es solo una tristeza. Es un problema de salud. Cuando alguien pasa día tras día sin nadie con quien hablar, sin una rutina que lo espere, sin una razón para arreglarse por la mañana, el cuerpo y la cabeza se apagan a la vez. Se come peor, se duerme peor, se olvida más, se sale menos, hasta que no salir se convierte en costumbre. Lo he visto muchas veces. Y también he visto lo contrario: cómo una compañía constante, unos horarios y un "te esperábamos" devuelven algo que parecía perdido.
El centro de día es también un lugar donde se trabaja. Como terapeuta ocupacional insisto mucho en esto: la autonomía no se conserva sola, se entrena. La fisioterapia, la estimulación cognitiva o la terapia ocupacional no son entretenimiento para pasar la mañana. Sirven para que una persona siga vistiéndose sola, siga preparándose algo de comer, siga recordando los nombres, siga caminando hasta la esquina. Cada pequeña capacidad que se mantiene es un pedazo de vida propia que no se pierde. Y recuperar lo que se puede recuperar —después de una caída, de un ingreso— se hace mejor acompañado y con método que en el salón de casa, con toda la buena voluntad pero sin herramientas.
Y hay algo que a las familias les sorprende cuando lo cuento: al final del día, la persona vuelve a su casa. Duerme en su cama, en su barrio, con los suyos. No renuncia a su vida para ser cuidada; suma cuidado a la vida que ya tiene. Recibe atención profesional durante el día y regresa por la tarde a lo que conoce. Para muchas personas mayores, y para muchas familias, ese equilibrio lo cambia todo.
No suelo hablar mucho. Prefiero mirar y escuchar; es parte de mi oficio y también de mi carácter. Por eso, cuando alguien me pregunta si un centro de día funciona, no le respondo con cifras. Le hablo de esa señora del bolso apretado que ahora llega saludando. De la mesa que se llena de conversación a media mañana. De la familia que me dice, aliviada, que su padre ha vuelto a contar cosas en la cena. Esas señales pequeñas son las que más me importan, porque son las más difíciles de fingir.
Si en su familia hay una persona mayor que pasa demasiadas horas sola, o que está intentando recuperarse de algo, quizá merezca la pena acercarse a preguntar. No hace falta decidir nada hoy. A veces basta con cruzar la puerta una mañana y quedarse a ver cómo se llena la mesa.









