martes 14 julio
Opinión  |   |

Alcaldesa Carazo, váyase al carazo

Hay expresiones que las hace la sabiduría popular. Una de ellas, que ya circula por las tascas del Albaicín, los bares del Zaidín y los mentideros de la Chana, es esa joya de la sapiencia granaína que dice: “Alcaldesa Carazo, váyase al carazo”.

Y no lo dice uno con mala baba, que conste. Lo dice con malafollá, que es mucho más sutil, pero no menos verdad. Porque la malafollá granaína no es agresividad: es esa forma de ver la vida con un gesto de ya me lo esperaba, mientras te tomas una caña. Y con esa misma malafollá, cualquier granaíno o granaína que pase por la Carrera del Darro o se asome a la Plaza de Bib-Rambla se pregunta: ¿pero esta señora dónde vive, en la inopia?

Porque vayamos al meollo. ¿Qué es el carazo? Pues mire usted, podría ser un barrio imaginario donde los jardines se riegan solos, las aceras no parecen pistas de motocross y los vecinos y las vecinas no tienen que organizarse para evitar que le talen los árboles, para que no les conviertan su calle, su plaza, en un lugar insoportable para la vida. Allí, en ese místico carazo, seguro que la gestión municipal funciona. Lástima que aquí, en la Graná de verdad, siga gobernando la pena penica pena.

Y aquí viene la malafollá: uno lleva años viendo cómo la ciudad se va convirtiendo en un secanal, y no dice , porque pa qué. ¿Que cierran la ferretería de toda la vida en el barrio o el centro? Cosas veredes. ¿Que ponen otra tienda de pulseras de macramé y lámparas de camellos? Anda, pues mira qué bonito, durará lo que un caramelo a la puerta de un cole. ¿Que la alcaldesa presume de peatonalización mientras echan a los vecinos y las vecinas de sus barrios y centro? Haberlo pensao, chico. Eso es la malafollá: ver el desastre, saber que viene, y no darle más vueltas porque total, ya avisamos.

Pero lo que ya empieza a cansar, incluso al más resignao, es el ataque al patrimonio histórico con disimulo. Porque Carazo no restaura: maquilla. No conserva: hormigonea. Y ojo, que con esa carita de yo no he sío te vende un proyecto para la Alhambra como si fuera un centro comercial, y una parte de Graná se lo cree porque sale en el Ideal con una foto bien planchá. Pero los y las que tenemos malafollá sabemos que lo bonito es mentira: las fuentes siguen secas, el Darro es un cenicero y la Silla del Moro se cae a cachos mientras la señora alcaldesa se hace la foto con la muralla de fondo, eso sí, sin acercarse mucho no vaya a mancharse los zapatos.

Y lo del tejido productivo local mejor no hablarlo, que a uno le da hasta apuro. Porque Graná ya no es ciudad para vivir: es un set de Instagram para turistas por horas. Los bares de toda la vida van cerrando, la frutería del barrio se reconvierte en piso turístico, y el granaíno o la granaína tiene que hacer el viacrucis para la compra en el super o la tienda, que no veas la que hay que liar pa llegar. Pero Carazo tan ancha: “Es que el turismo da de comer”. A ver, señora: el turismo que usted defiende se está devorando la vida del que se tiene que ir a vivir al quinto pino porque su casa, su entorno, su vida, la han convertido en apartamento con jacuzzi y wifi premium. Eso la malafollá lo sabe, pero como ella no tiene que pedir cita pa na, pues tan ricamente.

Y lo peor, es la deshumanización. Porque Graná siempre ha sido una ciudad alegre, sí, con ruido bueno: de críos jugando en la plaza, de abuelas en la puerta, de tertulias hasta que cierran el bar de Juanillo. Ahora ese ruido lo han sustituido por el masivo pitido desbocado de las maletas con ruedas que vuelan por to los laos. La ciudad se ha vuelto fría, extraña, como si el vecino de enfrente fuera un decorado más. Y claro, claro que lo notamos. Pero como somos de Graná, en lugar de quemar algo, nos limitamos a soltar un Carazo, vete al carazo con una sonrisa de medio lao, y seguimos tomando la caña o el tubo. Porque la malafollá no es resignación: es resistencia con retranca.

Así que ya sabe, señora alcaldesa: con todo el cariño del mundo —o el poco que nos queda después de ver cómo deja usted Graná sin arboles—, agárrese las alforjas y póngase rumbo a ese misterioso carazo. Allí podrá seguir inaugurando cosas sin hacer, cortando cintas sin haber atao los perros con longaniza y echar discursos huecos sin que nadie le pregunte por el Realejo o el Albaicín.

Así somos los granaínos y las granaínas, con nuestra malafollá, reconstruir lo que un día fue una ciudad de verdad. Que de eso sabemos un rato, aunque nos duela. Y mientras tanto, ya sabe: Váyase al carazo. Que se lo decimos con cariño.

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Columnista
Salvador Soler

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