martes 14 julio
Opinión  |   |

¡Ay, qué trabajo me cuesta!

Me ha llevado varios días -y un Corpus de por medio, todo sea dicho- masticar el final de temporada. Unos meses de un epílogo deportivo nefasto a una temporada en la que solo se puede extraer en positivo que el equipo permanecerá una temporada más en el fútbol profesional. Por otro lado, algo que todos hubiéramos firmado con sangre en septiembre del año pasado.

Ahora llega el verano. Un periodo que navega entre rumores de fichajes, campaña de renovación de abonos y presentación de camisetas. El mismo proceso de todos los años. Cabe la duda de saber cómo responderá la masa social tras unos meses en los que la desilusión y el hastío han inundado el corazón de todos los granadinistas. Mientras tanto, los dirigentes tienen pinta de haber sacado la tijera y de estar dispuestos a hacerle un agujero más al cinturón del socio para poder apretárselo un poco más.

Porque el Granada CF lleva demasiado tiempo acordándose de su afición solo cuando necesita que pase por taquilla o cuando el agua le llega al cuello. Entonces sí. Entonces toca apelar al sentimiento, al escudo, a la fidelidad, a la familia rojiblanca y a todas esas palabras tan bonitas que suelen aparecer cuando el club necesita llenar una grada, vender una camiseta o rebajar la tensión social. El resto del año, sin embargo, el granadinista parece una molestia. Una voz incómoda. Un cliente al que se le pide paciencia, dinero y silencio, pero al que rara vez se le ofrece respeto, transparencia o un proyecto mínimamente ilusionante.

La promesa de un cambio en la relación del club con su gente ha quedado, una vez más, en papel mojado. Como tantas otras cosas. Como las reformas del estadio, eternamente pendientes. Como las obras de la Ciudad Deportiva, convertidas ya en una especie de leyenda urbana granadinista. Como cada compromiso que se anuncia con solemnidad y termina desapareciendo entre comunicados fríos, respuestas ambiguas y una sensación general de abandono. El Granada CF habla de futuro con la misma facilidad con la que incumple el presente.

Y, mientras tanto, se empieza a intuir otro golpe difícil de explicar: el posible desmantelamiento del Granada CF Femenino. Precisamente ellas. Las que han sostenido el escudo con dignidad durante estas tres últimas temporadas. Las que han sacado la cara mientras el equipo masculino acumulaba decepciones, descensos, bandazos y ridículos difícilmente justificables. Las que han construido una comunión real con la afición, desde la humildad, el esfuerzo y el sentimiento de pertenencia. Si algo ha funcionado en este club en los últimos tiempos, ha sido el femenino. Sin embargo, para algunos ese Granada CF Femenino es solo un gasto, una molestia.

Esa es la gran paradoja de este Granada CF. Se toman medidas, se ajustan presupuestos, se recorta en áreas sensibles y se pide comprensión a todo el mundo, pero quienes han tomado las decisiones que han devaluado al equipo, deteriorado la institución y devuelto al club a una sensación cercana a la de hace dos décadas siguen ahí. Impasibles. Como si nada fuera con ellos. Como si el agujero económico, deportivo y emocional se hubiera abierto solo. Como si el Granada CF se hubiera despeñado por una ladera sin que nadie estuviera al volante.

Y cuando la gente se cansa, cuando el hartazgo se convierte en protesta y la afición empieza a levantar la voz, aparece de nuevo el escudo como chantaje emocional. Se nos recuerda que el Granada CF está por encima de todo, que hay que estar en las malas, que abandonar no es una opción. Y es verdad. El escudo está por encima de todos. Pero precisamente por eso no debería utilizarse como coartada para justificar una gestión deficitaria, errática y profundamente desconectada de su gente. Amar este escudo no puede significar aceptar cualquier cosa. No puede consistir en pagar, callar y poner la otra mejilla hasta quedarse sin cara.

Porque querer a este club cada vez cuesta más. No por el escudo, ni por la camiseta, ni por la historia, ni por la gente que sigue yendo a Los Cármenes incluso cuando no hay apenas motivos para hacerlo. Cuesta por quienes han convertido ese amor en una prueba de resistencia. Por quienes piden compromiso mientras ofrecen desgana e irresponsabilidad. Por quienes han olvidado que el Granada CF no existe gracias a ellos, sino pese a ellos.

Y es que, como escribía Federico García Lorca: “¡Ay, qué trabajo me cuesta quererte como te quiero! Por tu amor me duele el aire, el corazón y el sombrero”.

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Columnista
José David Collina

Abonado del Granada CF y creador de contenido en Puerta Nueve

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