viernes 22 marzo
Opinión  |   |

Banderas al viento…

Soy español. También soy andaluz. Y observando lo que sucede en el mundo me siento afortunado. Nadie puede considerarse superior por nacer en un lugar u otro, porque no constituye un mérito personal sino un mero azar. Uno puede sentirse orgulloso de lo que hace con lo que la suerte le ha concedido. Por eso no me considero inferior ni superior que un británico, un canadiense, un argentino, un sirio… o alguien de Guinea Conakri, uno de los países de los que proceden parte de quienes llegan en pateras.

Los guineanos huyen de su país, torturado por golpes de estado y dictaduras continuadas, buscando una vida mejor a pesar de ser un país rico en recursos naturales, especialmente bauxita (contiene la cuarta parte de las reservas mundiales) codiciada por las compañías extranjeras. ¿Qué haríamos cualquiera de nosotros si fuésemos guineanos?. ¿Qué hacen nuestros jóvenes, sobradamente preparados y que no encuentran trabajo en España?

Por ello me indigna que el gobierno bloquee los barcos humanitarios que salvan vidas en el Mediterráneo o que algunos partidos eleven su tono de desprecio y rechazo contra quienes huyen de situaciones desesperadas.

Los últimos tiempos España se va llenando de fervores patrióticos. Las banderas son símbolos de un estado, nación o territorio. Pero no son ni la nación ni el estado. Lo esencial son las personas. El problema de los nacionalismos es que suelen ser excluyentes y construirse sobre la confrontación y el señalamiento de un enemigo exterior. El virus de ese nacionalismo nos está infectando de una forma inquietante. Y corremos el riesgo de que llegue a nublar la racionalidad necesaria para afrontar los problemas.

Cuando veo las manifestaciones donde se enarbolan y tremolan tantas banderas me aflora el recuerdo de mis años escolares cuando, marcialmente alineados, nos hacían entonar el “montañas nevadas, banderas al viento…” con que el régimen franquista intentaba adoctrinarnos ya desde pequeñitos.

Me molesta que parte del independentismo catalán me señale como miembro de una “España que les roba”. A los catalanes les han robado algunos españoles y también algunos catalanes, incluso nacionalistas. Igual que a al resto de españoles. Como demócrata no puedo aceptar que se proclame el derecho a decidir sobre la base del 47% del electorado, que no es mayoría y está lejos de las mayorías cualificadas que en países como Gran Bretaña o Canadá, se han barajado para reconocer en Escocia o Quebec ese “derecho a decidir”.

Pero me molesta también que desde cierto nacionalismo español se apueste únicamente por el “a por ellos” en vez de analizar cómo es posible que casi la mitad de los catalanes hayan llegado a convencerse de que lo mejor es la independencia de España. No se puede construir un país, ni un Estado, mediante la imposición. Mejor convencer. Apostar por la crispación y el enfrentamiento refuerza lo peor de ambos nacionalismos, que se retroalimentan, creciendo en número e intransigencia.

Me resulta inaceptable que se envuelvan en la bandera de España partidos condenados por corrupción, con muchos altos cargos en la cárcel, o camino de ella, por robarnos a todos y llevarse el dinero a Suiza. O supuestos patriotas ultraliberales que no han hecho otra cosa en la vida que vivir de las instituciones y las mamandurrias.

Paradójicamente la votación en el Congreso de los presupuestos generales del Estado ha unido en su rechazo a ambos nacionalismos, supuestamente antagónicos. Rechazados a pesar de que incluían medidas beneficiosas para la mayoría de la gente. Da la impresión de que al menos una parte del independentismo catalán ha apostado por el “cuanto peor, mejor”, convencido de que cuanto más se radicaliza el nacionalismo español más puede crecer el catalán. Y así ha sido en los últimos decenios. Por su parte la tri-derecha española también parece apostar por la radicalidad que entienden les da votos.

¿Pero así hasta cuándo?. Si el nacionalismo catalán llegara a conseguir el apoyo del 60-70% de la población, que probablemente piensan factible en este clima de crispación, el escenario se complicaría aún más. ¿Alguien duda de que esta situación acabará en diálogo o en ruptura, nunca en aplastamiento?. Pero esto exige sentido común e inteligencia. De todos. Los insensatos deben ser apartados. Los problemas no son las banderas, ni los sentimientos, sino mejorar la calidad de vida de la gente, el empleo y su calidad, la sostenibilidad, la salud, la educación, los cuidados, la dependencia, combatir la desigualdad…

Y otra paradoja. Resulta que en el Parlamento Europeo Ciudadanos, PDCAT y PNV comparten allí grupo parlamentario (ALDE). Increible.

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Columnista
Miguel Martín Velázquez

Miembro del Consejo Ciudadano Municipal de Podemos Granada

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