miércoles 11 febrero
Opinión  |   |

Calle Calar o cómo se gobierna una ciudad sin escuchar a quienes la viven

Diciembre de 2025, cerca del inicio de las fiestas navideñas, nos encontramos con un nuevo “regalo emponzoñado”. En la calle Calar de Granada, se produjo una escena que resume con crudeza el modelo de ciudad que está impulsando la actual corporación municipal: árboles adultos, consolidados, parte del paisaje cotidiano del barrio, fueron talados bajo la ambigua etiqueta de “trabajos de poda”. No ha sido una poda, sino, una eliminación definitiva del arbolado urbano, ejecutada sin información clara, sin explicaciones públicas y sin el más mínimo respeto a la participación vecinal. Y eso no es un detalle menor: es una forma de gobernar, como ya vienen demostrando en otros barrios granadinos.

La tala no es más que la continuación de actuaciones anteriores sobre árboles sometidos durante años a podas agresivas, desmoches reiterados y un abandono evidente del entorno radicular. Árboles debilitados no por una enfermedad inevitable, sino por una mala gestión continuada. Cuando a un árbol se le priva de cuidados adecuados durante años, su final acaba siendo presentado como “inevitable”. Pero no lo es: es inducido.

Granada tiene una ordenanza municipal que protege expresamente el arbolado urbano. No es una recomendación estética, es una norma jurídica que obliga a conservar, a mantener, a podar con criterios científicos y a justificar de forma razonada cualquier tala. La norma es clara: la tala es una medida excepcional. Sin embargo, en la calle Calar no se ha explicado qué informes existían, qué alternativas se valoraron o por qué se optó directamente por la motosierra.

Lo verdaderamente preocupante es que este tipo de actuaciones se repiten sin participación ciudadana, sin información previa y sin diálogo. La actual corporación municipal parece entender la ciudad como un espacio que se gestiona desde arriba, sin contar con quienes la habitan. Y eso es profundamente antidemocrático.

Granada y sus barrios no es un decorado ni un activo económico. Es, ante todo, el lugar donde la gente hace su vida cotidiana. En la ciudad y sus barrios no solo se trabaja: se vive, se cría, se cuida, se descansa y se disfruta. Los árboles, las sombras, los espacios amables no son un lujo: son condiciones básicas de habitabilidad, convivencia y salud. Cada árbol talado sin justificación es un paso más hacia una ciudad hostil, dura, pensada para el tránsito rápido y no para la vida. Una ciudad que expulsa lentamente a sus habitantes, cambiando a peor la forma de vida, no con una orden directa, sino con decisiones urbanas que hacen imposible quedarse: más calor, menos sombra, menos espacios de encuentro, menos calidad de vida. No se puede hablar de modernización mientras se destruye el patrimonio verde. No se puede hablar de sostenibilidad mientras se incumplen las propias normas municipales. Y no se puede hablar de ciudad sin escuchar a quienes la viven cada día.

Lo ocurrido en la calle Calar no es un caso aislado. Es un síntoma. Y frente a ese modelo de ciudad, cada vez más personas lo tienen claro: Granada no es para quien pasa, ni para quien explota, ni para quien decide sin escuchar. Granada y sus barrios son para quienes los hacen habitables. Y, eso implica cuidar los árboles, respetar la normativa, abrir procesos reales de participación y dejar de gobernar de espaldas a la ciudadanía. Una ciudad sin sombra, sin diálogo y sin respeto por lo común no es una ciudad que avanza: es una ciudad que expulsa.

Granada se encuentra en una encrucijada vital. Para que la ciudad no sea solo un escenario de postal, sino un hogar vibrante, es necesario un modelo de urbanismo sostenible que devuelva el protagonismo a quienes habitan sus calles, protegiendo, así mismo, al comercio de proximidad y la actividad económica local, eso hace ciudad, barrio y crea comunidad, junto a una política de viviendas vecinales, adecuadas y asequibles, que permita a las personas granadinas seguir viviendo en sus centros históricos y distritos. La verdadera habitabilidad comienza por priorizar nuestros barrios, protegiendo su idiosincrasia y esos elementos significativos que nos dan identidad, frente a la homogeneización del turismo de masas.

La "Granada Cultural" que se presenta es un decorado vacío cuando prioriza el negocio de unos pocos frente a los vecinos que realmente dan vida a la ciudad. Ignorar los problemas del día a día de la población que trabaja y reside aquí es convertir el rico patrimonio granadino en un parque temático al servicio del beneficio privado.

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Columnista
Salvador Soler

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