jueves 15 enero
Opinión  |   |

Como en casa, en cualquier sitio

Llama la atención que el Granada CF, un equipo que hace no tanto firmó una temporada completa sin perder en Los Cármenes, esté ofreciendo ahora un rendimiento tan pobre ante su propia gente. De 27 puntos posibles, solo ha conseguido 10. Ha ganado únicamente 2 de los 9 partidos disputados en casa, y ambos ante rivales situados en la zona baja -Real Sociedad ‘B’ y Real Zaragoza-. Es verdad que ya el año pasado se intuía un descenso en los números como local, pero lo de esta temporada trasciende cualquier tendencia; es una anomalía difícil de recordar si excluimos, claro está, las campañas en Primera División, donde el Granada CF debe convivir con la lógica del sufrimiento.

Ese contraste entre lo que el Granada CF fue y lo que hoy muestra sobre el césped no hace más que intensificar una sensación que se ha instalado en el ambiente: el club ha dejado de sentirse como un refugio emocional, como ese lugar donde el aficionado encontraba compañía y sentido. Es curioso cuando en los últimos años se vienen batiendo records en la cifra de abonados –al menos, de manera oficial- ya que esas cifras chocan con una realidad visible a simple vista. La grada transmite una frialdad imposible de disimular, un silencio que no guarda expectación sino un cansancio profundo. El estadio ya no ruge ni contagia, no empuja al equipo como antes.

Muy probablemente, esa frialdad tenga su origen en algo más profundo. En muchos aficionados ha ido creciendo un desapego silencioso, casi inevitable, hacia todo lo que rodea al Granada CF. Ser tratados como simples huchas con las que tapar aguieran unjeros, convertidos en meras cifras dentro de una hoja de Excel, acaba desgastando. La ilusión se erosiona cuando la gestión es deficiente, cuando las decisiones parecen alejar al club de su gente en lugar de acercarlo. Y ante ese desgaste, ¿qué queda? Aficionados que acuden a Los Cármenes porque forma parte de su vida, sí, pero lo hacen sin esa chispa que convierte un desplazamiento al estadio en algo especial. Van por costumbre, por inercia. Como si obedec ritual tribal vacío de mística.

No se les puede culpar por ello. El aficionado tiene un límite, y cuando siente que da más de lo que recibe, se protege como puede. Algunos se encapsulan en apatía; otros acuden, pero no participan emocionalmente; otros directamente dejan el asiento vacío. No es desafección por el club, sino por lo que el club ha permitido que ocurra a su alrededor. Y ese matiz lo cambia todo.

Hay, no obstante, una última cuestión que sí creo que entra en el debe del aficionado. Nunca entenderé los pitos al jugador propio en pleno partido. Jamás. Y casi bajo ningún concepto, salvo episodios muy concretos: desplantes, gestos de niñatería o faltas de respeto como aquella de Ponce hace unos años, cuando Los Cármenes entero acabó pidiendo a Lucas Alcaraz que lo sustituyera. Situaciones extraordinarias, en definitiva. Pero fuera de esos casos, el pito al jugador propio no tiene sentido alguno. No ayuda, no construye, no empuja. ¿Liberar frustración? Puede ser. Pero a nivel práctico solo consigue debilitar al único que puede cambiar las cosas: el futbolista que está batallando sobre el césped.

Porque al final, nos guste más o menos, los que tienen que levantar al Granada CF son ellos. Esos once que salen al campo, con sus virtudes y sus limitaciones, con sus aciertos y sus errores. Son los que pelean por el escudo mientras el resto observamos desde la grada. Y quizá, solo quizá, recuperar algo del calor perdido pase por recordar eso. Y por volver a hacer de Los Cármenes un lugar donde el equipo se sienta, de verdad, como en casa.

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Columnista
José David Collina

Abonado del Granada CF y creador de contenido en Puerta Nueve

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