jueves 15 abril
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Corrupciones&Corruptelas S.A.

El problema que no cesa. Por muy cansino que pueda resultar a estas alturas hablar de corrupción ésta sigue presente y nos golpea a diario.

La lista de casos es interminable. En el parlamento se ha leído más de una vez y de corrido la larguísima lista de asuntos turbios y sumarios judiciales que contaminan nuestro sistema político erosionando su credibilidad de forma creciente. La mancha de aceite se ha extendido por todas las administraciones e instituciones del Estado. Desde la Casa Real hasta el Tribunal Supremo, la administración central, distintas Comunidades Autónomas o muchas entidades locales, incluidas diputaciones y numerosos ayuntamientos.

Como quiera que los primeros casos de este ciclo de corrupciones no tuvieron, de inmediato, el correspondiente castigo electoral para los partidos afectados, éstos no adoptaron las medidas necesarias para atajar el fenómeno. El resultado fue que no dejó de crecer hasta el punto de llegar a convertirse en estructural, permeabilizando o salpicando a casi todas las estructuras del Estado.

Incluso, más que atajar el problema, la respuesta fue tratar de minimizar sus efectos, intentando restarle importancia a través de cortinas de humo, de intentos de encubrimiento o tratando de agarrarse al principio de la presunción de inocencia.

Pero la lluvia fina continuada acaba llenando el recipiente de la tolerancia o la paciencia social, el gota a gota termina por desbordar el vaso. Y llegados a este punto el hastío y la indignación de la gente no pueden producir otro resultado que el castigo de los partidos protagonistas de la situación y culpables cuando menos de pasividad (siendo benévolos) y encubrimiento. Lo que no se afronta a su debido tiempo acaba estallando en forma de castigo electoral y cuando lo hace tiene difícil arreglo, ya casi se haga lo que se haga.

Pero no solo existen casos sangrantes de corrupción política y económica, sino que las gentes comunes percibimos también otro tipo de comportamientos que podríamos denominar corruptelas. Poca gente dudará a estas alturas de los usos clientelares que se practican desde distintas esferas de poder. Es difícil no percibir las prácticas sistemáticas de los partidos de poder que utilizan sus resortes para favorecer a los miembros de sus propios partidos, sus familiares, amigos…, creando redes clientelares que se incrustan en las distintas administraciones.

Los casos del máster o la aprobación vertiginosa de asignaturas y carreras por parte de algunos políticos (presuntos lumbreras) no es más que la muestra de cómo aquella mancha de aceite alcanza incluso a aspectos menores de la vida política y social. Quien manda no se conforma con hacerlo y tener una posición pública destacada sino que, ante el grado de impunidad al que se habían acostumbrado, pasan a quererlo todo. Hasta resplandecientes currículos académicos obtenidos, eso sí, sin dar ni golpe. Aunque no lo necesiten para sus carreras políticas desean parecer brillantes e inteligentes. Por encima de tanta gente joven que obtiene sus títulos con esfuerzo intelectual y económico.

En Granada también tenemos nuestra propia historia de corrupciones y corruptelas (presuntas, por supuesto). Los dos últimos alcaldes (de uno y otro partido del turnismo) imputados y un buen ramillete de concejales en situación similar. Los casos Serrallo, TG7, Emucesa… visualizan perfectamente los procedimientos de la corrupción y las corruptelas y el clientelismo en estado puro (presuntamente, desde luego).

Ahora nos estalla un nuevo caso Alhambra, y van… De modo que nuestro más visitado y emblemático monumento se va a hacer más famoso por los casos de irregularidades (presuntas) que por su propia belleza.

Pero por muy cansino y desalentador que pueda parecernos todo este fenómeno es preciso que las gentes normales no nos despistemos, que exijamos una regeneración de la vida pública y que no dejemos de castigar a quienes son autores o encubridores de tales comportamientos. Y debemos reclamar de las fuerzas políticas emergentes que no se conviertan en meras muletas de los viejos partidos del turnismo. Ni aquí, ni en Sevilla, ni en Madrid.

Miguel Martín Velázquez
Colaborador de Ahora Sí

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