Cualquier tiempo pasado fue peor

Se acabó la jornada retro. Vuelven los uniformes modernos —árbitros incluidos—, regresan los gráficos de tonos apagados que dicen mucho y no inspiran casi nada, y vuelve también el logo contemporáneo de EA Sports. En definitiva, vuelta a la normalidad. O quizá, mejor dicho, vuelta a la realidad de cada equipo.
La jornada ha sido, a todas luces, un éxito. Lo ha sido por su repercusión mediática, por la conversación generada en redes y entre aficionados, y también —no conviene engañarse— por su vertiente económica. Porque, al fin y al cabo, esta clase de homenajes al pasado también son negocio: camisetas a precios en muchos casos prohibitivos, nostalgia convertida en producto y recuerdos empaquetados para la venta. El fútbol moderno tiene esa habilidad casi perversa para monetizar incluso la emoción.
Pero, más allá de la caja, esta jornada ha servido para algo mucho más interesante: obligar a los clubes a mirar hacia atrás, a reconocerse en su propia historia, a desempolvar viejos días de gloria. El Alavés volvió a vestir la camiseta con la que alcanzó aquella inolvidable final de la Copa de la UEFA. El Villarreal rememoró al Submarino Amarillo que empezó a abrirse paso en Europa a comienzos de siglo. Otros clubes regresaron a sus orígenes, a sus primeras señas de identidad, como quien vuelve a la casa de la infancia para encontrarse con una versión más pura de sí mismo.
El Granada CF, por su parte, rescató por una jornada las líneas verticales, apelando —al menos sobre el papel— al espíritu del matagigantes de los años setenta. Un guiño hermoso, sin duda, a una etapa que forma parte del imaginario sentimental del granadinismo. Sin embargo, en el caso rojiblanco, la nostalgia tiene un matiz distinto. Porque no es tan sencillo echar la vista atrás cuando la historia ha estado marcada, demasiadas veces, por la mera necesidad de sobrevivir.
Mientras otros clubes miran al pasado para reencontrarse con sus cimas, el Granada muchas veces se ve obligado a mirar atrás para recordar que estuvo a punto de no existir. Ahí reside una diferencia esencial. Mientras el Villarreal saboreaba semifinales europeas y consolidaba su nombre en el continente, el Granada peleaba por no desaparecer entre deudas, descensos y años de oscuridad. Mientras el Alavés acariciaba la gloria en Dortmund, aquí se libraban otras batallas, mucho menos románticas y bastante más crudas: las de la pura supervivencia. Mientras otros luchaban por la gloria, nosotros luchábamos por la vida. Porque el pasado del Granada no está construido sobre momentos felices, sino sobre cicatrices.
Resulta incluso paradójico que el episodio más brillante de su historia, aquella aventura europea que todavía emociona al recordarla, siga estando demasiado cerca como para ser considerado retro. Apenas han pasado cinco años de aquel sueño que llevó al club a mirar de tú a tú a Europa, a convertir Los Cármenes en un escenario que parecía sacado de otra dimensión. Quizá por eso el propio club, en ocasiones, parece empeñado en no mirar demasiado hacia ese momento. Como si aquella cima resultara incómoda. Como si recordar que se estuvo allí hiciera aún más doloroso el presente.
Quizá por eso esta jornada retro deja una reflexión más profunda que la simple nostalgia textil. El pasado no debe servir únicamente para vender camisetas ni para buscar refugio emocional. Debe servir, sobre todo, para aprender. Para entender de dónde viene este club, por qué ha sufrido tanto y por qué, precisamente por eso, cada pequeña alegría se vive aquí con una intensidad distinta.
El tiempo pasa, las camisetas cambian, los escudos se modernizan y los gráficos televisivos mutan con cada temporada. Pero hay algo que permanece: la memoria. Y en el caso del Granada, esa memoria está hecha de unas migajas de gloria y muchos sacos de resistencia. Tal vez ahí resida su verdadera esencia. No en los días felices, que han sido menos de los que merecía su gente, sino en la capacidad de levantarse una y otra vez.
Porque mientras otros coleccionaban trofeos, el Granada aprendió a sobrevivir.
Y quizá no haya nada más retro, ni más eterno, que eso.







