Decisiones y consecuencias

Tras el enésimo empate de la temporada, Pacheta hizo especial hincapié en sala de prensa en las decisiones que tomamos —aficionados, jugadores, periodistas o incluso él mismo— y en la obligación, por tanto, de afrontar sus consecuencias. Una reflexión aparentemente sencilla, pero que invita de manera inevitable a mirar atrás y preguntarse qué decisiones nos han conducido hasta este punto. Y, en ese ejercicio, resulta imposible no identificar una decisión primigenia, la primera ficha que puso en marcha un lentísimo pero imparable efecto dominó de degradación y decadencia en este club. Aquella que tomaron Javier Aranguren y Sophia Yang cuando decidieron apartar a Antonio Fernández Monterrubio de la dirección del Granada CF.
Es cierto que era una quimera pensar que el Granada podía instalarse de forma habitual en la zona noble del fútbol español sin un proyecto sólido y consistente a largo plazo. Nadie pedía milagros ni permanencias eternas en la élite, pero sí una idea clara, una identidad reconocible y una línea de trabajo que permitiera crecer con coherencia. Eso, precisamente, fue lo que se empezó a construir durante la etapa de Diego Martínez, cuando el club logró unos cimientos firmes tanto en lo deportivo como en lo emocional. Sin embargo, lejos de aprovechar esa base para edificar algo estable, se optó por colocar dinamita y volarlo todo por los aires.
Desde entonces, la sensación ha sido la de asistir a una demolición lenta, casi metódica. Año tras año se han ido retirando los escombros sin prisa, pero sin pausa, hasta dejar lo que hoy parece un solar decadente, sin proyecto, sin rumbo y sin alma. Como consecuencia directa de esa cadena de decisiones, hoy no existe identidad, no hay sentido de pertenencia y, lo que es aún peor, tampoco hay una esperanza real a la que agarrarse mirando al futuro. Todo se fía al corto plazo, al parche, al “ya veremos”, como si el tiempo fuera infinito y el fútbol no castigara la improvisación.
Son muchísimas las decisiones que resultan difíciles de sostener bajo el prisma de una gestión mínimamente responsable. Decisiones deportivas erráticas, cambios constantes de rumbo, discursos contradictorios y una desconexión cada vez mayor con la grada. Y, sin embargo, todas ellas se entienden con una lógica tan simple como demoledora: no tendrán consecuencias reales para quienes las han tomado. Los nombres propios que a todos nos vienen a la cabeza no sufrirán las consecuencias de lo ocurrido ni de lo que esté por venir. En el peor de los casos, serán cesados con generosos finiquitos que seguirán drenando unas arcas ya de por sí famélicas, y se marcharán a otro destino como si aquí no hubiera pasado nada. Es así de crudo. Y así de difícil de digerir.
Y, por supuesto, tampoco se puede obviar la figura del entrenador. Pacheta debe ser consecuente con las decisiones que él mismo tomó al aceptar el cargo y, sobre todo, con aquellas palabras que pronunció en sus primeras semanas, cuando se empeñó en prometer éxitos, ambición y ascensos. Aquellos mensajes, que no hace ni medio año sonaban ilusionantes, hoy resuenan como una broma de mal gusto mientras el debate ya no gira en torno a crecer, sino a sobrevivir en el fútbol profesional. Los aficionados, de los que él mismo dice sentirse deudor, no necesitan promesas vacías ni discursos grandilocuentes. De eso ya han escuchado demasiado.
Al final, todo se resume en lo mismo: decisiones y consecuencias. Pero no todas las consecuencias recaen sobre quienes deciden. La mayoría las sufre una afición cansada, desencantada y cada vez más distante, que ve cómo su club se va desdibujando mientras quienes mandan siguen mirando hacia otro lado. Y esa, probablemente, sea la herida más profunda de todas.







