jueves 22 abril
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El alimento de los monstruos políticos

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Decía el teórico marxista Antonio Gramsci que en un contexto de crisis lo viejo está muriendo pero lo nuevo no termina de nacer, y es en esa situación donde surgen experiencias morbosas, los monstruos políticos.

El mundo cambió en las décadas de los 70 y 80 y en la actualidad ese paradigma vive inmerso en un proceso de crisis irreversible.En aquellas décadas se sentaron las bases de un mundo donde todos competimos contra todos, y donde, por lo tanto, para tener éxito debemos pisar a nuestro vecino si queremos prosperar. A pesar de que el modelo neoliberal se encuentra en un estado de crisis profunda, todavía no somos capaces ni siquiera de imaginar un mundo sin desigualdad, un mundo donde los pobres puedan decidir su futuro, un mundo que no se base en el egoísmo y en el individualismo.

Cuando hablamos de neoliberalismo no debemos hacerlo como una palabra sin sustancia, sino que debemos dotarla de contenido. Fue en el Consenso de Washington donde se sentaron unas bases que podemos resumir en varios ejes: Disciplina presupuestaria, reorientación del gasto público eliminando cualquier tipo de subsidios, reforma fiscal o tributaria con bases amplias de contribuyentes e impuestos moderados, liberalización financiera (sobre todo en lo relativo a los tipos de interés), tipo de cambio competitivo regido por el mercado, apertura comercial, comercio libre, liberalización de la inversión extranjera directa, privatización de empresas públicas, desregulación de los mercados y derechos de propiedad garantizados.

Este paradigma ha provocado cada vez más desigualdad. Cada vez más ganancias para las grandes corporaciones y una amplia capa de trabajadores cada vez más precarizados y fragmentados. El mundo del trabajo que otorgaba derechos y te hacía ciudadano ha pasado al cajón de la historia. Sin embargo, un capitalismo desbocado y desregulado, con tantas ganancias y poder para las élites no ha supuesto la unidad de los de abajo sino la confrontación entre trabajadores.

Como señala Naomi Klein, los fuertes ajustes y recetas neoliberales para ser aceptadas requieren no sólo de imposición, sino además de un elemento “psicológico”. Dicho de otro modo, es necesario un estado de 'shock' para que los golpeados por estas recetas las acaten.  No es casual que el decálogo neoliberal se aplicara en la Chile de Augusto Pinochet, una sanguinaria dictadura con un duro programa neoliberal en lo económico. Este experimento fue aplicado por Tatcher y Reagan, en Reino Unido y Estados Unidos, hasta convertirse en la ideología hegemónica en el campo económico y político. Adelgazamiento del Estado, criminalización del funcionariado, señalar que la gestión privada es más eficiente que la pública, precarización y fragmentación de los trabajadores, y muy importante, señalar a los sindicatos como un problema, son postulados neoliberales que han sido inoculadas en lo más profundo de nuestro pensamiento y que forman ya parte de nuestra cotidianidad. Sin embargo, no hay ni una sola prueba empírica de Estados donde estas recetas hayan conllevado bienestar para las clases trabajadoras en un futuro, más bien hay pruebas empíricas fehacientes que demuestran todo lo contrario.

En la actualidad, viendo los desastres sociales que ha provocado el neoliberalismo, parece extraño el nivel de apoyo con el que contó y cuenta. Así ocurrió, con la mayoría de los partidos que se vieron seducidos por la “ola neoliberal”, tanto los democristianos y liberales –la derecha política—como en buena medida la socialdemocracia. En Europa –también en América Latina—, los partidos socialdemócratas se plegaron a la ideología neoliberal pues era la “única vía posible.” Lo vemos en la Comisión Europea, donde hay miembros de partidos socialdemócratas votando y auspiciando recortes, lo vimos en Grecia con el PASOK del lado de la derecha, lo vemos en el gobierno francés intentando una reforma laboral inspirada en el modelo español que tantos derechos nos ha arrebatado, lo vemos con la gran coalición en Alemania, y lo vimos en España cuando el gobierno de Rodríguez Zapatero comenzó la senda de recortes y por supuesto lo vemos con más claridad actualmente con una “abstención” que posibilita el gobierno del partido de derecha más corrupto de Europa. Son sólo algunos ejemplos clarificadores que muestran la claudicación de los partidos socialdemócratas ante el neoliberalismo como proyecto de las élites.

Ese modelo sufre una grave crisis que los partidos tradicionales de derecha y socialdemócratas, no son capaces de dar respuesta. Una crisis en un doble sentido. Por un lado, los que sufren las consecuencias de la crisis, de un modo u otro, se han rebelado y cuestionan la legitimidad de esos partidos, de las Instituciones y en algunos casos del propio sistema. Por otro lado, el capitalismo salvaje con rostro neoliberal vive en una permanente crisis, ya que tras desregular, favorecer el intercambio de capitales, deslocalizar industria, bajar salarios y disminuir el gasto público, no es capaz de generar una mayor cantidad de plusvalías a nivel mundial.

Como señalaba Gramsci, en este contexto de crisis donde lo viejo –el neoliberalismo—está muriendo pero donde lo nuevo, un proyecto que cuestione estas tesis en favor de los oprimidos, no termina de llegar, surgen los monstruos. La insatisfacción, la rebeldía, está siendo canalizada en Europa por el populismo de derecha. En un mundo en crisis, el populismo de derecha es capaz de articular un discurso, donde a través de mensajes simples,pero muy eficaces, plantea “soluciones” en un sistema de partidos que no plantean nada nuevo en una tierra devastada. Ante el populismo la actitud ha sido o bien mirar hacia otro lado, lo que supone una grave irresponsabilidad, o por el contrario,ha sido equiparado a movimientos fascistas o neonazis, por tanto se pensaba que aunque pudiera tener cierto apoyo en algunos sectores tendría un determinado techo electoral y social que no iba a poder rebasar. Sin embargo se trata de un fenómeno mucho más complejo, que ha derivado en una ola de partidos xenófobos, racistas y “antiélites”, que están siendo la apuesta outsider ante los desmanes del capitalismo.

Es de tal calibre la crisis que la potencia hegemónica ha apostado por un presidente de este cuño. No es nada usual que el país que tiene la hegemonía en el plano geopolítico, vote un presidente que de una forma u otra cuestiona al establishment, pone de manifiesto la irreversible crisis que vive el neoliberalismo y en definitiva el capitalismo.

Llegados a este punto, debemos señalar que estos monstruos que se presentan como outsider del sistema han sido alimentados por el propio sistema. Bien de forma indirecta, por el apoyo continuado de la derecha y la socialdemocracia a la oligarquía y a las élites dando la espalda a sus pueblos, o incluso de forma directa como el caso de Ucrania, donde se ha apoyado a un gobierno que cuenta con ministros neonazis.

Las clases trabajadoras empobrecidas no van a encontrar respuestas en los partidos tradicionales, pero tampoco deben echarse en los brazos del populismo reaccionario, cuyo programa político es de regresión democrática, y su programa económico es el del pacto con la oligarquía y la élite financiera.

Ante una democracia secuestrada por las élites económicas, la solución no pasa por estrechar la democracia, sino por todo lo contrario, por ampliarla, por radicalizarla, por llevarla al campo económico. La única vía es la ruptura democrática. El populismo miente, un movimiento transformador debe conectar con el conjunto de las clases oprimidas pero con la racionalidad y con la verdad, en un nuevo proyecto integrador que debe aspirar a un proceso de ruptura y de superación democrática.

Nadie va a salvar al pueblo sino el propio pueblo.

Tony Álvarez
Politólogo y Doctorando en Ciencias Sociales

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