El cuento del lechero

Recuerdo hace un par de temporadas al director general del Granada CF, Alfredo García Amado, referirse al primer equipo masculino como “la vaca que da la leche”. Llegados a este punto, y una vez conocidos los resultados económicos del club a 30 de junio de 2025, parece evidente que esa vaca no solo está enferma, sino que muestra síntomas preocupantes de agotamiento crónico. Es lo que ocurre cuando se la ordeña día tras día, temporada tras temporada, pero apenas se invierte en alimentarla. Mientras tanto, los lecheros se miran entre ellos, se encogen de hombros y aseguran que la vaca está bien, que solo necesita un par de ajustes menores en la dieta. Que no cunda el pánico. Pobre vaca.
El Granada CF cerró el último ejercicio con unas pérdidas que superan los ocho millones de euros. Una cifra que, por sí sola, ya debería encender todas las alarmas. Pero el problema no es únicamente el resultado negativo, sino la sensación de deriva, de haber apostado todo a una carta —el ascenso inmediato— y haber perdido la partida. Porque cuando te juegas la viabilidad del club a un pleno al rojo y sale negro, las consecuencias no se arreglan con discursos tranquilizadores ni con comunicados llenos de eufemismos.
A esta situación se ha llegado no solo por no ascender, sino por una gestión de tesorería cuando menos cuestionable. El club sigue funcionando bajo una peligrosa filosofía de “patada a seguir”: aplazar pagos, estirar plazos y comprometer ingresos futuros para sobrevivir al presente. La deuda crece, el periodo medio de pago a proveedores se dispara muy por encima de los márgenes legales y los ingresos estructurales caen en picado.
El modelo, además, empieza a mostrar grietas evidentes. Ya no hay un Uzuni o un Boyé a los que vender para cuadrar las cuentas. Ya no quedan activos fáciles de convertir en liquidez inmediata sin debilitar aún más el proyecto deportivo. Ahora, el plan pasa por rezar. Rezar para que algún club se interese por Óscar o por cualquier otro futbolista joven con algo de mercado. Rezar para que una venta alivie, una vez más, unas cuentas que parecen condenadas a vivir permanentemente al día. Otra vez la misma fórmula: salvar el ejercicio con una venta puntual, sin construir nada sólido a medio plazo.
Todo esto sucede, además, mientras el Consejo de Administración decide premiarse por la buena marcha del negocio. Porque, según recoge la propia memoria económica, la remuneración del Consejo ha aumentado de manera notable respecto al ejercicio anterior, pasando de 300.000 a más de 425.000 euros… en Segunda División y con el club registrando pérdidas millonarias. Supongo que será una forma innovadora de liderazgo: cuanto peor está la vaca, mejor se paga quien sostiene el cubo. Ironías del fútbol moderno.
Resulta difícil de explicar al aficionado que no hay margen para reforzar la plantilla, que hay que apretarse el cinturón, que toca ser prudentes, mientras en los despachos el cinturón parece aflojarse sin demasiados complejos. Y no es una cuestión moral, sino de coherencia. De mensaje. De entender que un club de fútbol no es solo una sociedad anónima, sino un patrimonio emocional que se erosiona cada vez que las decisiones parecen desconectadas de la realidad deportiva y social.
El Granada CF no está en quiebra técnica, pero sí en una situación delicada que exige algo más que confianza ciega y discursos tranquilizadores. Exige un cambio de rumbo, una gestión responsable y, sobre todo, dejar de tratar al primer equipo como una vaca infinita. Porque incluso las vacas más productivas, cuando se las exprime sin descanso, acaban cayendo. Y entonces ya no hay leche que ordeñar.







