viernes 10 abril
Opinión  |   |

El diablo viste de Primavera

¿Alguien sabe qué c*** ponerse en primavera? Sobre el papel debería ser una estación amable, luminosa, llena de flores y de promesas de una vida placentera, pero la primavera tiene esa capacidad casi poética —y a la vez profundamente irritante— de recordarnos que el clima es un capricho. Sales de casa por la mañana con un fresquito que te hace sentir que aún queda invierno para rato, pero a mediodía el sol te golpea con la intensidad de un agosto tímido que se ha colado sin avisar, y cuando cae la tarde, vuelves a tiritar como si hubieras cometido el error de confiar demasiado en la estabilidad emocional del termómetro. Es como si el clima fuera una Meryl Streep implacable sacada de El diablo viste de Prada: caprichosa, imprevisible y con una capacidad extraordinaria para hacerte sentir que nunca estás a la altura de sus exigencias. “¿Abrigo hoy? Por favor. ¿Manga corta? Qué atrevida. ¿Chaqueta fina? Qué ingenua. ¿Botas? ¿Sandalias? ¿Calcetines? ¿Qué te crees que es esto, un vertedero?”. Es un vaivén constante que convierte el simple acto de vestirse en un ejercicio de intuición, paciencia y, sobre todo, humildad.

Sí, esta va a ser una de esas columnas donde volvemos a sacar a la palestra el manido chascarrillo de que en primavera vemos auténticos horrores de coherencia fashionista: gente con pantalón corto y abrigo, vestidos vaporosos con botas calentitas, bufandas que caen sobre camisetas ligeras o prendas de punto y lana con chaquetas finitas. No dan tanto miedo como para protagonizar un capítulo de mi libro ‘Horror Couture’, pero sí el suficiente malestar como para mantenernos locos durante una estación entera.

Porque si algo enseña la primavera es que siempre vas vestido para la temperatura equivocada. En medio de este festival de incoherencias térmicas, nuestro armario se convierte casi en un escape room textil. Abres la puerta y te mira un abrigo que te dice “llévame, cariño, que hace fresco”, pero justo al lado una camiseta te susurra “no seas dramática, que luego te asas”. Y tú ahí, en medio, sintiéndote como Hannah Montana con “lo mejor de los dos mundos”, pero sin peluca rubia y con un poco de lo que podríamos llamar ansiedad climática. Porque sabes que da igual lo que elijas: si te pones abrigo, sudarás; si te pones manga corta, temblarás; si decides arriesgar con una chaqueta fina, un vendaval. Y así vamos, todo el día quitándonos o poniéndonos capas. Nos atamos el jersey a la cintura como si estuviéramos en los 2000. Nos quitamos la chaqueta, la volvemos a poner, la volvemos a quitar, la llevamos en la mano, la dejamos en una silla, la volvemos a coger, la perdemos, la encontramos, la maldecimos, la perdonamos. Es un striptease involuntario que nadie pidió, pero que todos protagonizamos con una dignidad que, sinceramente, merece más reconocimiento del que recibe. Sí, esa misma dignidad que perdiste a las 10:45 h cuando empezaste a sudar por la espalda.

Pero a mí también me gusta ver este momento como una oportunidad fashionista. Sí, como lo lees. Y es que, aunque sea un engorro (y muchas veces motivo de un catarro), la primavera nos hace tener que pensar un poquito más en qué nos ponemos, y eso nos ayuda a analizar nuestras prendas, y, por ende, a nosotros mismos. Además de mirar hacia fuera para ver la revisión del tiempo, también tenemos que mirar hacia dentro y revisar nuestro armario. Es una estación que nos exige atención, que nos pide que dejemos de vestirnos en automático y recuperemos ese pequeño ritual de preguntarnos qué necesitamos realmente para sobrevivir estilísticamente a un calendario casi imprevisible. Y aunque la primavera sea traicionera, también es una invitación a jugar y experimentar. La primavera nos obliga a pensar en la ropa no como una barrera contra el clima, sino como un acompañamiento flexible, adaptable, casi empático. Y eso, aunque a veces nos saque de quicio, también tiene su encanto.

Quizá por eso la primavera nos recuerda que la vida no siempre es lineal, que nosotros, acompañando al tiempo y a la temperatura, también fluctuamos, y que la ropa, lejos de ser un simple envoltorio, puede convertirse en una herramienta para acompañarnos en ese camino.

Así que sí, la primavera es complicada, imprevisible y a veces poco favorecedora. Pero también es una oportunidad para reconciliarnos con nuestro armario, para mirarlo con cariño, para elegir con atención, para vestirnos no solo por y para el clima, sino para nosotros mismos. Porque sí, hay estaciones que nos lo ponen fácil. El verano te dice “ponte lo mínimo y bebe agua”. El invierno te grita: “Abrígate o muere”. El otoño te susurra “ponte tonos marrones y finge que eres profundo”… pero la primavera nos pide un poquito más. Te pide intención. Pide que analicemos de qué está hecha nuestra ropa, cómo se comporta, cómo se arruga o no, cuánto nos hace sudar o nos evita que se nos erice la piel. Y podamos comprender también en qué lugar va cada prenda. Y quizá ahí esté su encanto: en recordarnos que la ropa no es solamente ropa, sino una forma de acompañarnos cuando el mundo se pone caprichoso.

©Queda totalmente prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta noticia sin autorización expresa de la dirección de ahoraGranada
Columnista
Gafas Amarillas

Periodista y Creador de Contenido

Desarrollado por Neobrand
https://ahgr.es/?p=309960