viernes 10 abril
Opinión  |   |

Granada con Raíces

Como vecino de esta ciudad, nacido prácticamente al pie de la Torre de la Vela, he crecido con el sonido de sus campanas marcando el pulso de una Granada que hoy apenas reconozco. Escribo estas líneas con una mezcla de profunda indignación y una esperanza testaruda, asistiendo a la encrucijada definitiva en la que se encuentra nuestra ciudad. Mientras los despachos oficiales del Ayuntamiento se engalanan y se gastan fortunas en marketing para vendernos la reluciente marca de la "Capitalidad Europea de la Cultura 2031", en nuestras calles se respira una realidad mucho más amarga y polvorienta.

Bajo el brillo cegador de la foto institucional y el brindis con vino de la tierra, late una política municipal entregada por completo al mercado. Es una gestión que ha decidido entender el urbanismo no como la herramienta de bienestar social que debería ser, sino como un tablero de pura especulación. Granada no se está planificando para quienes la habitamos, sino para quienes la consumen de paso.

El modelo que hoy se nos impone de forma vertical y sin diálogo está asfixiando nuestra esencia más profunda. Observo, día tras día, cómo la vida cotidiana —esa que se tejía en las plazas y en las charlas de portal— es arrollada por un turismo masivo descontrolado y una especulación urbana que, con una frialdad matemática, nos expulsa de nuestros propios barrios.

¿De qué cultura pretenden hablarnos en los folletos turísticos cuando el comercio de proximidad es devorado por la lógica del beneficio rápido? ¿Cómo pueden hablar de patrimonio cuando los vínculos comunitarios se rompen en favor de un decorado de cartón-piedra diseñado para el visitante de fin de semana? No hay capitalidad cultural posible sin gente, sin barrios vivos y, sobre todo, sin una vivienda digna que no esté sujeta a los vaivenes salvajes del mercado y la proliferación de pisos turísticos que sangran nuestra capacidad de residir en nuestra propia ciudad.

La contradicción es flagrante y dolorosa: no se puede pretender caminar hacia el corazón de Europa mientras se camina, sistemáticamente, de espaldas a los vecinos y las vecinas. Es imprescindible un gobierno municipal que respete los valores culturales y la idiosincrasia de Granada. Sin embargo, la realidad es que ni el equipo actual, ni los anteriores, han cumplido con esa exigencia natural de la población granadina. Han fallado en lo más básico, privatizando servicios municipales e ignorando la urgencia de implementar políticas locales de vivienda valientes que frenen la escalada de precios y protejan nuestra identidad local frente a una globalización que convierte a Granada en una franquicia gentrificada. Sin estos pilares fundamentales, la comunidad se desmorona, dejando tras de sí un cascarón vacío con mucha historia pero sin un futuro digno para sus jóvenes.

Yo quiero una Granada sostenible, humana y vibrante. Una ciudad donde los niños puedan jugar en las plazas y donde los ancianos no se sientan extraños en su propia calle. Porque una ciudad que no echa raíces en su propia gente es una ciudad condenada al olvido, un ente fantasmagórico que acabará muriendo de éxito comercial.

Por todo ello, es imposible permanecer de brazos cruzados viendo cómo desmantelan Granada. Por esto, ha nacido Granada con Raíces, una plataforma vecinal que surge de la necesidad imperiosa de agrupar fuerzas y que defiende un modelo de ciudad que ponga, de una vez por todas, la vida y a las personas en el centro de cada decisión política y frenar la deshumanización galopante que impone la política despropósito del partido popular y frente a esto, recuperar el derecho a la ciudad.

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Columnista
Salvador Soler

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