La ciudad que se vende por horas

Hay algo profundamente irónico en que una celebración que conmemora la humildad, el encuentro y la comunidad popular se haya convertido, en la Granada de 2026, en el escaparate más descarnado de la exclusión y el negocio privado. Esta Semana Santa, las procesiones han desfilado, sí, pero vaciadas de su esencia granadina, secuestradas por un modelo turístico que nos vende la ciudad por horas y nos la devuelve vallada, tarifada y ajena.
Quien haya intentado estos días acercarse al centro para compartir una caña, unas tapas o una ración con los suyos —como se ha hecho toda la vida, entre incienso, saetas y el bullicio de la calle— se habrá encontrado con una muralla infranqueable. Barreras metálicas, gradas de alquiler a precios desorbitados y balcones privatizados han convertido el espacio público en un parque temático de pago. La gente granadina, la que paga sus impuestos, la que mantiene viva la tradición el resto del año, ha sido expulsada de su propio patrimonio cultural. Ya no se ve desde la acera, ya no se vive desde la confianza del vecindario. Ahora se “consume” desde una silla de plástico por la que han abonado unos turistas que llegarán, verán y se irán, dejando la estampa de una ciudad disneyficada.
Y aquí viene lo más sangrante: mientras unos pocos se forran alquilando pisos turísticos, muchos de ellos sin licencia, gradas, balcones y espacios privilegiados, el coste de todo el dispositivo de seguridad, gestión de emergencias y limpieza de las calles lo pagamos los granadinos y las granadinas de nuestros bolsillos. Sí, los mismos que no pueden acceder a ver una salida procesional porque una valla se lo impide, financiamos los 200.000 euros (cifra estimada) que cuesta blindar este espectáculo privado. La cofradía, el Ayuntamiento y determinadas empresas amigas se reparten beneficios, pero los gastos sociales los asume la ciudadanía. ¿Dónde está la lógica? ¿Dónde la justicia?
Este modelo no es casualidad. Responde a una lógica política clara: convertir la Semana Santa en un producto turístico despersonalizado, rentable para unos cuantos, y profundamente demoledor para el tejido social y comercial de Granada. Porque, atención, ¿qué ha pasado con los bares de siempre, con las tabernas de los barrios, con esos pequeños comercios que viven del granadino que sale a la calle a convivir? Se han visto ahogados por un cordón metálico de vallas que impide el flujo natural de personas. La ciudad se ha dividido entre zonas VIP (para quien paga) y zonas de tránsito hostil (para el resto). El resultado: calles vacías de vecinos, llenas de extranjeros con pulseras de colores.
Los defensores de este modelo dirán que el turismo genera riqueza. Falso. Genera riqueza para una minoría, mientras externaliza los costes sobre la mayoría. La limpieza de los restos de las gradas, la gestión de las aglomeraciones, la presión sobre los servicios públicos… todo lo asume el o la contribuyente. Y mientras tanto, el pequeño hostelero del Realejo o del Albaicín, ese que quería abrir su terraza para que sus vecinos y vecinas vieran una marcha, se ha encontrado con una ordenanza prohibitiva que solo favorece a los grandes operadores.
Llevamos años advirtiendo que Granada no puede vivir de espaldas a su gente. La Semana Santa no es un producto de catálogo, es un hecho cultural vivo, popular, callejero y compartido. Cuando se le pone un precio a la mirada, cuando se valla el encuentro, cuando se privatiza la emoción, se rompe el contrato social que sostiene la fiesta cultural. Y lo que queda es una carcasa vacía, una procesión sin barrio, una tradición en venta.
Detrás de cada barrera metálica hay una decisión política. Detrás de cada euro pagado por un o una turista para ver una salida procesional desde una silla de plástico, hay un granadino o una granadina que ya no puede compartir esa misma emoción con sus amigos o familiares a la salida del trabajo. Y detrás del coste de seguridad, limpieza y emergencias que asumimos todos, hay una pregunta incómoda que me atrevo a formular: ¿quién se beneficia realmente de la Semana Santa?
Por eso, desde estas líneas, lanzo una pregunta para los que dicen gobernar Granada: ¿de verdad creen que una ciudad que expulsa a sus propios ciudadanos y ciudadanas de su Semana Santa es una ciudad que merece llamarse granadina? El año que viene, que no cuenten la Pasión. Que dejen vivirla. Sin vallas, sin gradas de alquiler, y con las cañas en la mano, junto a los nuestros. Lo demás es especulación.







