viernes 10 abril
Opinión  |   |

La constante

“Si algo va mal, Desmond Hume será mi constante”. La frase pertenece a la serie Lost —o Perdidos, para quienes no son amigos de la versión original—. En su trama, algunos personajes sufren desplazamientos en el tiempo o en la conciencia. Para no perder la cordura, para no quedar atrapados en esa deriva mental que amenaza con consumirlos, necesitan una constante. Un vínculo emocional que les permita anclarse a la realidad. Algo que les recuerde quiénes son y de dónde vienen. Siempre pensé que aquella idea era mucho más que un recurso narrativo. Era una metáfora poderosa sobre la necesidad humana de aferrarse a algo cuando todo se tambalea. De encontrar un punto fijo en medio del caos. Una referencia que evite la caída libre. Todos tenemos constantes en nuestra vida. Personas, lugares, recuerdos. A veces, incluso, un escudo.

En el fútbol —y especialmente en ese fútbol que no se consume desde la distancia, sino que se vive desde dentro, desde la pertenencia— también existen las constantes. Los equipos suben y bajan, los jugadores cambian de camiseta, los proyectos se desdibujan o se reinventan, y los resultados oscilan entre la ilusión y el desencanto. Pero hay algo que permanece. Algo que sostiene cuando todo lo demás parece inestable. Algo que explica por qué, incluso cuando el viento sopla en contra, todavía merece la pena seguir mirando al frente.

El Granada CF Femenino ha aprendido a convivir con una incertidumbre casi permanente. Con la sensación de caminar muchas veces sobre el alambre, de reinventarse sin apenas red, de competir desde la convicción colectiva más que desde la abundancia de recursos. Y, sin embargo, en medio de esa fragilidad estructural, ha sabido construir su propia constante: una identidad. Un carácter competitivo. Una manera de entender el fútbol y el compromiso que va mucho más allá de la tabla clasificatoria.

Este fin de semana se confirmaba una nueva permanencia en Liga F. La próxima será la cuarta temporada consecutiva del equipo en la máxima categoría del fútbol femenino español. No es un dato menor. En un contexto donde la profesionalización real sigue siendo una asignatura pendiente, mantenerse supone mucho más que sumar puntos. Supone resistir. Supone consolidar un espacio propio. Supone demostrar que hay proyectos que sobreviven no por lo que tienen, sino por lo que son. Y en ese camino, también convendría abrir un debate más profundo sobre la necesidad de fortalecer de verdad la Primera División femenina, ahora que vive su mejor momento histórico a nivel internacional. Resulta difícil comprender, por ejemplo, que esta misma temporada la RFEF sancionara con tres puntos al Badalona por no presentar médico en partidos como visitante. Episodios así evidencian que aún queda mucho por construir.

El Granada CF Femenino lleva ya tres temporadas dejando el listón muy alto. Tras aquella primera campaña en la élite, marcada por el vergonzoso exilio a Motril mientras se jugaban la permanencia, llegaron dos cursos extraordinarios que consolidaron al equipo como una referencia competitiva. Pareció que con la marcha de Arturo Ruiz se podía abrir una etapa de incertidumbre, incluso de crisis deportiva. Sin embargo, con la llegada de 2026, el grupo ha vuelto a reencontrarse consigo mismo. Ha recuperado su esencia. Ha demostrado que su fuerza no depende de nombres propios ni de modas pasajeras, sino de algo mucho más profundo.

Porque ellas son, probablemente, la gran constante de un club que a menudo parece navegar sin rumbo. De una entidad que transmite la sensación de haber perdido su alma en los despachos, en decisiones erráticas o en silencios difíciles de comprender. Frente a esa desorientación institucional, el equipo femenino ha ofrecido algo tan simple y valioso como identidad. Compromiso. Sentido de pertenencia. No es casualidad que la plantilla esté plagada de futbolistas que llevan media vida vistiendo esta camiseta. Jugadoras como Lauri Requena, Laura Pérez o Alba Pérez representan esa fidelidad silenciosa que no siempre ocupa titulares, pero que sostiene proyectos. Son nombres que han crecido al mismo tiempo que el club, que han pintado su trayectoria en rojiblanco horizontal, que han convertido cada temporada en una nueva prueba de resistencia emocional.

Quizá por eso, cuando uno piensa en el futuro del Granada CF, debería mirar también hacia ellas. Porque mientras todo cambia el equipo femenino sigue ahí. Compitiendo. Creciendo. Resistiendo. Y tal vez, en medio de este tiempo extraño que vive el granadinismo, ellas sean precisamente eso: nuestro Desmond Hume. La prueba de que, incluso en la incertidumbre, todavía existen motivos para creer. Porque mientras haya una constante a la que aferrarse, nunca estaremos del todo perdidos.

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Columnista
José David Collina

Abonado del Granada CF y creador de contenido en Puerta Nueve

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