La corrupción que no cesa

La corrupción se muestra como un problema sistémico en España. Da la impresión de que la ciudadanía la asumimos a modo de maldición, como algo inevitable. Por tanto es seguro que si no superamos la resignación no será posible erradicarla o, al menos, minimizarla.
La corrupción existe en todas partes, sin duda forma parte de la condición humana. Lo cual no quiere decir que sea igual en todos los países, ni en su amplitud ni en sus formas. Depende de múltiples factores, como la extensión de la cultura de la ética pública, la calidad de los mecanismos para la detección y sanción de las conductas corruptas o el nivel de condescendencia por parte de la población respecto a ellas...
En España, siglos XVI y XVII, tuvimos un exitoso género literario denominado “novela picaresca”, que aún hoy hace las delicias de cualquier persona que se acerque a su lectura. En ella se relataban las peripecias y aventuras protagonizadas por el personaje conocido como “pícaro”, que solía ser un pobre desgraciado que había desarrollado la astucia suficiente para desenvolverse en un ambiente de pobreza y adversidad.
Poco que ver los protagonistas de la corrupción actual con aquellos personajes. Se trata de cargos con poder, con largas carreras ocupando puestos políticos y privilegios, que no roban para sobrevivir sino para enriquecerse.
Hay que reconocer que en España siempre hemos tendido a admirar a las personas pícaras, sobre todo si sus granujerías resultan exitosas. A quien sí hemos despreciado es al sinvergüenza fracasado, al que se califica de “pringado”. Incluso se ha considerado como un “tonto” a quien pudiendo hacer trampas en algo ha preferido mantener una conducta recta. Todavía hoy la gente decente genera cierta desconfianza. Cuántas veces hemos escuchado el dicho de que “en España hay dos tipos de personas, los que roban y los que no pueden”.
Ha sido frecuente la condescendencia con quien defrauda a Hacienda o se salta determinadas normas públicas. Aquí se encumbró a personajes de los que ahora todo el mundo abomina, como Ruiz Mateos, Jesús Gil, Mario Conde, Jordi Pujol, el propio rey emérito...
¿Cuántos ministros o altos cargos han sido imputados o condenados por delitos de corrupción?. ¿Cuántas veces se ha prometido la aplicación de nuevas medidas anticorrupción que luego nunca se han ejecutado o han sido ineficaces?. ¿Acaso no constituyen corruptelas el clientelismo y el enchufismo tan extendido en nuestros ayuntamientos?. ¿Quizás no son corrupción los contratos mayores fraccionados como menores o éstos donde el mismo adjudicatario presenta los tres presupuestos perceptivos bajo nombres diferentes?...
Es seguro que la corrupción que aflora constituye sólo la punta del iceberg de la realmente existente. Si algo tienen en común las prácticas corruptas conocidas es la sensación de impunidad con la que actúan sus protagonistas.
Las formas de la corrupción poco varían con independencia del partido en el que se produzcan. A veces más cutres, a veces más sofisticadas. Compra de mascarillas en lo peor de la pandemia, comisionistas y conseguidores, subvenciones fraudulentas, leyes y decisiones a la carta... Siempre en torno a los mismos procesos: contratos de obra pública, de suministros o de gestión de servicios públicos... Del caso Ábalos-Koldo-Cerdán al caso Diputación de Almería...
Tampoco cambian demasiado los modos de respuesta de unos y otros. Primero la negación y después, cuando ya es imposible disimular, la reacción pusilánime y mínima. De poner la mano en el fuego por el corrupto, al “Luis sé fuerte”, a referirse a él como “ese señor del que usted me habla” o a decir que “era un gran desconocido”... Pero raramente asumiendo responsabilidades propias, aunque solo fuese por la culpa “in vigilando”. Es evidente que los partidos no se han tomado nunca en serio el problema de la corrupción. Peor aún, en algunos casos incluso se han financiado con ella. Nunca se ha conocido que un partido denuncie un caso de corrupción propio.
Todo esto puede ser así porque el castigo político-electoral a los partidos en los que se han detectado conductas corruptas graves suele ser retardado (en diferido que diría aquella) y de menor nivel del merecido. Y esa es una responsabilidad ciudadana. No cabe delegar acríticamente el poder en los partidos, luego delegar también en ellos la culpa por el latrocinio y después repetir el ciclo relevando a los protagonistas. Reclamar, exigir y castigar es obligación nuestra.
Las informaciones y el debate sobre la gran corrupción se centran casi exclusivamente en la parte política, olvidándose que tras un corrupto siempre hay un corruptor. Normalmente empresas poderosas. Uno de sus instrumentos, las puertas giratorias, que no solo afectan a políticos sino también a miembros de las fuerzas de seguridad, como es el caso del coronel Manuel Sánchez Corbí, condenado en 1998 por tortura, indultado por Aznar, que llegó a dirigir la UCO y después fue contratado como responsable de seguridad de Acciona, una de las empresas señaladas como presunta corruptora en el caso Koldo-Ábalos-Cerdán.
Tampoco se puede desconocer la cantidad de agentes que por acción, complicidad, negligencia o inoperancia hacen factible que la corrupción prospere en las Administraciones Públicas. Me refiero a funcionarios responsables de supervisar los procedimientos legales, intervenir las cuentas, participar en mesas de contratación o hacer seguimiento de la ejecución de las obras, recepción de suministros o control de los servicios públicos... Incluida la judicatura, fiscalía, cuerpos policiales... Si todo esto funcionara bien la corrupción sería mucho más difícil.
La necesaria respuesta ante el fenómeno de la corrupción tiene varios ámbitos. El primero, sin duda, es la contestación ciudadana, que debe ir más allá de la mera condena verbal o la indignación para pasar al castigo político hacia los partidos que toleran, amparan o se benefician de la corrupción. El segundo debe ser el análisis de los mecanismos o grietas a través de los cuales opera y se hace posible la corrupción. El tercero tendría que ser el diseño y puesta en marcha de mecanismos eficaces de control para prevenir, detectar y castigar cualquier conducta corrupta.
La corrupción actúa a modo de carcoma para la democracia. Debe ser condenada, perseguida y erradicada. Para ello es imprescindible, desde la ciudadanía, abandonar toda pasividad o la posición de meros espectadores/consumidores del morbo de ciertos detalles de la corrupción para pasar a ser agentes activos contra la misma. Caiga quien caiga.







