miércoles 11 febrero
Opinión  |   |

La libertad de Dolce & Gabbana

Esta semana he tenido polémica en Instagram (que por cierto, podéis seguirme en @gafasamarillas). Publiqué un reel sobre que la firma Dolce & Gabbana había sido acusada de racismo por mostrar en su desfile masculino un casting íntegramente formado por hombres blancos. Hasta ahí, podría parecer una decisión meramente estética, pero la firma definía esta presentación como “la masculinidad en todas sus formas e individualidad”. ¿Sin mostrar ni una persona racializada? ¿En pleno 2026? Algo huele a podrido en Dinamarca, o mejor dicho, en esta firma italiana que no es la primera vez que toma decisiones cuestionables.

Cuando explico lo que ha ocurrido y afeo un poco esta conducta, surge gente que cree que no tengo derecho a opinar - alguno incluso se atreve a mandarme al psicólogo por querer “ver racismo donde no lo hay” - y repite un argumento que nos lleva al culmen del fervor humano: la libertad. “Son libres. Es su marca y hacen lo que quieren”, dicen, como si esa frase anulara cualquier debate. Y no es así. Tener libertad para decidir es distinto a pretender que esa decisión sea neutra, inocente o ajena al mundo real. Y no, afear las decisiones o acciones de alguien no es apoyar la cultura de la cancelación.

En esta ocasión, no se trata de cancelar a los diseñadores, sino de señalar que sus elecciones tienen repercusiones que van más allá de ver a un grupo de tíos buenos dando un paseo. De recordar que cada elección estética construye relato, y cada relato educa sin pedir permiso. El problema no es que los italianos elijan a quien quieran, sino que pretendamos que esa elección no tenga consecuencias simbólicas. No estamos hablando de la libertad de tu amiga Puri eligiendo vestido para una boda; hablamos de una marca que fabrica imaginarios globales. La libertad de una marca no opera en el mismo plano que la de una persona corriente porque no solamente hay libertad, hay, además, influencia. ¡Y enorme! Y la influencia, cuando no se analiza y se explica, se convierte en imposición suave, de esas que moldean mentes durante décadas. Alguien podría argumentar - como ya pasó en los 90 - que “escogieran a modelos anoréxicas, porque es su marca y hacen lo que quieran”. Sí, pero años después encontramos que la industria de la moda ha causado problemas de autoaceptación e incluso enfermedades graves a un volumen ingente de personas, todo por encajar en lo que se lleva.

No es la libertad en sí lo que genera el problema, sino la desigualdad de poder. No importa cuando alguien vive su cuerpo, su estética o su forma de amar; sí importa cuando quien impone “su libertad” puede definir lo deseable, lo bello, lo válido y lo correcto para millones de personas. Trump no nos inquieta por su libertad personal a la hora de elegir base de maquillaje, sino por el poder que tiene para imponer un relato social y una visión de la vida. Dolce & Gabbana no nos molesta porque elijan un modelo u otro, sino porque deben ser conscientes de que son una máquina cultural de alto impacto. La belleza nunca es inocente cuando se pone al servicio del poder.

Como ya he defendido en muchas ocasiones, la estética ha moldeado cuerpos, deseos, complejos, cirugías, deformaciones físicas y psicológicas a lo largo de la historia. Ha dictado quién merece ser admirado y quién debía esconderse. Ha construido identidad, clase, género y aspiraciones. Por supuesto, esto no es debatir sobre geopolítica, y a cada tema hay que darle su profundidad, pero no podemos pensar de forma naif que estas cosas no simbolizan nada, solo porque son ropita. Exagerado es tratar la moda como un juego estético cuando ha sido una de las herramientas culturales más eficaces para imponer modelos de belleza, éxito y valor humano.

Tampoco vale el “a mí me gusta y punto”. Que algo te guste no lo vuelve neutral. Todos podemos disfrutar de cosas que, vistas con lupa, tienen capas problemáticas. Eso no nos hace malas personas; nos hace capaces de reflexión. Lo infantil es creer que el gusto personal anula cualquier análisis colectivo. Decir “me encanta” no es un escudo mágico contra la realidad.

“¿Y si el desfile fuera solo de negros se podrían quejar los blancos?”, respondió una mujer en TikTok. Aquí entramos en los debates deshonestos, los “y sí”, que no afrontan el problema real, sino que buscan esquivar la discusión o el problema con situaciones hipotéticas. No se puede borrar la historia para que el argumento quede más limpio. Ante esto, quizá, lo mejor es responder: “y si mi abuela tuviera ruedas sería una bicicleta”. Todas estas frases intentando quitar hierro al asunto suenan muy libres y modernas, pero son una forma elegante de no pensar demasiado.

Lo más inquietante no es lo que hacen las marcas, sino quienes las defienden. Muchos comentarios vehementes provienen de personas que en el universo real de Dolce & Gabbana serían descartadas sin pestañear. Personas defendiendo a una marca que no las quiere, igual que un inmigrante defendiendo a la ultraderecha que lo desprecia. No es libertad: es aspiración, deseo de pertenecer, identificación con el poder aunque este jamás te reconozca como igual, es María Corina Machado regalando el premio Nobel a Trump mientras este sonríe con desdén. La libertad malentendida se vuelve peligrosa porque se usa para que alguien crea que está eligiendo, cuando en realidad protege la estructura que lo excluye.

Yo mismo dudaba entre dos caminos: señalar el gesto y pedir conciencia, o dejar de consumir y callar esperando que el tiempo ponga las cosas en su lugar. Pero si creemos que la moda configura ideales, callar no es neutral; deja el campo libre a quien ya tiene más poder es contraproducente y a la larga pasa factura. No es vigilar la libertad, es equilibrar el poder. No es prohibir, es hablar. No es censurar, es pensar. Cuando la libertad solo fluye en una dirección y la crítica se desacredita como drama, “woke” o exageración, deja de ser libertad y se convierte en una estética de la imposición vestida de glamour. No se trata de pedirle a la moda que salve el planeta ni que repare injusticias, sino de asumir que no opera en el vacío. Cada elección estética, cada casting, cada relato visual, no es solo “bonito” o “feo”, sino parte de una realidad que nos afecta más de lo que creemos.

El equilibrio está ahí: ni convertir la creatividad en un tribunal permanente, ni tratarla como una burbuja sin consecuencias. Cuando dejamos pasar todo por cansancio, pereza o no liarnos, lo que hoy parece un detalle sin importancia, mañana se convierte en normalidad. No porque alguien lo haya impuesto con violencia, sino porque nadie tuvo ganas de señalarlo cuando aún era pequeño.

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Columnista
Gafas Amarillas

Periodista y Creador de Contenido

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