La puerta de Dorian Gray

Para quien no conozca el relato del libro El retrato de Dorian Gray, intentaré resumirlo de la mejor manera posible —lo siento por los spoilers—. Se trata de una novela escrita por Oscar Wilde que encierra un potente relato de terror en su interior. Cuenta la historia de su joven protagonista, Dorian Gray, obsesionado enfermizamente con conservar para siempre su juventud, hasta el punto de ceder su alma para que sea un retrato suyo el que envejezca por él y cargue con el paso del tiempo y, sobre todo, con el peso de sus errores. En su dura conclusión, la obra demuestra que no existe apariencia capaz de ocultar de forma permanente la degradación moral ni el desgaste inevitable de los años, y que aquello que se intenta esconder acaba revelándose con una crudeza imposible de evitar. Es quizá algo parecido a lo que ocurre con la puerta de la afición del Estadio Nuevo Los Cármenes y, en cierto modo, con el propio club en general.
Hay algo profundamente simbólico en esa entrada desgastada, en esos vinilos quemados por el sol y por el paso del tiempo y en ese aspecto cansado que recibe cada fin de semana a quienes siguen acudiendo por pura fidelidad emocional. La puerta conserva su nombre, su función y su significado sobre el papel, igual que Dorian mantenía intacto su rostro ante el mundo. Pero basta detenerse unos segundos para comprender que el tiempo sí ha dejado huella. Que el abandono no aparece de repente, sino que se acumula lentamente, capa sobre capa, hasta que llega un momento en el que ya no puede disimularse.
La puerta de la afición funciona casi como un espejo incómodo. Un recordatorio físico de la desatención. Porque no hablamos de una gran obra ni de una inversión millonaria: hablamos de unos simples vinilos deteriorados, de un espacio que pide a gritos un mínimo cuidado. Y precisamente ahí reside lo preocupante. Si ni siquiera existe interés en adecentar algo tan básico, ¿qué cabe esperar de decisiones mucho más complejas y trascendentales?
Quizá por eso la puerta ha terminado convirtiéndose en una metáfora perfecta del momento que atraviesa el club. Una institución que mantiene la fachada, el escudo y el discurso, pero cuya estructura transmite cada vez más desgaste. El mismo desinterés que permite que esa entrada continúe deteriorándose parece trasladarse también a la planificación deportiva, a la comunicación con la afición y a esa sensación creciente de rumbo perdido que envuelve al equipo.
Y quizá con el Granada CF ocurre algo similar esta temporada, algo que quedó especialmente expuesto el pasado sábado contra el Málaga. Tal vez estamos descubriendo, ahora sí de forma evidente, la realidad de un club que lleva tiempo deteriorándose lentamente, abandonado a su suerte y consumido por una mezcla de inoperancia, desinterés y decisiones que parecen alejarse de la salud real de la entidad. El equipo y el club presentan hoy los mismos síntomas que los vinilos de la puerta de la afición: desgaste visible, falta de mantenimiento y una desconexión preocupante entre lo que el club dice ser y lo que realmente proyecta sobre el césped.
Porque el problema nunca aparece de golpe. No nace en una derrota concreta ni en una mala racha puntual. El deterioro comienza mucho antes, cuando se normalizan los pequeños descuidos, cuando lo provisional se convierte en permanente y cuando la exigencia se sustituye por la resignación. Igual que el retrato de Dorian Gray iba acumulando en silencio cada cicatriz moral mientras su dueño fingía perfección, el club ha ido sumando señales de alarma que durante demasiado tiempo se han preferido ignorar.
Tal vez por eso la puerta de la afición no sea solo un detalle menor ni una queja superficial. Es un síntoma. Una señal visible de algo más profundo. El retrato que revela aquello que desde dentro se intenta maquillar. Y, como en la novela de Wilde, el verdadero problema no surge cuando el deterioro se hace evidente, sino mucho antes, cuando se decide dejar de mirarlo. Porque cuando finalmente te atreves a observar el estado real de las cosas, puede que ya sea demasiado tarde para revertirlo.








