La tela que oprime esté o no esté…

Hay prendas que abrigan. Otras sorprenden. Algunas nos traen recuerdos o nos evocan terror. Y hay una que es polémica, incluso cuando no está… Sí, vamos a hablar del burka tras la propuesta de Vox de prohibirlo en espacios públicos en España. Porque a veces la opresión no reside en la tela, sino en la orden: en el mandato de ponérsela o en la imposición de quitársela. La tela que oprime puede estar… o no estar. Y ese matiz lo cambia todo.
Hablar del velo es entrar en un terreno minado donde religión, política, identidad y derechos de las mujeres se entrecruzan. Y, casi siempre, sin preguntarles demasiado a ellas. La historia reciente demuestra que pocas prendas han sido tan manipuladas políticamente como el niqab o el burka, que son las acepciones más radicales del velo islámico. Más que ropa, se han transformado en símbolos, mientras el cuerpo femenino se convertía en un campo de batalla ideológico. El problema no es la tela, sino quién decide sobre ella y con qué intención. Cuando el Estado obliga a quitarse el velo, convierte el cuerpo femenino en escaparate ideológico. Cuando obliga a ponérselo, lo convierte en territorio vigilado. En ambos casos, la libertad queda reducida hasta su mínima expresión.
El caso de Irán es paradigmático. El 8 de enero de 1936, el sha Reza Pahlavi promulgó el decreto conocido como Kashf-e hijab, prohibiendo el uso del velo como parte de su programa de modernización forzada. La policía tenía orden de arrancarlo en plena calle. El propio monarca llegó a compararlo con “una herida infectada que debía ser extirpada”. Aquella supuesta emancipación, impuesta desde arriba en nombre de la libertad y la modernidad, no liberó a muchas mujeres: las recluyó en sus casas, incapaces de salir sin cubrirse. La paradoja llegó décadas después. En 1979, la Revolución Islámica liderada por Ruhollah Jomeini no solo derrocó al último sha, sino que convirtió el hiyab en obligatorio. En el mismo país donde se había prohibido, pasó a imponerse. De símbolo de atraso a emblema del nuevo orden religioso. El péndulo político osciló, pero el resultado fue el mismo: la decisión no estaba en manos de las mujeres.
En Afganistán, la dinámica fue aún más extrema. Durante el primer régimen talibán (1996-2001), el burka se convirtió en obligatorio. Una “prisión textil”, como la definieron muchos observadores internacionales. No era solo cubrir el cabello: era borrar el rostro, la identidad, la presencia. Tras la caída del régimen hubo una breve etapa de mayor libertad, pero con el regreso de los talibanes en 2021 la obligatoriedad volvió. Más que fe o tradición, fue control e imposición.
Europa tampoco ha quedado al margen de la polémica. En Francia, el 11 de octubre de 2010 entró en vigor una ley que prohibía cubrirse el rostro en espacios públicos. Aunque el texto no mencionaba expresamente el velo islámico, afectaba directamente al niqab y al burka. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos avaló la medida en 2014, argumentando razones de seguridad y cohesión social. Otros países como Dinamarca (2018) y Países Bajos (2019) aprobaron prohibiciones parciales en determinados espacios públicos. Aunque estas leyes también hablan de pasamontañas, cascos integrales o balaclavas, el mensaje político parece dirigirse, de forma muy concreta, a una prenda femenina asociada al islam y, por extensión, a una cultura que algunos discursos políticos sitúan bajo sospecha.
El velo ha sido prohibido en nombre del progreso y también impuesto en nombre de la tradición. Ha servido para representar modernidad o pureza religiosa, según el régimen de turno. Pero rara vez ha sido tratado, en el debate político, como lo que debería ser en una sociedad libre: una elección personal y vinculada a las creencias de cada cultura. Y sí, analizar por qué una religión —como tantas otras a lo largo de la historia— puede convertir la vestimenta femenina en una cárcel textil es un debate más profundo. Un debate que nos lleva al verdadero problema: el machismo estructural que ha atravesado siglos de sociedad y ha impregnado todos los ámbitos, desde la familia y el trabajo hasta el placer y la fe.
El velo seguirá generando debate. Y es legítimo discutir sobre integración, seguridad o igualdad. Pero si algo nos enseña la historia es que cuando una prenda se convierte en arma política, quienes suelen pagar el precio no son los gobiernos ni los tribunales, sino las mujeres que la llevan —o que son obligadas a no llevarla—. Desde Granada, donde convivimos con capas de historia superpuestas y donde la identidad siempre ha sido mestiza y compleja, quizá convenga recordar algo básico: el verdadero gesto revolucionario no es imponer ni prohibir, sino permitir elegir. Y defender esa elección con la misma firmeza con la que algunos defienden sus leyes.








