lunes 15 junio
Opinión  |   |

La teoría del amigo yonqui

Esta semana no tenía ni idea de sobre qué escribir el artículo. Mi cerebro, como la mayor parte de la plantilla, se ha ido ya de vacaciones futbolísticamente hablando. Sinceramente, poco me apetecía hablar ya sobre el equipo. Sacar a colación nombres, esquemas, planteamientos... No tiene mucho sentido. Eso sí, el otro día me escribió un amigo para recomendarme que basase mi columna en una teoría que puede sonar zafia o burda, pero que tiene todo el sentido del mundo si la miramos desde nuestro prisma. Esa es la teoría del amigo yonqui.

Y es que, al igual que ese amigo o familiar que arrastra una adicción y que, por desgracia, casi todos hemos tenido, el Granada CF -o, mejor dicho, sus dirigentes- nos prometen siempre que la próxima vez lo va a hacer mejor, que va a actuar, que esta vez sí se ha dado cuenta de su problema. Nos piden ayuda, nos dicen que se siente muy mal y muy necesitado. Que olvidemos lo que acaba de pasar y aceptemos sus promesas, por todo aquello que nos une. Al final, por duro que parezca, esa misma sensación acaba generando una especie de vínculo enfermizo.

Cada verano es exactamente igual. Se habla de reconstrucción, de aprendizaje, de profesionalización, de no volver a cometer los mismos errores. Se promete cercanía con la afición, transparencia, ambición y un proyecto reconocible. Y, durante unos días, casi todos queremos creerlo. Porque el granadinista vive permanentemente agarrado a la esperanza, incluso cuando la realidad lleva años golpeando. Quizá porque uno no elige cómo querer algo. Simplemente lo quiere. Incluso cuando sabe que probablemente vuelva a decepcionarle.

El problema es que este club lleva demasiado tiempo instalado en esa dinámica autodestructiva. En la de pedir comprensión constante mientras va encadenando decisiones difíciles de entender. En la de normalizar cosas que deberían provocar un terremoto en la ciudad. Un Estadio envejecido y descuidado, una ciudad deportiva eternamente inacabada, cambios de rumbo continuos, proyectos deportivos improvisados y una sensación de desgaste emocional cada vez mayor entre la gente. Y, aun así, ahí sigue la afición. Renovando abonos, recorriendo el país y acudiendo a desplazamientos eternos, incluso cuando hay pocas razones para creer de verdad que tienen un plan.

Porque esa es otra de las claves de la teoría del amigo yonqui: el entorno acaba normalizando comportamientos que no son normales. Empieza a justificar constantemente. “Bueno, no era fácil”. “Bueno, al menos esta vez parece que han aprendido”. “Bueno, peor estábamos hace años”. Y seguramente muchas de esas frases tengan parte de verdad. El problema es cuando uno se acostumbra tanto a sobrevivir que deja de exigir vivir mejor.

Nos agarramos a cualquier pequeño atisbo de mejoría como quien encuentra agua en medio del desierto. Basta una victoria aislada, un discurso medianamente convincente o una promesa de cambio para volver a ilusionarnos. Y eso, quizá, también tenga algo de bonito: demuestra lo mucho que esta afición quiere a su equipo. Pero también es peligrosísimo, porque termina convirtiendo situaciones que deberían ser absolutamente inaceptables en algo cotidiano. Porque el problema ya no es poner la otra mejilla de vez en cuando. El problema es que, a estas alturas, ya tenemos la cara colorada por los dos lados.

El Granada CF actual parece vivir demasiado cómodo en su mediocridad. Como ese amigo que siempre encuentra una excusa distinta para justificar por qué ha vuelto a tropezar. Y mientras tanto, el entorno sigue sosteniéndolo emocionalmente, esperando ese cambio definitivo que nunca termina de llegar. Porque uno puede querer muchísimo a ese amigo. Pero llega un momento en el que ayudarle ya no consiste en aplaudirle todo, sino en mirarle a la cara y decirle que así no puede seguir viviendo.

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Columnista
José David Collina

Abonado del Granada CF y creador de contenido en Puerta Nueve

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