domingo 11 abril
Opinión  |   |

Las granadas enterradas

Hace unos días aparecía en un paraje de Sierra Nevada una granada de mano olvidada durante más de ochenta años. El arma, procedía de la Guerra Civil o de las guerrillas, que por allí se refugiaron en los años posteriores a la contienda según parece ser, por la altitud a la que la misma se encontró, cerca del Alto del Chorrillo, en la subida al Mulhacén.

No son pocos los restos bélicos que deben permanecer enterrados bajo nuestro suelo, y no deja de ser de importante valor, cada uno de ellos, por la simbología que nos aportan.

Por eso resulta asombroso comprobar, como la manipulación política, puede llegar a distorsionar la realidad, al punto que no se quiera entender, que familiares de personas desaparecidas y asesinadas durante la contienda bélica española o la represión posterior, quieran mover cielo y tierra, para tratar de encontrar los restos de sus familiares.

La seguramente mal llamada Ley de Memoria Histórica, vino a ocupar un hueco vacío en la dignidad de nuestro país. Pues ningún país que se quiera llamar así mismo democrático, puede serlo sin reconocer sus propios errores. Y el reconocimiento a las víctimas de la represión era no solo necesario, si no imprescindible, en la democracia española.

Muchas veces se ha usado la Ley de Memoria Histórica para esgrimir la falta de impulso y liderazgo político de la izquierda española, cuando posiblemente, debieran haber sido los partidos del arco conservador, los más interesados en dejar cerrado, al menos desde un punto de vista moral, este asunto.

La necesidad de recuperar los restos de las víctimas de la represión, de sacarlos de las cunetas y de las inmediaciones de iglesias y cementerios, no es más que una recuperación de la dignidad y una reparación moral, para toda nuestra sociedad y una contribución a la convivencia democrática. Y no debería ser entendido como algo propio de un signo político en ningún caso.

Soy consciente de que seguramente, esto no sea compartido por casi nadie. Y seguramente, no va a ser entendido por quienes no hayan podido tener una conversación con algún hijo, nieto o familiar de algún represaliado.

Y es que, hasta que no hablas con ellos y te relatan, no ya el secuestro o el asesinato de sus allegados, si no la exclusión social y las humillaciones posteriores que sufrieron todos los familiares de los represaliados. No consigues entender como de imprescindible se hace que desde instancias oficiales, desde el propio Estado que propició dicha represión, se reconozca, se colabore y se ayude a terminar, una página cerrada en falso por nuestra sociedad.

Desgraciadamente no solo quedan armas y granadas pendientes de ser desenterradas, también existen aún, muchos cadáveres por exhumar. Y son aún demasiadas las reticencias no solo políticas, si no, también sociales las que se encuentran, a la hora de llevar a cabo este tipo de actuaciones.

La represión de la Guerra Civil y la posguerra es una parte fundamental de la historia de nuestro país, sin la cual no pueden comprenderse muchos de los problemas actuales de nuestra sociedad. Y al igual que se valoran por todos, los hallazgos de restos de objetos y materiales de aquella época. Con mayor motivo debe ponerse en valor la necesidad de dignificar y reparar a las víctimas de dicha represión.

Es de justicia que los familiares de los represaliados puedan saber donde se encuentran los restos de sus difuntos, y en su caso puedan ser exhumados, con la plena colaboración de las Administraciones Públicas, y todo ello, sin ningún tipo de connotación política, pues no se trata de política si no de dignidad y humanidad.

Gustavo García

Historiador y escritor

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