sábado 28 mayo
Opinión  |   |

Mistura

En una reciente entrevista Yolanda Díaz se refería a su anunciado proyecto político utilizando una palabra gallega, misturar (mezclar). Completaba la definición diciendo que “la gente no quiere que pensemos igual sino que caminemos juntas”. Una preciosa forma de exponer lo que constituye toda una declaración de intenciones sobre lo que desea construir. Estoy seguro de que esta clara y pedagógica forma de explicarse y su buen hacer en el ministerio de Trabajo son la clave de su creciente popularidad. Acostumbrados al griterío o a los mensajes engolados y pretenciosos la gente agradece el lenguaje natural, fácilmente entendible.

Un término y una descripción sencilla para definir lo que pretende ser un ambicioso proceso de unidad que tan difícil ha resultado siempre a los movimientos progresistas en España que, como si de una maldición se tratara, siempre acaban disgregándose en múltiples expresiones, similares en sus planteamientos pero confrontadas entre sí. Se trata de sumar mezclándose los diferentes.

Mencionaba también Yolanda Díaz el ejemplo de Jean-Luc Melénchon, con un notable, aunque aún relativo, éxito electoral y su capacidad para unir a toda la izquierda y el ecologismo en Francia. Porque se trata de construir una alternativa que permita ir más allá de tener que elegir entre Macron o la extrema derecha.

De sus palabras extraigo algunas ideas. A pesar de todas las dificultades hay que ser ambiciosos. El protagonismo ha de ser de la ciudadanía. La sociedad es profundamente democrática y tiene “un montón” de ideas. Hay que escuchar a los profesionales. Se trata de pensar en un país del siglo XXI, que mire hacia adelante. Un país nuevo para la próxima década, con más sanidad, más educación, más atención a la dependencia, porque no todo el mundo está realmente de acuerdo en esto, aunque lo digan en sus discursos.

En sus palabras normalmente se nota un tono institucional, moderado y prudente. Aunque también muestra la necesaria contundencia que transmite seguridad. Como corresponde a una ministra y vicepresidenta del gobierno.

Quizás por eso se interpreta a veces que existen diferencias con respecto al resto de ministras de Unidas Podemos (UP). Por supuesto que deben existir, pero más allá de los intereses que muevan a quienes se afanan en amplificar esas posibles discrepancias, está claro que Yolanda Díaz tiene el apoyo y respaldo del resto de ministras de UP y de las bases de la confluencia.

Es cierto que UP no ha resuelto de forma plenamente satisfactoria el conflicto entre su origen como proyecto alternativo y de cambio y la realidad de su participación en un gobierno en el que está en minoría y que además necesita de apoyos externos, no siempre fáciles de articular, lo que limita sobremanera sus posibilidades de introducir muchas de las medidas que formaban parte de su programa electoral. Una situación que genera ciertos desajustes que se muestran públicamente y que no siempre resultan entendibles para el conjunto de la gente.

En mi opinión UP podría haber afrontado esta dualidad entre su ambición de cambio y el necesario pragmatismo mediante la articulación de una cierta bicefalia, separando por un lado lo que son las personas que ocupan responsabilidades ministeriales y por otro quienes representan al partido. Un miembro del gobierno tiene siempre limitaciones para decir lo que piensa abiertamente, está sujeto a las obligaciones del cargo y a la representación del país que ostenta. Mientras que un dirigente de partido puede tener mucha más libertad para opinar. En España hay experiencias de bicefalia que son exitosas y se mantienen en el tiempo.

Es evidente que a veces se ha dado la impresión de que se hace gobierno y oposición al mismo tiempo, incluso que se hace oposición al gobierno desde el propio asiento en el Consejo de Ministros. Entiendo que es una cuestión que en ciertos momentos chirría y que debería ser resuelta. Porque si se hace bien la gente lo entiende perfectamente.

Se trata del primer gobierno estatal de coalición. De un gobierno conformado entre dos partidos con importantes diferencias programáticas. Con enormes y poderosas fuerzas externas en contra (económicas, políticas, mediáticas, de Lawfare-guerra jurídica...). En el que demasiadas veces se da la impresión de que un partido, el mayoritario, intenta frenar las medidas más ambiciosas que propone el socio minoritario, incluso tratándose de políticas incluidas en el pacto de gobierno. Así lo hemos visto con la reforma laboral, el Salario Mínimo Interprofesional, la ley de vivienda, el límite a los precios de la electricidad, la política fiscal, la ley “mordaza”, las leyes de igualdad... Y finalmente en relación a la política respecto al Sahara.

De cara al futuro esta situación solo puede ser abordada desde el apoyo al proyecto de Yolanda Díaz. A través de un acuerdo amplio, plural y participativo, donde nadie quede excluido a priori, que aúne la ambición de cambio con el pragmatismo necesario para poder hacerlo realidad, con un programa común, conformando equipos capaces de distinguir lo importante de lo accesorio, con acuerdos que regulen la gestión de las discrepancias y al que se llame a participar a la sociedad civil, a la gente que, sin militar en ningún partido, si quiere comprometerse en mejorar este país para hacerlo más libre, más democrático y más justo. Porque solo así se construye un proyecto ganador, de mayorías.

Un proyecto que debe prestar especial atención al trabajo en los municipios. Puesto que únicamente puede ser sólido si es capaz de generar un fuerte anclaje en los territorios. Se trata sin duda de un gran reto.

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Columnista
Miguel Martín Velázquez

Asesor del grupo municipal de Unidas Podemos en el Ayuntamiento de Granada

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