jueves 13 junio
Opinión  |   |

Moción de censura

Aunque haya pasado tan poco tiempo, es posible que ustedes hayan olvidado que ayer mismo se votó en el Congreso de los Diputados una Moción de Censura. La sexta desde que se aprobó la Constitución, la quinta que no prospera, la segunda que presenta VOX y la primera que puede considerarse como un auténtico fraude de Constitución.

Ciertamente, en la mayoría de las ocasiones, la composición del Congreso de los Diputados hacía previsible que las mociones presentadas no prosperasen y que su objetivo no fuera tanto romper la confianza en el Gobierno de la mayoría cualificada del Congreso sino desgastarlo, o como vía para presentar a la opinión publica un nuevo líder o como mecanismo para reivindicar el liderazgo de la oposición política en un parlamento fragmentado pero fuertemente polarizado en dos bloques ideológicos. Pero en todos los casos, las mociones fueron presentadas contra un gobierno concreto, contaban con un candidato a la Presidencia del Gobierno que, en tal condición, había sido presentado al electorado y como tal había sido reconocido en el correspondiente proceso electoral y defendía un programa político de gobierno que, en lo sustancial, coincidía con el que los proponentes de la moción habían concurrido a unas elecciones legislativas en las que consiguieron su acta de diputado y con ella, entre otras cosas, el derecho a presentar dicha moción.

Nada que ver con esta segunda moción de VOX que, aun siendo formalmente irreprochable, en su sentido, en su contenido y en su desarrollo puede entenderse como una burla del sistema parlamentario, del espíritu de la Constitución y, en definitiva, de nuestro sistema democrático. Con un candidato difícilmente creíble como presiente de gobierno, aun incluso cuando su gestión consistiera en convocar unas nuevas elecciones, con un catecismo patriótico por programa de gobierno y con una voluntad evidente y evidenciada de atacar al gobierno, a los grupos parlamentarios que conformaron el bloque de la investidura y al principal partido de la oposición, el acto parlamentario propiciado por VOX no era una moción de censura al gobierno sino un intento de censura al parlamento.

Se trata ésta de una recurrente y preocupante práctica de VOX, a saber, invocar, recurrir y utilizar los instrumentos, instituciones, valores, derechos y referentes en los que descansa nuestra democracia para socavarla, ridiculizarla y desprestigiarla. Más atención y reflexión merecería la capacidad y la posibilidad que un partido claramente contrario a la democracia constitucional tiene de forzar y retorcer para sus intereses el sentido y el contenido de, por ejemplo, la libertad de expresión, el principio de igualdad, la representación política, el Tribunal Constitucional y, ahora, la moción de censura.

Nada nuevo y nada que no pudiera esperarse de un partido como VOX. Lo preocupante es la actitud que un partido democrático como el PP adopta y asume ante este uso espurio y denigrante de los procesos democráticos. Solo una especulación electoral puede explicar la indolente abstención de los populares en la moción de censura y ante el estrambote en el que VOX quiere convertir nuestra convivencia en democracia.

Es posible que el PP esté en la lógica de no contrariar en exceso a VOX para, llegado el caso, seguir pactando gobiernos autonómicos, municipales o nacionales, o puede que el PP se mueva en la convicción de que las extravagancias de VOX acaben por presentarlos como una opción electoral moderada, tal y como ocurrió en Andalucía o puede, con mayor seguridad, que el PP maneje ambas estrategias conjuntamente.

En todo caso, la abstención del PP en una moción de censura fraudulenta ha resultado tan decepcionante como esclarecedora. En primer lugar, el discurso expuesto por el señor Tamames en nombre de VOX no solo no disgusta a los populares sino que se reconocen en él. Privatizar la sanidad y la educación, capitalizar como norma las pensiones, apoyo a las grandes empresas, salarios más bajos, eliminación de los sindicatos y de la negociación colectiva… el PP podría firmar punto por punto todos estos planteamientos. Sólo, quizás, les incomode la soberbia descarnada con la que fueron expuestos por el señor Tamames.

En segundo lugar, efectivamente, en caso de ser necesario la opción de gobernar con VOX es un precio que el PP está dispuesto a pagar. Ya lo hemos experimentado. Lo peligroso, lo inquietante no es, por tanto, el programa político que pueda tener VOX sino que el PP no va a tener ningún problema en ejecutarlo en el ámbito autonómico, local o nacional.

Y en tercer lugar, ha quedado patente que al PP tampoco le preocupa demasiado que los procesos democráticos se distorsionen, se adulteren o se instrumentalicen, ya sea una moción de censura o ya sea unas elecciones municipales, por poner un caso. Así, tras lo visto, no nos puede extrañar que el PP quiera convertir las elecciones municipales del próximo mayo en una previa de las Generales a mayor gloria del sr. Feijoó y en menoscabo de los intereses de las ciudadanas y ciudadanos. No podemos ignorar que en las próximas municipales el problema no será VOX sino que el PP estará dispuesto en ejecutar su programa político. Y no nos podemos engañar sobre cual es el proyecto político tiene el PP, también para el ámbito local, aunque no tenga el desparpajo y la desinhibición del sr. Tamames para exponerlo.

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Columnista
Baldomero Oliver

Profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Granada

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