domingo 4 diciembre
Opinión  |   |

Mujeres

El 51% de algo es su mayor parte. Las mujeres no son “un colectivo” sino que son la mayoría de la gente, en España y en el resto del mundo. Por eso, llama la atención que a la mayoría de la gente se le pague menos que al resto por hacer el mismo trabajo, o que las mujeres se encarguen casi en exclusiva de cuidar al resto de la población.

Si 7 de cada 10 nuevos ingresos en la carrera judicial son mujeres, es difícil entender por qué solo el 38% consigue plaza en los tribunales de rango superior. Si hay 76 universidades y ellas son ya el 43% del profesorado, por qué solo hay 10 rectoras. Por qué solo hay un 30% de mujeres en los consejos de administración de las empresas que cotizan en el IBEX. Y, así, todo. Incluso en una sociedad avanzada como la nuestra, las mujeres siguen chocando contra el techo de cristal en cuanto llegan a la oficina. Y, cuando vuelven a casa, les esperan las tareas del hogar y el cuidado de la familia, dos actividades claramente feminizadas. Además, todo es más difícil si eres pobre, si eres extranjera, si eres gitana, si te has sentido acosada o si abusaron de ti.

La historia ha ido avanzando sin contar con las mujeres y solo en los últimos 200 años han podido alzar la voz para reclamar respeto, visibilidad, sufragio y -en definitiva- la libertad que se les había ido negando. Como dice el historiador israelí Yuval Noah Harari, “Hay una jerarquía que ha sido de importancia suprema en todas las sociedades humanas conocidas: la jerarquía del género. En todas partes la gente se ha dividido en hombres y mujeres. Y casi en todas partes los hombres han obtenido la mejor tajada”. La sociedad se ha organizado alrededor de los hombres, de su poder y de cómo lo ejercen. Un auténtico patriarcado bajo el que también quedan las mujeres.

Hay veces en que el machismo ni siquiera se molesta en ser sutil. Solo así puede entenderse que la prostitución pueda ser un trabajo como otro cualquiera, son su alta en la seguridad social, asumiendo que las mujeres venden su cuerpo con alegría. Con esa libertad de Ayuso con sabor a caña fresquita. Una vocación respetable, regulada, al alcance de cualquier niña. Bajo las normas del mercado, el cuerpo de las mujeres se convierte en un producto de alquiler. Así, con el ridículo eufemismo de “gestación subrogada”, cualquier mujer puede engendrar un hijo que entregará a otra a cambio de un precio. ¿Conocéis alguna mujer rica que alquile su vientre?

Según la ONU, la violencia de género es la primera causa de muerte para mujeres de entre 15 y 44 años en todo el mundo, por delante del cáncer, los accidentes de tráfico y las guerras. Por eso conviene aprovechar el 25 aniversario del asesinato de nuestra vecina Ana Orantes, a quien su marido prendió fuego después de 40 años de palizas. Debemos recordar que no fue un caso aislado, que la violencia es habitual para miles de mujeres. Desde que en España las empezamos a contar, en 2003, la violencia de género se ha cobrado 1.171 víctimas. Tenemos que contarlas, porque contar nos hace conscientes y nos recuerda que el problema persiste. Ana Orantes no fue la primera ni la última, pero marcó un antes y un después porque sirvió para despertar la conciencia de una parte de la sociedad, de esa parte que aún espera que también despierte la otra media.

La violencia de género es la expresión extrema del poder que los varones pretenden ejercer sobre las mujeres. Es una violencia instrumental, que tiene por objetivo su control. Una sociedad civilizada solo puede cerrar filas ante esta lacra, por eso seguiremos contando cada asesinato y recordando cada 25 de noviembre el “Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer”. Porque las matan por ser mujeres. Porque ha llegado el momento decir basta, cueste lo que cueste, como nos enseñó Ana Orantes.-

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Columnista
Pablo Hervás

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