lunes 15 junio
Opinión  |   |

¿Por qué queremos vestirnos de Bad Bunny?

Entrar a mirar la colección que ha sacado Bad Bunny con Zara ha sido una de las cosas más repetidas esta semana. Y si no lo has hecho, da igual, te habrá salido en la tele, en la prensa, en las redes sociales e incluso si miras al espejo a las 12:00h de la noche y dices en voz alta 'Titi me preguntó'. Y si, digo la colección del cantante para la firma y no al revés. Marta Ortega - y por ejecución su equipo de marketing en Inditex - son unas personas listísimas y saben mejor que nadie que en 2026 la ropa “importa poco”, y eso que viven totalmente de ella.

Hay una verdad incómoda en el mundo de la moda que mucha gente no quiere admitir en voz alta porque rompe un poco la magia: casi todo lo que compramos la mayoría de los mortales - porque es lo que podemos permitirnos - ya lo hemos visto antes. Da igual que sea el vaquero recto de toda la vida o el supuestamente novedoso estampado de esta temporada. El armario mundial es un deja vú permanente y podrán cambiar las temporadas, los colores o el momento de uso, pero el fondo permanece. Pero hay algo que cambia constantemente y que consigue que todo esto parezca nuevo, y por tanto sigamos pasando la tarjeta de crédito, que es el relato. El marketing en moda se basa en conseguir convencernos de que necesitamos esa prenda de esa marca en ese momento, aunque la podamos encontrar en cualquier local o sea muy parecida a una que ya tenemos en el armario. Si lo analizas, hay algo profundamente ridículo en cómo las marcas de moda intentan convencernos de que una camiseta blanca es, en realidad, un acontecimiento histórico.

Y para construir ese relato las marcas de moda necesitan agentes externos que ayuden a configurar el deseo. Cuando antes una modelo casi desconocida y un fotógrafo de moda que solo eran capaces de nombrar los muy fashionistas conseguían que miles de personas empatizaran con una marca de moda, ahora, en un mundo hiperconectado y saturado de información, hace falta que todo se lleve al extremo. Antes eran imágenes potentes; ahora son cantantes, actores, tiktokers o incluso gente que no sabes muy bien qué hace pero tiene millones de seguidores, que es básicamente el sueño húmedo de cualquier departamento de marketing.

Y ahí entra el fenómeno del momento: Zara x Bad Bunny. La colección es amplia, el marketing es potente, el mensaje es clarísimo: “esto no es solo ropa, es el universo de Bad Bunny traducido a prendas que tú también puedes llevar”. Luego entras a mirar y, sorpresa, muchas piezas son básicas de toda la vida: camisetas lisas, pantalones, sudadera... ¡y, excepto alguna pieza concreta, en colores más bien clásicos! ¿Dónde está la novedad?  ¿Por qué elevar a la cumbre de la moda a alguien que, según las piezas que vemos, viste como cualquier hijo de vecino? La prenda importa poco, es lo que hay dentro de ella lo que deseamos o lo que  queremos emular.  No te están vendiendo una camisa, te están vendiendo la posibilidad de parecerte un poquito a Bad Bunny. ¿Y quién no querría parecerse a uno de los hombres más exitosos y queridos del mundo?  La etiqueta dice Zara, pero el gancho emocional es el nombre que va detrás: él. Su cara, su actitud, su narrativa. La ropa es el souvenir. Tú ves la foto y dices “pues me la compro”. Y Zara dice “pues gracias”.

Las marcas de moda viven de una contradicción muy curiosa y en la cual no quisiera verme en ningún momento porque lo pasaría realmente mal: necesitan innovar constantemente para llamar la atención, pero al mismo tiempo no pueden alejarse demasiado de lo que saben que se vende. Esto son números, querida. Si mañana una marca masiva dejara de hacer vaqueros, camisetas y sudaderas, quebraría en dos temporadas. Porque, al fin y al cabo, por cada fashionista radical, hay 1000 personas que tienen que vestirse cada día. Y las cuentas no salen.  Así que el truco está en repetir lo mismo, pero disfrazado de novedad.

Cambias quién te lo enseña y lo vistes de una historia chuli y palante. Porque no es lo mismo ver una sudadera en una percha que verla en el cuerpo de alguien que ya admiras por otros motivos. Es un atajo emocional. Hay un ejemplo clave en España que quiero resaltar. El caso de Paula Echevarría es casi de manual de marketing contemporáneo. Durante años, todo lo que se ponía en su blog o en sus redes sociales se agotaba en cuestión de horas. Daba igual que fuera un vestido de Zara, un abrigo de Mango o unas sandalias de cualquier cadena: si ella lo llevaba y lo etiquetaba, desaparecía. Y eso, evidentemente, no iba a quedarse sin explotar. Resultado: contrato duradero con Primark, colecciones propias, campañas, lanzamientos. Ya no es solo que Paula lleve ropa de Primark, es que Primark te vende ropa “de Paula”. El círculo se cierra. Y todos contentos y un poco millonarios.

La pregunta interesante es: ¿por qué queremos llevar lo que llevan los famosos? En realidad, la moda siempre ha funcionado como un lenguaje social. Vestirte es decir algo de ti sin hablar. Cuando admiras a alguien, te atrae no solo lo que hace, sino cómo se presenta al mundo. Su estilo se convierte en un atajo identitario: si me visto un poco como esa persona, quizá proyecto algo de lo que me gusta de ella. No es tanto “quiero ser Bad Bunny” como “quiero que se me pegue algo de su libertad, su descaro, su éxito, su energía”.

También hay un punto de ilusión infantil en todo esto. Cuando éramos pequeños, queríamos la mochila de nuestro dibujo animado favorito, las zapatillas del deportista del momento, la camiseta del grupo que escuchábamos en bucle. Ahora nos justificamos un poco con discurso, pero el impulso es el mismo: pertenecer a un relato que nos gusta.  Quizá la reflexión útil sea aprender a mirar con un poco más de distancia. Preguntarnos: si le quito el nombre famoso, ¿me seguiría gustando esta prenda? ¿La compraría igual si no supiera quién la “firma”? ¿Me representa a mí o representa a la persona que la anuncia? No se trata de dejar de comprar nada que lleve el nombre de alguien conocido, sino de recuperar un poco la cordura en medio del ruido. Que si te compras la sudadera de Bad Bunny sea porque te gusta de verdad, no solo porque te han convencido de que, sin ella, te quedas fuera de algo. Por cierto, yo me he pillado la camisa amarilla porque “Yo perreo sola”.

©Queda totalmente prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta noticia sin autorización expresa de la dirección de ahoraGranada
Columnista
Gafas Amarillas

Periodista y Creador de Contenido

Desarrollado por Neobrand
https://ahgr.es/?p=316040