¿Qué necesidad tienes?

Cada vez que le cuento a mi padre que voy a hacer algún viaje para ver al Granada CF fuera de casa, o que hago encaje de bolillos con el tiempo de un fin de semana para poder escaparme a la Ciudad Deportiva a ver al Femenino, siempre me pregunta lo mismo: “Hijo mío, ¿qué necesidad tienes?”. Aunque parezca una cuestión sencilla, lo cierto es que tiene mucha más profundidad de la que aparenta. Y es algo de lo que me acordé el otro día, cuando volvíamos en ferry desde Ceuta Ana y yo, cargados con las maletas, el carro de Mateo y ese buen puñado de cosas que siempre llevamos “por si acaso”. Sobre todo porque, con todo ese cansancio encima, todavía encontramos la manera de hacer un hueco para ir a ver al Femenino a Los Cármenes contra el Barcelona. Y, una vez más, la pregunta volvía a ser la misma. Qué necesidad tengo de hacer eso.
La pregunta es corta, pero la respuesta lo es aún más. Toda. La tengo toda. Porque no sabría concebir mi vida sin fútbol, y muy probablemente tampoco sabría entenderla, a estas alturas, sin vivirlo junto a ellos dos. Porque esa es, además, la siguiente pregunta que más me hacen: “Oye, ¿y tu pareja no te dice nada?”. Una cuestión que, por cierto, arrastra cierto aroma casposo, como si el fútbol no fuese también territorio suyo por el hecho de ser mujer. Ella, que es tan futbolera como yo —o más—, ¿qué me va a decir? Que vamos. No sé si será la fortuna de haber encontrado a alguien que comparte tu misma pasión, pero desde luego facilita el camino. Sobre todo porque no concibo nada más hermoso que compartir el amor y la pasión por unos colores con las dos personas más importantes de mi vida.
En fin, creo que me desvío un poco. Es cierto que este equipo, que tradicionalmente ha dado más disgustos que alegrías, no invita precisamente al optimismo. No lo hace porque parece abandonado a su suerte, huérfano del cariño de quienes deberían guiar su destino, más preocupados por salvaguardar sus propios intereses que por proteger aquello que representan. Y también es verdad que, en demasiadas ocasiones, seguirlo implica aceptar una especie de maltrato emocional consentido. Madrugones imposibles, viajes interminables, derrotas que se quedan contigo durante días, como una resaca persistente. Es asumir que, muchas veces, el esfuerzo que haces no encuentra respuesta al otro lado, que quienes deberían cuidar lo que amas lo tratan como un simple activo más. Y, aun así, vas.
Vas porque hay algo que no se puede explicar del todo. Porque existe una especie de hilo invisible que te ata a ese escudo desde hace años, desde cuando eras un niño que no imaginaba que algún día sería ese adulto que carga con maletas, con un carro de bebé y con el cansancio acumulado de un ferry y de horas de carretera. No es una decisión racional. No responde a una lógica de recompensa. Es, simplemente, parte de lo que eres.
Porque la necesidad no nace de lo que el equipo te da, sino de todo lo que tú ya le has entregado. De los recuerdos que has construido a su alrededor. De las personas con las que lo has compartido. El fútbol, en realidad, nunca ha sido solo fútbol. Es la excusa. El escenario sobre el que suceden otras cosas mucho más importantes. En mi caso, es incluso el lugar donde conocí a la madre de mi hijo. Cómo no voy a sentirme unido a estos colores de por vida.
Por eso, cuando mi padre me hace esa pregunta, sé que en el fondo conoce la respuesta. Porque fue él quien, sin ser especialmente futbolero, me llevó por primera vez al viejo Los Cármenes. Porque fue él quien, sin saberlo, me enseñó que estas cosas no se eligen del todo, que simplemente te encuentran y deciden quedarse contigo. Así que no, no es una cuestión de necesidad en el sentido práctico de la palabra. No es algo que tenga que hacer para sobrevivir. Pero sí es algo que necesito para seguir siendo quien soy. Para seguir reconociéndome.
Toda. La tengo toda.








