Resiliencia

Odio la palabra resiliencia. Su significado en los últimos años se ha ido pervirtiendo, desvirtuando por completo hasta convertirla en un concepto vacío, un comodín motivacional que se utiliza para justificar cualquier situación adversa. Y, sin embargo, por contradictorio que parezca, si me pidieran definir este Granada CF en una sola palabra, sería precisamente esa la que utilizaría. Quizá porque el equipo se ha visto obligado a encarnarla sin pedirlo, quizá porque no le ha quedado más remedio que abrazar ese término que tan poco me gusta. Pero es lo que hay: este Granada se sostiene desde la resistencia.
Ante todas las adversidades —especialmente la nefasta gestión de los recursos del club en las últimas temporadas— ha emergido un pequeño grupo de trabajo que está empezando a mostrar resultados más allá de la brillantez o la elegancia futbolística. Un grupo que, por encima de todo, definiría como honrado y trabajador. Y que nadie confunda esto con romantizar la precariedad. No se trata de celebrar lo mínimo, ni de aplaudir la escasez como si fuera una virtud. Estamos así porque la institución, en todos sus estamentos, ha sido gestionada con una torpeza difícil de justificar. Pero incluso dentro de ese contexto, los jugadores han decidido tirar para adelante con lo que tienen. Y eso es algo que merece ser subrayado.
El Granada juega como puede, no como quiere. Y aun así, juega con alegría. Resiste, aunque a veces esa resistencia consista simplemente en aguantar el chaparrón, en cerrar filas, en correr un metro más cuando las piernas ya no responden. No siempre brilla. De hecho, casi nunca lo hace. Tampoco es un equipo especialmente resultadista, ni un bloque capaz de someter al rival durante largos tramos del partido. Pero ahí está, manteniéndose a flote en un mar que parecía dispuesto a tragárselo.
Con el paso de las jornadas veremos si esta plantilla, tan corta de efectivos en varios puestos clave, es capaz de sostener el ritmo competitivo. Necesita refuerzos, eso es evidente. No se puede mirar a otro lado. Hay posiciones en las que el equipo está al límite, y cada lesión o sanción es un quebradero de cabeza para Pacheta. Sin embargo, mientras esa ayuda no llega —y quién sabe si llegará—, es de agradecer observar a jugadores que dignifican el escudo de la mejor manera posible. Algo que, por desgracia, no siempre había ocurrido en la historia reciente del club, donde no han faltado futbolistas incapaces de contagiar ni compromiso ni profesionalidad.
El partido en el Reino de León fue una buena muestra de la versión más noble del Granada CF. No fue un encuentro brillante, ni mucho menos. No hubo grandes fases de dominio, ni una circulación fluida, ni un torrente de ocasiones a favor. Pero sí hubo compromiso. Sí hubo orgullo. Sí hubo un equipo que entendió que debía competir hasta el último minuto. Y eso, en según qué situaciones, es casi tan valioso como un triunfo.
El equipo se sostuvo sobre los hombros de varios jugadores, pero en particular de un nombre propio: Astralaga. El guardameta volvió a demostrar que está creciendo partido a partido, haciéndose grande bajo palos, transmitiendo seguridad, dando oxígeno a la defensa cada vez que el rival apretaba. Sus intervenciones mantuvieron vivo al Granada en los momentos más delicados, permitiendo que el tanto de Pascual —otro futbolista que está encontrando su lugar— sirviera para sumar tres puntos muy trabajados.
Puede que no sea un Granada deslumbrante. Pero es un Granada honesto, luchador y, mal que me pese decirlo, resiliente. Un conjunto que, pese a todo, sigue en pie. Y a veces, mantenerse en pie ya es una victoria.







