domingo 17 mayo
Opinión  |   |

Spoiler: el traje nunca se llamó “de flamenca”

La pasada semana Sevilla volvió a convertirse en un parque temático de volantes, moños y pieles del mismo tono que un mueble barnizado paseando por la Feria de Abril, que ha colapsado las redes sociales tintándolo todo de marrón autobronceador. Esta semana, en Granada, ya estamos calentando las articulaciones y desempolvando los looks para disfrutar de las esperadas Cruces de Mayo, que aunque nos pillen mucho más blanquitos, se disfrutan igual. Hablando sobre estos looks de celebración andaluza, voy a poner en valor la importancia de llamar a las cosas por su nombre. Me ha dado por pensar en lo fácil que es que una palabra se deslice, y que, sin darnos cuenta, acabemos repitiendo términos que dejan fuera a quienes sostuvieron la historia con un trasfondo cultural muy relevante. Y sí, esto ocurre en la moda, aunque ya sabemos que la moda nunca trata solo de ropa.

Hablemos del traje de flamenca, aunque deberíamos desterrar ese nombre de nuestro vocabulario para siempre. Mucha gente lo trata como si hubiera nacido en un laboratorio de lunares, cuando en realidad su historia es mucho más interesante y pone en valor la fuerza de las mujeres por encontrar su esencia y su diferencia. Este traje, que hoy asociamos a la tradición andaluza y a las fiestas y romerías de nuestra comunidad, nació muy lejos de los focos, de los selfies y de los faralaes de diseño.

En su versión primigenia lo comenzaron a usar las mujeres que acompañaban a tratantes y campesinos en las ferias de ganado del siglo XIX y que necesitaban ropa “de faena”: una prenda cómoda, resistente y capaz de sobrevivir al polvo, al calor y a la jornada. Con el tiempo, la feria dejó de ser un simple intercambio comercial y se convirtió en un escenario social donde charlar, verse, reencontrarse, e incluso ronear. Mujeres que trabajaban, que se movían, que vivían el momento, y que un día decidieron que una bata podía tener volantes porque sí, porque la vida ya era bastante dura como para no ponerse guapa. Fueron añadiendo a la prenda elementos como bordados, flecos, volantes… A medida que más se querían lucir, más se fue alegrando el estilismo: más color, más volumen y más salero.

Pero hay un detalle muy relevante en esta historia, y donde radica la importancia del término: la inmensa mayoría de estas mujeres eran gitanas y jornaleras. Y por ello su nombre es, y siempre será, traje de gitana, aunque luego la historia haya intentado ir diluyendo esa acepción con un marcado sesgo racista. ¿Cómo ocurrió?

La burguesía de la época, que miraba a esas ferias de refilón y casi como si de un freak show se tratara, rápidamente cayó fascinada por aquella estética que no le pertenecía y la imitó con tejidos más finos y un refinamiento que buscaba apropiarse del gesto, pero sin asumir del todo su origen. A principios del siglo XX, el traje ya era un símbolo reconocible, y en el año 1929, con la Exposición Iberoamericana celebrada en Sevilla, quedó fijada como “vestimenta oficial del folclore andaluz”. El salto del concepto y cambio de nombre entre “traje de gitana” y “traje de flamenca” llegó cuando la prenda abandonó su vida callejera para entrar en el mundo del espectáculo. El giro definitivo lo dio el flamenco profesional: bailaoras, cantaoras y artistas llevaron este atuendo a sus actuaciones y a la iconografía visual de este arte, y por eso el traje empezó a nombrarse por el género que lo exhibía ante el público general. Lo convirtió en icono, en postal de vacaciones, en souvenir emocional y en imagen en sí desconociendo el trasfondo… Y mucha gente decidió aplicar ese término y desligarlo directamente de su pasado caló.

En ese pequeño ajuste del nombre se esconde una operación simbólica que dice más de quien nombra la prenda que de quien la luce y disfruta. La historia no se borra sola, siempre hay alguien con la goma en la mano. Esas personas que deciden invisibilizar la historia y el aporte cultural del mundo gitano a la historia y tradiciones de España simplemente obviaron su nombre original. Se trata del único traje regional que no ha dejado de mutar y que se renueva constantemente con las tendencias, estrechándose, ensanchándose, multiplicando volantes y estampados, como si respirara moda sin renunciar a la memoria de quienes lo hicieron posible.

El problema no es cómo lo llamamos ahora, sino a quién dejamos fuera cuando lo hacemos. Por eso hoy, que estamos a punto de lucir nuestros trajes de gitana, conviene recordar que las palabras no son inocentes, que la moda también escribe historia y que llamar a las cosas por su nombre, aunque cambie, evolucione y se adapten, es símbolo de respeto y de memoria. Que el traje que tantas fotos genera tiene detrás una memoria que no cabe en un hashtag. Y quizá lo más macarra que podemos hacer este año es algo tan sencillo como decirlo en voz alta, sin filtros, sin barnices.

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Columnista
Gafas Amarillas

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