domingo 7 agosto
Opinión  |   |

Tiempo para pensar

El único partido que ha ganado las elecciones del 19J ha sido el PP. Y lo ha hecho con una contundencia inesperada. Ninguna encuesta vaticinó tan buen resultado como el obtenido. Curiosamente tras estas elecciones andaluzas no se ha cumplido el ritual de que ninguno de los partidos reconozca haber perdido. Todos, de una u otra forma y con los matices que se quiera, han reconocido su derrota. Así lo mostraban las caras y las palabras de sus líderes en la noche electoral. Solo Teresa Rodríguez, de Adelante Andalucía, mostraba una sonrisa y una cierta satisfacción por la obtención de dos escaños y, en un alarde de osadía, se apuntaba el éxito de haber “pinchado el globo de la extrema derecha” y frenado el efecto Olona. “Macarenazo” llegó a decir.

El PP de Moreno Bonilla obtiene este éxito arrollador aupado en su capacidad para adaptarse a las circunstancias, sabiendo aprovechar la ola generada por el poderoso entorno mediático para empujar a su favor. ¿Quién recuerda alguna medida política exitosa y relevante de sus tres años y medio de gobierno? ¿Quién conoce alguna propuesta concreta para los próximos cuatro años aparte de poner wifi en los hospitales?. A base de anuncios genéricos de bajadas de impuestos, sin concretar cuáles, en qué cuantía y para quien, y su perfil ajeno a las estridencias, se ha labrado la imagen del yerno perfecto. La sanidad, la educación, la dependencia... ¿están mejor ahora que cuando llegó a la presidencia?. Claramente no. Aunque bien es cierto que el deterioro ya había comenzado antes de su llegada y eso le otorga una cierta coartada de no ser el primero ni el peor.

El resto de partidos se han limitado a reconocer su fracaso en alcanzar los objetivos que se habían propuesto. Ciudadanos ha desaparecido del parlamento andaluz. El PSOE empeora los resultados de Susana Díaz, excavando en su suelo electoral. Por Andalucía recibe un severo varapalo de pérdida de votos y escaños.

El problema es que habiendo hecho lo más difícil, reconocer sus derrotas, luego les está faltando dar el siguiente paso, el de formular la necesaria autocrítica por sus propios errores, única manera de poder corregirlos y preparar futuros éxitos.

La formación y la presentación de la candidatura de Por Andalucía constituyó un auténtico esperpento. Pero probablemente la imagen que se dio en esos días, con el colofón de llegar tarde a formalizar la coalición, ni siquiera fue lo peor. Si se llegó en esas condiciones al fin del plazo para inscribir la candidatura fue porque antes no se habían hecho los deberes. El resultado fue una penosa imagen de peleítas internas entre los socios para ver quien salía mejor parado en las listas. Eso al menos es lo que percibieron los votantes. Cualquier persona que siga con un poco de interés la política sólo puede concluir que difícilmente se pudieron hacer peor las cosas.

Es evidente que cualquier espacio político que pretenda promover cambios en la línea de lograr más y mejor democracia, más justicia social y más derechos humanos, siempre va a tener en frente a grandísimos poderes fácticos que van a utilizar, como han hecho y están haciendo, todos los medios, legales o no, para debilitar y arrinconar cualquier alternativa. Pero hay errores que son propios y de esos no se puede echar la culpa a nadie sino solo detectarlos y solventarlos.

Una cosa está clara, el mal ya está hecho. Ya no caben más lágrimas. Lo que toca es pedir disculpas a la militancia y al electorado, por no haber estado a la altura, analizar y reconocer los grandísimos errores cometidos y adoptar medidas para corregirlos.

Como la penitencia va a ser dura y larga la travesía del desierto, lo mejor será comenzar cuanto antes. No hay mucho tiempo que perder.

No cabe la respuesta de echar la culpa a otros, sea la ruptura de Adelante Andalucía, el desconocimiento de la candidata, las diferencias internas o no sé qué trágalas entre socios. Como se aplica en Gestión de Calidad, se trata de descubrir y analizar los errores, no tanto para buscar culpables como para corregirlos e incluso prevenirlos.
No caben ajustes de cuentas que sólo debilitarían aún más al espacio político y desanimarían, de forma probablemente irrecuperable, al potencial electorado. Lo prioritario es el propósito de poner los cimientos para rectificar y proceder a la refundación del proyecto político. Con inteligencia y generosidad.

No caben más sopas de letras, de siglas, de anagramas o de socios a repartir restos del naufragio. Basta de pensar en ser cabecita de ratón o salvar al pequeño aparatito de cada cual. Sólo cabe pensar en la gente, en sus problemas y en cómo construir un proyecto político, plural pero unido, capaz de hacer buenos diagnósticos sobre una realidad no sólo cambiante sino llena de incertidumbres. Conformar una sólida organización donde participar o militar constituya una actividad gratificante, capaz de atraer talento. Elaborar un programa creíble que permita convencer a mucha gente de que se está conformando una alternativa de gobierno, capaz de ganar su confianza y solvente para gestionar los intereses de la mayoría social. Todo lo demás no dejaría de ser más de lo mismo, un déjà vu absurdo y estéril.

Se trata de pensar en ser útiles, decentes y eficaces. Es lo menos que se puede pedir. Es lo menos que hay que dar. Es tiempo de pensar.

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Columnista
Miguel Martín Velázquez

Asesor del grupo municipal de Unidas Podemos en el Ayuntamiento de Granada

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