Transformar la política

Para Aristóteles la vida humana tendría como fin último la felicidad y ésta se alcanzaría mediante una vida de virtud que se cultiva en comunidad. La política, además de la organización social, tendría como objetivo la creación de las condiciones necesarias para que la ciudadanía pueda alcanzar la virtud y la felicidad. Para él la justicia sería la virtud principal que debe regir la vida política para alcanzar la cohesión social.
La política es una actividad imprescindible para el funcionamiento de una sociedad. Es la dedicada a organizar la convivencia social, gestionar el poder y tomar decisiones para la colectividad. Se supone que en democracia debe pretender resolver conflictos y distribuir recursos buscando el bien común a través del establecimiento de normas. En ese sentido debería ser considerada como una tarea digna y honorable.
Desgraciadamente vivimos tiempos en los que la política goza de prestigio menguante. Crece la desafección y cada vez se expanden más los mensajes de odio, la crispación y la deshumanización del otro. Nos estamos acostumbrando a que el discurso político se llene de extravagancias y mala educación, de insultos y de lenguaje soez. Parece que interesa más movilizar emociones primarias negativas antes que comunicar análisis o exponer propuestas constructivas. Se intenta más movilizar contra otros que a favor de los propios programas.
De continuar la actual deriva política una democracia imperfecta y mejorable como la nuestra sólo puede deteriorarse cada vez más. Desde la ciudadanía deberíamos tomar conciencia de esta inaceptable dinámica e intentar desconectar de ella, dejándonos de hacer eco de todas las estupideces y salidas de tono a las que asistimos a diario por parte de una clase política mediocre, contradictoria, egoista y distanciada de los problemas reales de la gente.
Cuesta saber si el PP está en contra de la guerra de Irán y qué haría al respecto si estuviera en el gobierno. Si aceptaría aumentar hasta el 5% el gasto militar que exige Trump a través de la OTAN y de dónde restaría el gasto para hacerlo posible. Tenemos serias dudas de hasta dónde llega el “No a la guerra” de Sánchez en cuanto a decisiones y efectos prácticos. Igual que desconocemos los motivos de su repentino cambio de actitud respecto al Sáhara, con el giro radical de posición, apoyando la apropiación marroquí, sin explicación alguna y sin pasar por el parlamento. Somos conscientes de que las políticas de vivienda que prometen unos y otros no resolverán nunca el problema que afecta a tantas personas y familias. Igual que vamos percibiendo cómo se deterioran paulatinamente los servicios públicos básicos, los que promueven la justicia social y la equidad, como la sanidad, la educación, la dependencia... De cómo se deteriora la imagen de la independencia judicial. De la abundante intoxicación que vierten tantos medios de comunicación y se amplifican en las redes sociales. Del racismo creciente, igual que la violencia de género... Y así podríamos seguir ampliando la lista.
Nos encontramos en pleno “enjambre electoral”, la estrategia que, de forma interesada, ha promovido el PP para intentar aparecer triunfante en elecciones sucesivas, tratar de reducir su dependencia de VOX y forzar que Sánchez adelantase las elecciones generales. Una plan irresponsable y fracasado.
Están recién convocadas las elecciones andaluzas y en el horizonte de un año se sitúan ya el resto de elecciones autonómicas, las locales y las generales. Lo cual hace temer que la actual dinámica política no sólo no aminore sino que probablemente evolucione a peor.
En el ámbito de la denominada “izquierda del PSOE” se continúa con el sempiterno debate de la unidad. Parece mentira que no hayan aprendido nada tras la cadena de fracasos reiterados y el éxito relativo de Extremadura, que podría haberles iluminado un posible nuevo camino a explorar. La situación sólo puede generar frustración entre sus posibles votantes, cuya intuición y deseos se dirigen a reclamar algún tipo de confluencia electoral mientras comprueban una y otra vez la incapacidad de esos partidos para hacerla de forma razonable.
Pero en este testarudo y patético debate aparecen demasiadas contradicciones y trampas. Resulta curioso que algunos lleven tantos meses hablando de unidad pero poco hablen de proyecto, que sería algo previo. ¿Unidad para qué, con quién y cómo?. Difícil ilusionar si el único proyecto es evitar que gobierne la ultraderecha o repartirse unos escasos escaños.
Llama la atención que quienes más claman por la unidad electoral sean quienes provienen de sucesivas escisiones de proyectos unitarios previos. También que se pretenda presentar como un éxito la reedición de una confluencia de cuatro partidos cuando antes eran quince. O que se pretenda conformar una unidad electoral estableciendo vetos o imponiendo ventajas de unos sobre otros. Imposible no percibir que predomina la intención de ser cabeza de ratón aunque sea renunciando a construir una alternativa real, estratégica y solvente al bipartidismo, que apueste por la paz, más democracia y más justicia social y ambiental.
“En política se puede hacer todo, menos el ridículo”. Esta frase, atribuida a Tarradellas, define bien la situación. Para empezar se echa de menos un poco de autocrítica, que nadie ha hecho a pesar de los fracasos. El reconocimiento de los errores y de las traiciones y deslealtades internas o el compromiso de superar egos y ofertar generosidad e inteligencia política. Construir un proyecto que trabaje en beneficio de la mayoría social, que sea alternativo y regenerador, exige facilitar la máxima participación y democracia interna, la generación de espacios amables, la capacidad para gestionar de forma creativa el pluralismo y la integración de opiniones diversas. La definición y cumplimiento de códigos éticos internos que susciten la suficiente confianza de honestidad, respeto y transparencia que tanto se necesitan en estos tiempos oscuros.
Desde la ciudadanía tenemos que ser exigentes con aquellos que pretendan representarnos, sean cuales sean nuestras simpatías o afinidades, porque de lo contrario esto tiene mala enmienda.








