viernes 3 diciembre
Opinión  |   |

El color político rojipardo

Está muy extendido el dicho de que los extremos se tocan, en política, además, de ser una expresión recurrente para deslegitimar una opinión que molesta al estatus quo, se suele ocultar, es decir, que un extremo se oculta en el otro para asumir la posición del contrario pero como si fuera cosa del que la manifiesta.

En Granada, hemos sido, somos, testigos de cómo ese discurso rojipardo ha calado en formaciones, teóricamente socialdemócratas y que actualmente han accedido al gobierno local tras el esperpéntico final del anterior nuestro Alcalde Sr. Salvador, que ha conllevado, inclusive, que este y todo su equipo, siga formando parte del gobierno municipal con un discurso bla, bla, bla, o lo que es lo mismo, de que esa pacto es lo mejor para la ciudad, cuando el PSOE tenía a su izquierda otra formación más cercana, Unidas Podemos Independientes, con el que desarrollar un programa netamente progresista, de medidas reales de cambio.

En Granada, una vez más, es todo posible. Efectivamente, una formación política de izquierda centrada como así se gusta definir, a veces, el PSOE, con el acuerdo habido con los tránsfugas de Ciudadanos, interioriza un discurso que, en su conjunto, se ajusta más a fundamentos más conservadores, con una retórica engañosa que apela a que se va a mejorar la vida de los más desfavorecidos, mientras, dejan pasar, otra vez, la oportunidad de que en los presupuestos generales del Estado se vea reflejada Granada y proyectos tan vitales para el oriente andaluz como es la conexión ferroviaria pasan a ser parte de una reivindicación romántica del pasado. Eso sí, hubo encuentro oficial rápido de unos minutos donde nuestra alcalde, Sr. Cuenca, pidió amablemente, al Sr. Félix Bolaños, una pronta respuesta sobre el ferrocarril, porque si no, “los granadinos vamos a elevar el tono de nuestras reivindicaciones”, apostillando, por si no hubiera quedado claro, y; “al mismo tiempo de nuestras demandas”. Más, bla, bla, bla.

Esta forma de hacer las cosas de un político que se autodefine como socialdemócrata, en principio, no tendría que ser, por el momento, motivo de preocupación, aun cuando rezuma a derechismo disfrazado, o lo que es lo mismo, preferir gobernar con la derecha que con la izquierda, a la vez que desarrollar una política de supeditación del centralismo de Madrid, que es España. A partir de ahí lo que venga. Lo mismo pasa en Andalucía, que en base a una supuesta estrategia de aislar al partido fascista VOX , se ofrece una coalición encubierta pactando los presupuestos de la Comunidad Andaluza. Ya te digo.

No debemos subestimar el color rojipardo en la política que ya influye en esos sectores de la socialdemocracia acomodada, que son más filtrables a ese discurso de entrada de la derecha en la izquierda, sobre todo porque están en una desorientación de conjunto, que algunos llaman crisis de identidad y que lleva a muchos a pensar que si no fuera por la presencia Unidas Podemos en el Gobierno de España, el PSOE no habría dudado en echarse en brazos de las políticas de derecha en pro del “bienestar común”. Es lo mismo que se dice desde el Partido Popular que afirma ser el adalid del pueblo español y, una vez ha llegado al gobierno, no duda en debilitar el Estado del Bienestar, o sea, privatizar la Sanidad, la Enseñanza, las residencias de la tercera edad, constituir la precariedad laboral y salarial como forma de la relación entre trabajadores y empresarios y destruir la negociación colectiva sectorial, como la mejor forma de (des) regular el mercado laboral, por poner algunos ejemplos. Si no, que se lo pregunten al Sr. Felipe González, hombre sabio donde los haya, que coincide plenamente con esos planteamientos, muy recientemente expuestos junto al Sr. Mariano Rajoy. Es un claro ejemplo del color rojipardo en la política y que, para no variar, nos toca vivir en primera persona, justamente desarrollada por el alcalde Sr. Cuenca, que poco después de salir elegido, pasa a talar 100 árboles entre las calles Arabial y Palencia a la vez que defiende, según dice, el anillo verde de Granada. Está claro.

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Columnista
Salvador Soler

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