viernes 1 marzo
Opinión  |   |

Jóvenes sin casa

No se puede ser adulto sin casa. Da igual que sea comprada, alquilada o regalada, pero todo el mundo necesita un techo. La independencia es uno de los signos de la madurez. Abandonar la casa de los padres y afrontar un proyecto vital propio forma parte del curso normal de la vida, es un derecho y también una necesidad. Por eso me sorprende que los jóvenes sin casa sigan siendo un drama clandestino. No se habla de los millones de personas de más de 30 años que siguen viviendo en casa de sus padres, aunque todos conozcamos alguno. Aunque viva con nosotros.

Dice el CIS que los jóvenes están preocupados por la vivienda. No me extraña. Solo el 36% de los menores de 35 años es propietario de una, frente al 70% que lo era hace 20 años. Además, la vivienda es cada vez más cara en términos relativos. En 1980, el porcentaje de la renta familiar media que había que dedicar a pagar una vivienda era del 17%, mientras que en la actualidad supera el 30%. Los padres cuarentones de los años 80 podían pagar un piso. Hoy, con la misma edad, un sueldo da para la suscripción a Netflix pero no llega para pagar el alquiler. Como consecuencia de todo esto, la edad media para independizarse sigue aumentando y en este momento el 86% de los menores de 34 años sigue viviendo con sus padres, según Eurostat. De tener hijos, ni hablamos.

El precio de la vivienda, producto de la especulación, la hace inasumible, pero no es el único problema. Lo que hace años era una aspiración razonable para cualquier joven, tener un buen trabajo, se ha convertido en una rareza. Ya solo se aspira a tener cualquiera. De hecho, lo normal es no tener trabajo. En España, solo el 20% de los menores de 24 años tiene algún tipo de trabajo. Además, quien tiene un trabajo no tiene precisamente un tesoro: la precariedad laboral ha convertido a los jóvenes en trabajadores pobres. Empleos pasajeros y salarios ridículos para trabajadores que viven en casa de sus padres y no llegan a fin de mes. Muchos y muchas son solo repartidores o freelancers con escasos derechos laborales. Trabajos en los que no cobras si caes enfermo y que en cualquier caso nunca te permitirán comprar una vivienda.

Por eso, no es suficiente con que la Junta de Andalucía diga que el ‘Bono Alquiler Joven’ “no ha funcionado como quisiéremos”. Como si hubiera sido un fenómeno natural, como si Moreno Bonilla tuviera algún respeto por los 17.000 jóvenes que siguen esperando la prestación, como si el dinero que financia esa política pública no saliera de los impuestos que pagan esos mismos jóvenes y sus familias. Podemos entender que los presupuestos sean escasos, pero que el dinero esté previsto y no llegue por negligencia es sencillamente inaceptable.

Tenemos millones de jóvenes que trabajan a cambio de sueldos que no les permiten vivir bajo techo propio y, cuando llega el momento, no votan. No influyen en la dinámica política y por eso sus intereses están peor representados. Ocurre lo contrario que con los jubilados, un sector de población muy activo electoralmente y cuya prestación principal, las pensiones, es la joya de cualquier presupuesto. Nuestros jóvenes abstencionistas seguirán yendo a trabajar -en el mejor de los casos- y luego volverán a casa de sus padres sin que ningún gobierno se sienta amenazado por su voto. Son ciudadanos clandestinos, como sus problemas. Pero no tardaremos en darnos cuenta de que hay varias generaciones de ciudadanos y ciudadanas que no están solo desconectados de la política, sino que sencillamente no creen en un modelo social que los está dejando al margen. No confundamos el silencio con aceptación. Cuando las injusticias sociales se agarran a las tripas, no hay discurso político que las consuele.

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Columnista
Pablo Hervás

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