viernes 3 diciembre
Opinión  |   |

La Igualdad es (también) cosa de hombres

El otro día, mientras pensaba en el contenido de la columna de esta semana, leí un tweet que decía así: “los hombres que quieren ser feministas no necesitan que se les dé un espacio en el feminismo, necesitan coger el espacio que tienen en la sociedad y hacerlo feminista”. La cita es de Kelley Temple, una activista feminista británica, y viene redonda para dotar a la reflexión de esta semana de un contenido muy adecuado en relación al día que hoy conmemoramos.

La lucha contra la violencia hacia las mujeres es una causa feminista, sin duda, un espacio que el feminismo le ha usurpado al patriarcado de la agenda. Pero luchar contra la violencia machista es un deber ético de toda sociedad equilibrada. No es un asunto cuya importancia corresponda a las mujeres - o mejor dicho, corresponda solo a las mujeres- por ser las principales víctimas de un tipo terrorismo, el machista, que se ceba contra ellas por el mero hecho de ser eso, mujeres. Por ello es importante cuestionarse cómo nosotros, los hombres, el otro 50% de la sociedad, debe ayudar para, no cada 25N, sino los 365 días del año se puede acabar con las agresiones que acaban anualmente en nuestro país con medio centenar de mujeres y deja en la orfandad a cientos de niños y niñas.

Quizás, una de las primeras preguntas que todos los hombres (me refiero al género masculino) debamos hacernos encaja bien con la idea con la que iniciaba esta columna de opinión: cómo podemos ayudar. El primer paso sería acercarse al feminismo y entenderlo. No es difícil, la verdad. El feminismo, al contrario de lo que un colectivo cavernario pretende defender sin ningún tipo de argumento, es un espacio de igualdad, que no tiene más lucha que la de lograr un mundo igualitario, sin violencia, sin brecha salarial, sin discriminación. Es verdad que esas -y otras muchas- son causas abanderadas por el feminismo porque son las mujeres las que sufren de manera abrumadoramente mayoritaria la violencia en el ámbito doméstico o de las relaciones de pareja; porque son las mujeres las que sufren la brecha salarial (que no es otra cosa que cobrar bastante menos que un hombre por desempeñar la misma función que él); porque son las mujeres (jóvenes o mayores) las que sufren con más ahínco todo tipo de discriminaciones.

Comprendido esto (y me cuesta mucho trabajo empatizar con quien no entienda la frialdad de los datos objetivos), todo lo demás irá en cascada.

Y en esa intención de ayudar en la erradicación de la visión más dramática de la desigualdad entre mujeres y hombres que es el uso de la violencia hasta la muerte en muchos casos contra ellas no es preciso ser, sentirse o denominarse feminista. Está claro que se estará cerca de sus postulados, pero ante todo se será un mejor ser humano -que es también otro de los objetivos del feminismo, hacer una sociedad mejor a través de dar las mismas oportunidades a las mujeres-. Como me suele decir una de mis maestras, María Arnedo, cuando le digo que soy feminista, más que feministas podemos conformarnos con ser aspirantes a feministas. Sobre mis espaldas, como sobre las tuyas, querido lector, descansan siglos de patriarcado del que es muy difícil o prácticamente imposible deshacerse. Por esa razón me gusta tanto la frase de Temple, porque a quienes queremos ayudar no se nos espera solo en el feminismo, sino en los espacios que forman parte de nuestra cotidianidad y donde la presencia de los valores de la igualdad entre mujeres y hombres es inexistente. Ir a la manifestación de esta tarde, como siempre, es algo que está bien, pero es mucho mejor no reírse de un chiste machista que menosprecia a una mujer víctima de cualquier tipo de agresión haciéndole ver al presunto chistoso que su visión sobre el humor es, simplemente insultante en lo que a ese parecer toca; vestirse de violeta cualquier 8M está bien porque suma a la causa, pero es mucho mejor hacer vacío a quien, en nuestro entorno más cercano exhibe el machismo más primitivo, o denunciar casos de violencia contra las mujeres (violencias de todo tipo) de los que tenemos a nuestro alrededor.

Hoy, como cada 25N tendremos cerca a algún gracioso que dirá eso de “para cuándo un día contra la violencia hacia los hombres” o “a qué esperamos para celebrar un día del hombre”. Por muy absurdo que pudiera resultar, podríamos solo por una vez, hacer ver a ese tipo de personas que, precisamente un 25N o un 8M han de existir porque durante milenios, el hombre (me refiero al género masculino) ha marcado desde el incontestable púlpito del patriarcado unas reglas del juego que son injustas y arbitrarias, unas reglas que solo se han preocupado de mantener el status quo masculino en detrimento de la visibilidad y la igualdad de oportunidades para la otra mitad de la población a la que le fue impuesta una condición sumisa e injusta.

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Columnista
Juanjo Ibáñez

Periodista

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