miércoles 3 marzo
Opinión  |   |

Laffer y el dumping

No son pocos los políticos que se apuntan a dar lecciones de economía y finanzas apelando a la “Curva de Laffer”. Una forma sencilla y paradójica de explicar que bajando los impuestos se acaba recaudando más. Resulta curioso el éxito que ha llegado a tener esta teoría que muchos economistas rebaten con la misma intensidad con la que algunos neoliberales la defienden.

Se cuenta que dicha teoría fue expuesta en 1974 por el economista norteamericano Arthur B. Laffer en una cena en el restaurante Two Continents, de Washington, durante la cual el autor habría garabateado en una servilleta su célebre curva para explicar al resto de comensales dicha teoría. Los comensales eran el jefe de Gabinete del presidente Gerald Ford, que no era otro que Ronald Rumsfeld, el subjefe Dick Cheney, luego vicepresidente con George W. Bush (ambos famosos después por su papel en la guerra de Irak) y Jude Wanninski, periodista de The Wall Street Journal, que posteriormente sería quien contaría la anécdota en un libro.

Al parecer la servilleta se encuentra expuesta en el National Museum of American History de Washingon. Aunque según publicó el periódico Expansión, el propio autor habría desmentido que la expuesta sea la original y se trataría solo de una réplica en tela, ya que la original habría acabado en una papelera. Justicia poética, un objeto falso para homenajear una teoría mayormente falsa.

Por desgracia la realidad es mucho más compleja que un mero trazo en una servilleta o un discurso simplón lleno de verborrea y demagogia. Precisamente resulta curioso que algunos defensores de esta teoría cuando llegan a gobernar acaban subiendo los impuestos en vez de bajarlos o sencillamente bajando algunos impuestos directos y subiendo otros indirectos para compensar. Así lo hizo Rajoy.

En estos momentos la política más explícitamente defensora de esta teoría es la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, quien predica bajadas o eliminación de impuestos, como el de Patrimonio o el de sucesiones, y argumenta que Madrid es la Comunidad más rica de España gracias a este tipo de políticas fiscales.

En ese discurso hay varias paradojas. Tales impuestos, en su configuración actual, los pagan una minoría de personas, no afectan al común de las familias y su capacidad recaudatoria no es demasiado elevada. Y las causas por las que, comparativamente con otras comunidades españolas, Madrid tiene un alto PIB obedece más bien a razones distintas a las de su política fiscal.

Otra paradoja, el diputado de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), independentista él, viene a reclamar una suerte de armonización fiscal para todo el Estado, aduciendo que Madrid estaría haciendo dumping, competencia fiscal desleal, respecto a otras comunidades autónomas.

Más allá de los méritos que cada político quiera arrogarse, es una evidencia que Madrid, como capital del Estado, ejerce una vis atractiva que implica una enorme ventaja en cuanto a PIB. El efecto capitalidad hace que se sitúen en la ciudad muchas instituciones del Estado, con un elevado número de funcionarios de alto nivel retributivo, que lógicamente viven allí, compran viviendas, vehículos, consumen a diario… y pagan allí sus impuestos. Ese efecto de atracción se produce también respecto a empresas privadas, corporaciones y grupos empresariales que sitúan sus sedes en la gran urbe central donde se adoptan trascendentales decisiones políticas y económicas. Esas empresas cotizan también allí sus impuestos, incluso aunque tengan sus centros de producción en otros lugares.

Mario Ortega y Salvador Soler utilizan el término metafórico de “Ciudad Estado” para referirse a Madrid y a este efecto capitalidad. Eludir este decisivo factor es hacer trampa en el discurso, no exento de demagogia. Pero no tener en cuenta este fenómeno, por parte de los representantes políticos, a la hora de pensar en el diseño de la organización territorial del Estado, la distribución de competencias y las políticas fiscales y presupuestarias, constituye un error grave que acaba generando competencia desleal, sentimientos de agravio entre comunidades y como resultado un incremento de la desafección ciudadana.

Crónica municipal

Bajando a la realidad más cercana quiero contar algo que sucedió hace unos días. Acompañé a la concejala Elisa Cabrerizo a consultar unas facturas en una dependencia desconcentrada municipal. Tras haberlas solicitado por escrito le comunicaron día y hora para poder consultarlas en la oficina correspondiente. Allí nos vimos, en una mesa, tomando nota a mano del contenido de una serie de facturas, concepto a concepto, dato a dato, a partir de unas fotocopias (no las originales), bajo la permanente y atenta mirada de una funcionaria.

Nada que objetar al profesional y educado trato de esta trabajadora que se limitaba a cumplir instrucciones. Pero resulta bochornoso que a estas alturas, con dos leyes de transparencia (estatal y autonómica), con toda una regulación de la administración digital y el derecho de acceso a la información, se sigan utilizando procedimientos más propios de hace décadas que de una administración del siglo XXI.

Sería harto complicado, por no decir imposible, que los concejales de la oposición, para desarrollar su función de control de la gestión del equipo de gobierno, tuvieran que hacerlo siempre de la forma descrita. Afortunadamente esta práctica no es generalizada en las distintas áreas municipales, lo cual demuestra que en el propio equipo de gobierno existen sensibilidades diferentes. Pero lo sucedido, me parece sencillamente intolerable.

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Columnista
Miguel Martín Velázquez

Asesor del grupo municipal de Podemos-IU en el Ayuntamiento de Granada

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