sábado 17 abril
Opinión  |   |

Utopía

Siguiendo la línea de mi anterior publicación, no voy a escribir sobre nuestro alcalde Salvador, básicamente porque no hay que decir nada de quien no hace nada, solo está ahí a ver dónde deriva responsabilidades y decisiones, lo cual es muy desconsolador para el común de la ciudadanía granadina, a lo más, solo se sabe de él cuando hay alguna inauguración, o cuando cede el dinero público a las grandes corporaciones empresariales para que estas se hagan con servicios públicos esenciales municipales o formalizar convenios de cooperación con una entidad (fundación) de capital privado con integrantes vinculados a fondos de inversión para desarrollar el proyecto “Anillo Verde” en el supuesto horizonte de convertir a Granada en una capital verde europea, previa tala de todo lo verde que se ha encontrado a su paso. Se ve, que para esto tipo de tareas sí está capacitado, esto es, destruir, ceder, contratar con dinero público a cualquiera menos a la gestión pública, para después, dice, proteger, desarrollar planes y, por supuesto, fomentar la ciencia, la investigación y la colaboración con los actores económicos y sociales.

Mientras tanto, aquí seguimos, esperando alguna iniciativa que vaya sentando las bases de una cooperación necesaria e imprescindible para que nuestros jóvenes no lleguen a la conclusión que su vida, su futuro, está fuera de Granada, de Andalucía, de España, como única solución para acceder al trabajo, haciendo inútil el esfuerzo de sus padres para que sus hijos tengan una mejor vida, pero también se hace baldía toda la formación adquirida por esos jóvenes, pues no encuentran correlativo en lo que se denomina el mundo laboral que, cuando acceden a este es solo con carácter de supervivencia, nunca de independencia económica, lo que supone cargar, de nuevo, a los padres con dicha situación, a la vez, fuente de conflictos y llena de frustración, pero también de devaluación de las instituciones, a las que se les considera incapaces de articular solución inmediata o mediata, lo que se representa como un túnel sin fin.

No hablemos ya de crear una familia. La situación es claramente preocupante, pues todo pasa por poner algún remedio al desempleo y la precariedad extrema laboral juvenil. Tener un empleo digno tendría como como consecuencia facilitar la independencia económica y el acceso a una vivienda adecuada. Lo mismo, si la educación entre cero a tres años fuera real, gratuita y universal. Estas carencias hacen que el crecimiento demográfico sea una quimera, y la explicación es de una lógica aplastante, no se puede tener hijos, si no hay como mantenerlos con dignidad.

Lo anterior puede provocar un cambio de valores y la transformación de las relaciones, pues no es compatible precariedad laboral y salarial con conciliación familiar, igualdad de género, empleo, siquiera, medianamente estable. Lo que está siendo aprovechado por la extrema derecha que se siente en el derecho a construir un futuro con base en la mentira y el odio, con la clara finalidad de debilitar la democracia. No puede ser de otra forma interpretado ese discurso que considera sentirse orgulloso de que le llamen fascista es estar del lado correcto de la historia y en el buen camino. No podemos olvidar que si llegó el nazismo al poder, una de las razones, es por la debilidad de la derecha llamada de centro que cediendo su terreno democrático por miedo a perder el poder, lo que finalmente, ocurrió, lo ocupó la oscuridad y desgracia más absoluta, a lo que ayudó la insaciable voracidad del capitalismo, provocando, por dos veces, los mayores desastres para la humanidad.

La extrema derecha vende una ilusión, la de crear un mundo más seguro, lo que pasa es que es regresiva, de muerte y destrucción democrática, basta ver lo está pasando en Brasil o en Hungría, y lo que ha estado a punto de pasar en Estados Unidos, donde hay mucho que curar pues la herida es profunda. La cuestión está en que la derecha, liberal y democrática, no tiene utopía, pero debe tenerla y si la ha tenido pero perdido, recuperarla y esa no puede ser nunca la del retroceso, se puede defender en democracia el beneficio y el libre mercado sin que eso sinónimo de dolor, desgracia y ruina y, si se cree que radicalizando su discurso va a conseguir rédito, está en un craso error, se convertirá en mera fotocopia y la gente acabará eligiendo el original. Si la izquierda se hace contemplativa, pierde la utopía de su mensaje universal de un mundo mejor, solidario e igualitario.

El fortalecimiento de la democracia, del sistema de libertades individuales y colectivas y la defensa de los derechos humanos, constituyen la mejor utopía para caminar siempre a un futuro cada vez mejor. No perdamos, pues, utopía.

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Columnista
Salvador Soler

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