domingo 16 junio
Opinión  |   |

Ancho de banda mental

«No doy para más» es una expresión que solemos usar cuando nos sentimos saturadas de todas las cosas que tenemos que hacer, de todos los frentes que tenemos que abordar. Esta sensación de agotamiento mental y falta de agilidad en la toma de decisiones, es la que determina, según Heather Schofield, nuestro «ancho de banda mental». Igual que los mensajes tardan en cargarse cuando hay poca cobertura en nuestro móvil, cuando nuestro ancho de banda mental es más reducido, nuestra capacidad para gestionar el proceso de toma de decisiones se hace más complejo, precipitándonos en ocasiones a cometer errores o repetir acciones equivocadas.

El estudio La vida psicológica de los pobres concluye que la pobreza puede reducir tanto el ancho de banda cognitivo, que la capacidad de una persona para tomar las mejores decisiones se ve seriamente perjudicada. «Si la persona es pobre y su capacidad de ancho de banda está sobrecargada, eso significa que tiene menos dinero para hacer frente a los factores medioambientales responsables de esas decisiones. Existe la posibilidad de un círculo vicioso».
El reto está en aprender a gestionar nuestro ancho de banda mental, controlando, en la medida de lo posible, los factores contextuales que precipitan los errores en la toma de decisiones y las dificultades para salir de esta dinámica de funcionamiento. Para favorecer esta tarea y ayudar a compensar las carencias económicas, laborales y sociales que perpetúan la pobreza, existen los servicios sociales, como sistema que facilita la interacción de las personas con el entorno en el que vive.

Como derecho universal de la ciudadanía, los servicios sociales se enmarcan dentro de nuestro sistema de protección social, que ―aunque cuestionado sobremanera, siempre al límite de su capacidad y con la amenaza de su disolución por los reproches del capitalismo más fiero― hace malabares para que se gestionen de manera eficiente los recursos que pone a disposición de la ciudadanía (salvando la instrumentalización partidista que en ocasiones se hace, pero de esto hablaremos en otro momento). En esa dinámica de «pescadilla que se muerde la cola» en la que se encuentran muchas personas sin recursos suficientes, surgen de manera descontrolada los prejuicios y los enjuiciamientos sobre sus habilidades, intenciones y modos de vida. Estos ataques que se esconden en la aporofobia, el machismo, la xenofobia… han encontrado un gran aliado en el auge de partidos políticos que venden de forma gratuita una ideología de extrema derecha, que condena al diferente y solo mira por sus propios intereses. En estos años de crisis, nuestro sistema de protección social ha desvelado grandes debilidades en relación con los desempleados de larga duración, quienes trabajan a tiempo parcial y con salarios precarios, las familias monoparentales, incidiendo en todos estos asuntos el aspecto de género: la pobreza tiene rostro de mujer.

En el ámbito municipal, con la gestión de las concejalías correspondientes desde un enfoque intersectorial, se puede intervenir de muchas formas; la clave está en saber priorizar y dirimir si el objetivo se encuentra en mejorar el bienestar de la gente que nos eligió como representantes municipales o nos limitamos a cumplir las expectativas de los poderes económicos que mediatizan la independencia de las entidades locales.

«No doy para más», parece decirnos la Administración local cada vez que se le plantean proyectos innovadores para mejorar la calidad de vida de la ciudadanía: talleres intersectoriales entre educación, empleo y servicios sociales; desarrollo de un modelo sociosanitario eficiente; planeamiento de un sistema de movilidad urbana que de verdad nos facilite el uso de la ciudad; o el freno a las iniciativas para mejorar la alimentación saludable con productos locales que ayudan a dinamizar la economía y el empleo local y el empeño de contratar empresas de cátering para la distribución de alimentos que llegan a nuestros hospitales o comedores escolares desde muy lejos, son algunos ejemplos.

El ancho de banda mental de quienes ocupan los espacios de poder en nuestras entidades locales, está saturado. Las prácticas de la política convencional funcionan como el colesterol en nuestra arterias, y corremos el riesgo de que nuestra sociedad sufra un accidente cardiovascular y deje de latir al ritmo acompasado de miles de personas que creemos que podemos hacer de nuestra ciudad un lugar mejor donde vivir.

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Columnista
Leticia García Panal

Concejal de Imagina Nívar

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