martes 26 mayo
Opinión  |   |

El día después

Repite Fernando Simón, el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, que estamos acercándonos al pico de la pandemia. Aunque lo hace sin abandonar cierto tono de cautela, advirtiendo de que lo más duro en muertes y hospitalizaciones llegará en los días siguientes.

Todo el mundo pide unidad, incluidos los políticos de la oposición. No obstante se intuye que los cuchillos pueden estar guardados pero ya bien afilados. Es casi seguro que en cuanto escampe un poco la refriega será sonada. Y que si aún prevalece la sordina es sólo porque se sabe que la gente no perdonaría en este momento trágico a quien adopte la confrontación como forma de hacer política. Se percibe un aire de tregua a la espera del día después.

Donde no ha habido ni un minuto de espera ha sido en las redes. Basta asomarse a ellas para oír y leer el estruendo de las barbaridades, mentiras, calumnias e indecencias que circulan por ellas. Afortunadamente ya hay muchas personas y medios que hacen un servicio público impagable desmintiendo y desenmascarando esa infinidad de bulos e intoxicaciones. Cuesta trabajo entender que pueda haber gente tan perversa, capaz de inventar y vomitar tanta maldad. O que haya gente que se las crea o descerebrados que las difunden aún a sabiendas de su infamia.

Motivos para criticar a los gobiernos, central o autonómicos, los hay y los habrá. Todo el mundo comete errores y pueden y deben ser criticados. En su momento y con los modos adecuados. La educación en las formas no resta un ápice de fuerza o contundencia a esas críticas, sino todo lo contrario,. Al menos en esta ocasión se debería hacer un esfuerzo para tratar de ir al fondo de los problemas para intentar reconstruir parte de lo que va a quedar demolido y para construir un futuro que, todos somos conscientes, va a ser muy diferente a lo que está quedando atrás.

Aparecerán como setas los “adivinadores del pasado”. Después de acontecido todos acertamos, pero anticipar ante un fenómeno tan desconocido no parece fácil. Estoy seguro de que esta crisis sanitaria mundial va a suponer un antes y un después. Pero no habrá un día después sino un tiempo posterior.

El confinamiento otorga la posibilidad de dedicar más tiempo a la lectura y la reflexión. Me niego a consumir horas y horas de televisión y a ser devorado por el obsesivo conteo de personas enfermas o fallecidas. Aparte del emotivo momento de salir al balcón cada tarde para sentir y participar en los aplausos colectivos hacia quienes nos cuidan me reservo el atrevimiento de ponerme a imaginar cómo pueda ser el futuro que nos espera tras esta catástrofe. Resulta de gran ayuda la lectura de la gran variedad de artículos y análisis que abunda en las redes.

Unas palabras del exministro Bernat Soria me han permitido ir más allá de la evidencia de que, a pesar de los pesares, aún tenemos un sistema de salud razonablemente bueno, al apuntar que sin embargo falla en cuanto a prevención. Esta es una de las cuestiones que habría que ir pensando en mejorar.

Se ha destacado como uno de los agravantes de la situación la clamorosa escasez de medios de prevención tan simples como las mascarillas, las batas sanitarias o los respiradores… y se ha denunciado la falta de previsión por parte de las comunidades autónomas. También la ruina de haber desmantelado nuestra industria hasta niveles de depender del exterior para conseguir productos tan aparentemente sencillos. Habrá que plantearse por tanto también el modelo industrial que necesitamos.

He leído a autores tan diversos como Juan Luis Cebrián o Vicenç Navarro señalar que existían estudios recientes, de Naciones Unidas y del Banco Mundial, que alertaban de la posibilidad de una pandemia de este tipo y que el mundo no estaba preparado para ello. Pero nadie hizo caso. Deberíamos reflexionar también sobre cuáles son las amenazas reales y cuáles las prioridades para el futuro.

Resulta llamativo cómo en un mundo hegemonizado por el dogma neoliberal, cuyos ideólogos imponen el adelgazamiento del Estado, ahora se clama pidiendo la intervención de ese Estado para salvarnos de la hecatombe. La sanidad privada no sólo no está sino que incluso en plena crisis se permite anunciar un ERTE para reducir 28.000 empleos. Difícil explicar que en este momento en España sobren tal cantidad de profesionales. Algo no cuadra. Otra cuestión sobre la que habrá que recapacitar para el futuro. Recordando a quienes durante años, desde sus responsabilidades políticas, se han dedicado a recortar la sanidad pública y a favorecer a la privada.

Han llamado gratamente mi atención los lemas que se utilizan durante este periodo, “este virus lo paramos unidos” o “entre todos”. Creo que la inmensa mayoría de los ciudadanos así lo sentimos. Y pienso que cuando esto pase debería permanecer ese espíritu de solidaridad y fraternidad que ahora nos une en los balcones. Porque poner en marcha de nuevo la economía o los servicios públicos solo se podrá hacer desde la unidad de toda la sociedad. La ideología de la competitividad salvaje no servirá para la descomunal obra que nos espera. Algunos autores plantean que el futuro inmediato nos obligará a elegir entre barbarie o sociedad.

Sigamos pensando. Juntos.

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Columnista
Miguel Martín Velázquez

Miembro del Consejo Ciudadano Municipal de Podemos Granada

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