lunes 22 julio
Opinión  |   |

Eufemismos y matemáticas

Las matemáticas son una ciencia exacta. Bueno, hasta que caen en manos de ciertos políticos. En campaña electoral algunos han prometido bajar los impuestos pero incrementar los gastos. ¿Creíble? pues seguramente tendrá su público pero no creo que ni a un alumno de primaria le cuadre tal promesa.

Pasadas las elecciones toca hacer política, no promesas. En el debate de totalidad de los presupuestos de Andalucía el Consejero de Hacienda, Juan Bravo, defendía el proyecto afirmando que “son los presupuestos más sociales de la historia de la Junta”, que “incluyen un gasto total récord, un 5% más que en 2018”. A la vez mantenía que “bajan los impuestos”. La cuadratura del círculo.

No dudo de la capacidad técnica del Consejero, de origen mallorquín, varias veces diputado por Ceuta, licenciado en Derecho, funcionario de la Agencia Tributaria, del Cuerpo Superior de Inspectores de Hacienda, delegado del Ministerio en Ceuta, profesor honorario de Derecho Financiero en la Universidad de Córdoba... Y militante del PP. Pero no estaría de más que nos contara el milagro de los panes y los peces.

En su intervención criticó al gobierno anterior afirmando que el nivel de ejecución del presupuesto de 2018 era muy bajo, pero que el nuevo gobierno va a gastar todo lo consignado. Arriesgada promesa que podrá ser comprobada en apenas siete meses. Me temo lo peor. Recuerdo a un amigo que siempre decía que el debate político más importante en las instituciones era el de presupuestos. Disiento. El más importante debería ser el de liquidación de ese presupuesto. Pero, ¡sorpresa!, tal debate no se suele hacer.

En el ayuntamiento de Granada siempre que llega al pleno el punto “dar cuenta de la liquidación del presupuesto” no hay ningún debate, como mucho el concejal de Hacienda habla de la mejoría de las cuentas respecto al año anterior, pero ni se da palabra a la oposición, ni ésta la pide. Increíble.

Los presupuestos son números en un papel (ahora en formato digital) donde se incluyen capítulos y partidas de ingresos y gastos, formalmente cuadrados, donde el gobierno de turno incluye en gastos e inversiones todo lo que se puede prometer y luego se publicita para mayor gloria de ese gobierno. Pero después viene la realidad, la ejecución. Y ahí los números reales no mienten. En muchas ocasiones la comparación entre presupuesto y liquidación no aguanta.

El truco suele ser fácil, en el presupuesto se inflan las perspectivas de ingresos y eso permite añadir mayores previsiones de gastos y en éstos se incluyen las partidas “más vendibles”, aquellas que más espera la gente que se atiendan.

Finalmente, si no se ejecutan todos los gastos anunciados la liquidación será muy diferente al presupuesto. Pero si se ejecuta aquel presupuesto tal cual, suele suceder que no se cumplen las previsiones de ingresos pero sí se gasta todo lo previsto. Resultado, déficit. Así operó durante años el PP en Granada. Y de aquellos polvos los actuales lodos de la ruina financiera de nuestro ayuntamiento. Paradójicamente, el partido responsable de tal desatino es más que probable que, gracias a un partido que prometió la regeneración y a otro de ultraderecha, vuelva a administrar los recursos públicos de la ciudad. Que dios nos coja confesados.

Durante la campaña escuché al actual alcalde en funciones, Francisco Cuenca, afirmar con todo desparpajo que había conseguido estabilizar las cuentas del Ayuntamiento, que le habían dejado 322 millones de deuda y él la había reducido en 32 millones. Pero basta consultar la liquidación presupuestaria de 2018, para comprobar que la deuda asciende a 321,79 millones. Es decir que en tres años de gobierno la deuda sigue igual. Sí ha variado su composición. Se ha pagado a los bancos y se le debe más a los proveedores, convertidos en financiadores obligados del ayuntamiento.

Son cosas de la “contabilidad creativa”. Porque si en matemáticas andan imaginativos nuestros políticos en lenguaje andan aún mejor. Los eufemismos constituyen una figura ampliamente utilizada como modo de encubrir malas noticias.
Zapatero fue un maestro. Jamás mencionó la palabra crisis, prefirió términos como “coyuntura económica adversa”, “desaceleración transitoria”, “escenario de crecimiento debilitado”…

Rajoy no le fue a la zaga. En vez de recortes hablaba de “medidas de ahorro”. Se refería a Bárcenas como “esa persona de la que usted me habla” o “alguien que formó parte del PP”…

También de Guindos mostró gran creatividad con el lenguaje. Nunca hubo rescate bancario sino “préstamo en condiciones favorables”, “colchón de capital para la banca”, “crédito blando”. También el ministro Montoro hablaba de “inyección de liquidez para la banca”. Designó a la amnistía fiscal “declaración tributaria extraordinaria en condiciones diferentes de una regulación ordinaria”…

Otros eufemismos célebres son denominar "movilidad exterior" a la emigración forzosa de nuestros jóvenes o “recargo temporal de solidaridad” a una subida de impuestos. La famosa “indemnización en diferido” de Cospedal o el “cese temporal de convivencia” para contar la separación de la infanta Elena y Marichalar.

Algunos de estos ejemplos han sido recogidos en una investigación del profesor Francisco José Sánchez García, de la Universidad de Granada, de la que se hizo eco este periódico.

El último ejemplo ha sido el “gobierno de cooperación” de Sánchez e Iglesias. Que cada cual explica a su manera e incluso variando de una vez a otra. Vaya usted a saber lo que este invento acabará siendo. Aunque hoy soy más optimista que en mi columna anterior. Solo espero que realmente implique un gobierno estable y de progreso que revierta tantas pérdidas de derechos, libertades y calidad de vida a favor de la mayoría de los españoles.

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Columnista
Miguel Martín Velázquez

Miembro del Consejo Ciudadano Municipal de Podemos Granada

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