viernes 1 marzo
Opinión  |   |

La sanidad que no cura

Marta nació en democracia y pensaba que la beca que pagó su universidad, la variedad de periódicos en el quiosco y las pensiones de sus abuelos formaban parte del paisaje. Nunca creyó que fueran derechos ni conquistas sociales, simplemente estaban allí. Si te levantas por la mañana y tienes guarderías, autobuses y hospitales, no te preguntas cuándo llegaron ni piensas que puedan faltar. Se nos olvida el privilegio que supone vivir bajo un sistema de protección social y lo difícil que es mantenerlo, pero eso es precisamente el ‘Estado Social’ al que se refiere la Constitución, una forma de organizar la sociedad en la que los gobiernos tienen la obligación de garantizar lo más básico.

Ahora que el patriotismo consiste en llevar una pulserita en la muñeca, ignoramos que la sanidad pública, universal y gratuita también forma parte del pacto constitucional. El sistema sanitario es una parte esencial del tipo de sociedad que quiso construir la democracia: un modelo solidario, donde la mayoría paga impuestos para que todos y todas estemos protegidos. Para que, cuando estamos enfermos, solo tengamos que pensar en curarnos y no en cómo pagarle al médico.

Por eso son especialmente preocupantes los datos que acaba de confesarnos el gobierno de Juanma Moreno sobre la sanidad andaluza. Según la propia Junta, hay 24.000 granadinos y granadinas en lista de espera para operarse y 70.000 personas esperando la primera consulta con el especialista. Y la cosa empeora rápidamente: solo en el último año ha aumentado un 20% el número de personas que espera su operación. ¿Qué ocurrirá el año que viene?

Cuando un político reconoce que se está equivocando recuerda a un empresario que no disimula que se está haciendo rico, solo confiesa cuando ya no puede ocultarlo. La situación es grave: una de cada cinco personas lleva más de un año esperando su operación y se tarda una media de seis meses en ver al especialista.

A punto de cumplir 40 años y con dos niños pequeños, no es buen momento para que te den un susto con los marcadores tumorales. Marta salió del centro de salud con el corazón en un puño y el cronómetro en marcha: seis meses hasta que me vean y un año si me tienen que operar. No salen las cuentas.

Lo más triste es que el deterioro del sistema sanitario es completamente innecesario. No podemos evitar ponernos enfermos, pero tener un buen sistema asistencial solo es cuestión de voluntad política. El empeoramiento de la salud pública se parece al de nuestra propia salud personal, muchas veces es lento, sutil, ocurre sin darte cuenta y llega un momento en que es irreversible. La diferencia es que nosotros enfermamos sin querer y a la sanidad pública se la están cargando a conciencia.

Todos los sindicatos coinciden en que el problema es la falta de personal -plantillas deficitarias que dan lugar a profesionales agotados- y la merma de la inversión pública. Un buen sistema sanitario se construye con dinero, con voluntad política para orientar el gasto público. Pero, para eso, hace falta creérselo, que no es el caso. Nuestro Juanma Moreno empeora a propósito la calidad de los servicios públicos para que los ciudadanos prefieran la oferta privada. Ya no se privatiza por decreto, sencillamente se deja morir. Por eso los seguros médicos han aumentado en España un 20% en los últimos 5 años y ya los tienen 12 millones de personas. El deterioro premeditado de la sanidad pública produce desconfianza en el sistema e invita sutilmente a pensar en alternativas. Primero se genera el problema y después se ponen sobre la mesa soluciones basadas en la privada.

Por eso, los padres de Marta le decían que la sanidad pública solo se defiende votando a partidos que defienden la sanidad pública. Pero ella ya no tiene tiempo de pensar ni de votar, ahora tiene que resolver un dilema: esperar la cita del especialista o buscar un seguro, soportar la incertidumbre de la lista de espera o abonar la minuta de la clínica privada, luchar por sus derechos o darlos por perdidos. Marta ya ha pasado de ‘ciudadana’ a ‘cliente’.

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Columnista
Pablo Hervás

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