jueves 28 enero
Opinión  |   |

¿Tiempos nuevos?

En estas fechas de travesía del año que acaba al que comienza es una tradición utilizar el dicho popular de “año nuevo, vida nueva”. Se trata de una evocación optimista a la suerte, a una especie de apertura a cambios, a nuevas oportunidades.

Estoy seguro de que en este paso de año los deseos de cambio han sido más unánimes que nunca y que la mayoría damos por hecho que 2021 será bastante mejor que el catastrófico 2020. Pero esa esperanza no quita que a la vez nos sigan abrumando aún las incertidumbres y temores que arrastramos del año anterior. La buena noticia de que tenemos nos anima a pensar que podremos controlar la pandemia y frenar la enorme cantidad de muertes que está provocando. Aunque somos conscientes de que el enorme daño económico y sus graves consecuencias sociales se agudizarán en el corto plazo y muy probablemente sean largas en el tiempo.

Apenas una semana de año nuevo y ya tenemos algunos indicios de que si las cosas van a cambiar no van a ser de inmediato. Determinadas inercias continúan e incluso se agravan. Dos noticias nos llenan de zozobra y aumentan nuestra preocupación.

Sigue la costumbre de echar la culpa a otros de los problemas de gestión propios. Han venido vacunas, ciertamente en escasa cantidad, y se han repartido de acuerdo a lo previsto, por población entre las distintas comunidades autónomas. Polémica a pesar de todo. Y batalla. Que si a la mía la tratan peor que si me correspondía un mayor número…. Se supone que todo era conocido y estaba organizado hace semanas y que los servicios sanitarios de cada comunidad debían preparar sus infraestructuras y programar la vacunación, comenzando por las personas mayores y el personal sanitario y de cuidados. Pues la primera en la frente. Llegan las vacunas y asistimos atónitos a la incapacidad de algunas comunidades para cumplir eficazmente con sus propios planes. Excusas mil. Y la culpa siempre del otro, del gobierno central. El hecho de que comunidades como Asturias hayan hecho bien sus deberes pone en evidencia que quienes no han cumplido son responsables directos e inexcusables de esos incumplimientos. Madrid y Cantabria las peores. Vale ya de excusas y de falsos lamentos. Las cosas como son.

El día de Reyes en vez de regalos nos encontramos con una turba humana asaltando el Capitolio (sede del parlamento) en EE.UU. Ojos como platos. Las imágenes no nos hubieran extrañado de un país bananero o un Estado fallido. Pero no quien presume ser la mayor democracia del mundo. Se nos hiela la sangre. Ni siquiera las imágenes grotescas de personajes fantoches ocupando pasillos e o el hemiciclo son capaces de provocarnos hilaridad alguna.

Escucho a los comentaristas relatar los sucesos. Sorprendidos. Alguno, más incisivo y con buen sentido, viene a decir que más allá de las imágenes hay que entender cómo se ha podido llegar a esto. Esboza algunas hipótesis, pero se le nota que ni siquiera él está seguro de conocer las causas. Sí está claro que obedece a algo profundo, que se ha venido fraguando en los últimos años, de manera progresiva. ¿Cómo se miente tanto a tanta gente y cómo millones de personas se creen mentiras tan burdas?. Ni siquiera se pueden explicar estos sucesos porque hayan sido amparados por su propio presidente. El problema es anterior, ¿cómo puede llegar a presidente un personaje tan siniestro con el voto de tantos compatriotas?

La manipulación y la siembra de odio no son de hoy, pero sus efectos sí los sufrimos en este tiempo. Los sistemas democráticos tienen un problema de desafección que hay que intentar sanar cuanto antes o pronto hasta la imperfecta democracia de que disfrutamos no será más que un melancólico recuerdo.

Me aterra y me entristece oír a líderes políticos españoles condenar con la boca pequeña estos sucesos para acabar diciendo, con total descaro y falsedad, que es igual que lo que ha sucedido en España en otros momentos y cuyos responsables habrían sido partidos de otro espectro político. En su pertinaz necedad, pase lo que pase en el mundo mundial, finalmente siempre acaban echándole la culpa a Pablo Iglesias.

No soy una persona a la que le guste abonarse al catastrofismo, pero hoy no dejo de pensar que estamos ante una demencial deriva. Debemos dejar de alimentar o blanquear determinadas conductas y a determinados personajes. O volvemos a un cierto sentido común o terminaremos mal.

Acabo de leer una noticia que describe hasta dónde llega la estupidez. Está firmada por Jesús Bastante, en el periódico religiondigital.com. Carlo María Viganò, exnuncio Apostólico en EE.UU (2011-2016) habría afirmado que “Bergoglio (el Papa Francisco al que nombra por su apellido), junto a Biden, están subordinados a la ideología globalista y su perversa, inhumana, anticristiana e infernal agenda” y “acusa al Papa de estar detrás del proyecto masón-globalista y reclama a los católicos estadounidenses que no se queden quietos y apoyen a Trump para frenar lo que califica de chantaje a los valores cristianos”. Porque “todos los líderes del mundo, incluyendo a Bergoglio, hablan con impunidad del Nuevo Orden Mundial”. “La conspiración existe”, asegura.

La revista religiosa Vida Nueva, titulaba así un artículo publicado en septiembre: “El exnuncio Viganò pide el voto para que Trump luche contra las fuerzas demoníacas del estado profundo”.

Se dirá que gente disparatada hay en todas partes. Y es cierto. Pero ni en todas partes llegan tan lejos, ni en tan elevado número ni con tanto poder.

Acabo deseando que efectivamente este año sea mejor que el finalizado. Y también que no esperemos sólo a que sea la suerte quien nos ayude sino que todos contribuyamos a que sea así. A la suerte hay que ayudarla.

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Columnista
Miguel Martín Velázquez

Asesor del grupo municipal de Podemos-IU en el Ayuntamiento de Granada

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