domingo 20 junio
Opinión  |   |

Biden podemita

En su primera comparecencia ante el Congreso de los EEUU (Senado y Cámara de Representantes) el presidente Biden sorprendió con un discurso que cambiaba los ejes de la tradicional política norteamericana a la vez que explicitaba una ruptura política respecto a su antecesor Trump.

A su anunciado paquete de rescate de la economía de 1,9 billones de dólares, financiado a través de deuda, añade ahora un proyecto a 10 años por otros 1,8 billones, para “mejorar la vida de millones de norteamericanos”.

Pero su discurso comenzó con una defensa de la democracia, en estos tiempos en que sufre amenazas serias. En EE.UU nada más y nada menos que un asalto al parlamento instigado por su predecesor en el cargo. Por ello no dudó en relacionar el rescate social como la mejor defensa de la propia democracia, que plasmó en una frase lapidaria, “tenemos que demostrar que la democracia todavía funciona”, “que es capaz de atender a las demandas más urgentes de nuestro pueblo”.

La democracia, y los derechos y libertades que lleva implícitos, no pueden desvincularse de la calidad de vida de los ciudadanos porque quedaría vacía de contenido y ese es hoy uno de los principales riesgos para nuestras libertades.
Estos ambiciosos planes de protección social e inversión pública supondrían la mayor expansión del Estado del Bienestar en décadas. Frente al prevalente discurso de “menos Estado”, impuesto por el credo neoliberal desde los años ochenta, Biden apuesta por “más y mejor Estado”, el que mira y protege a las clases medias y bajas.

Para pagar todo esto Biden apuesta por no subir los impuestos a las clases medias y bajas, afirmando que “esos ya pagan bastante”. Por contra propone más recursos para combatir la evasión fiscal, subidas de impuestos para las empresas y para aquellos ciudadanos que ganen más de 400.000 dólares anuales, el “1% más rico”.

Frente a Trump apuesta por un cambio de rumbo al añadir unos ambiciosos objetivos medioambientales, asociados a la creación de empleo a través de una industria medioambiental propia.

También ha hecho un llamamiento a reforzar el sindicalismo y una defensa de las organizaciones sindicales que luchan por los derechos laborales de los trabajadores, recordando que “no fue Wall Street quien construyó el país, sino la clase media y los sindicatos”.

Todos ellos mensajes que en la boca de quien durante 36 años se forjó una reputación de moderado demócrata centrista realmente pueden sonar extrañas pero que seguramente dichas en España por cualquier dirigente progresista serían rápidamente tildadas de “podemita” o “bolivariano”, tanto por la oposición parlamentaria como por la mayor parte de los grandes medios de comunicación.

Realmente este tipo de medidas no son más que una actualización de las políticas keynesianas que durante decenios fueron aplicadas para sostener y equilibrar los excesos del capitalismo. Y no solo por la socialdemocracia tradicional sino también por la Democracia Cristina e incluso los liberales. Pero los tiempos han cambiado.

Por supuesto que EEUU no es Europa, ni Biden un converso izquierdista. Lo que sucede es que los acontecimientos lo han llevado a cambiar los dogmas macroeconómicos y su ideario social-liberal que había defendido hasta ahora. Se ha producido una crisis sanitaria global que amenaza las economías de todo el mundo y la calidad de vida de la gente. La situación exige medidas excepcionales que traten de paliar los daños para la mayoría. También se está percibiendo que nos va en ello la propia democracia.

Mi admirado Pablo Bustinduy atribuye parte de este giro de Biden a la influencia del senador y excandidato en las primarias del Partido Demócrata, Bernie Sanders, quien retiró su candidatura, para apoyar a Biden, acordando con él la conformación de grupos de trabajo programático conjuntos. Ahora se comprueba que la columna vertebral de las propuestas realizadas por Biden formaban parte del discurso de Sanders.

Pero a la vez señala algunas contradicciones que la izquierda cuestiona en el discurso de Biden. Una especie de “no es oro todo lo que reluce”. Entre ellas el posible carácter coyuntural de sus propuestas, el estar enraizadas en una defensa de la posición imperial de los EE.UU., reflejada en su intención de incrementar significativamente el gasto militar. Y el principal riesgo, que las propuestas más ambiciosas no pasen el filtro del Senado o se vayan diluyendo en las negociaciones internas del propio Partido Demócrata.

Pero a pesar de todo está claro que solo con su formulación el discurso de Biden supone un aldabonazo frente a la radicalidad de quienes aún defienden el modelo ultraneoliberal, denostan el papel económico y redistribuidor del Estado y la necesidad de potenciar las redes de protección social.

Este debate es precisamente el que ha quedado tapado en las elecciones madrileñas bajo el griterío y la crispación y también por la simpleza de un discurso que ha sido capaz de envolver bajo la bandera de la libertad, intencionadamente confundida con poder salir de copas o ir a los toros, lo que en realidad se plantea que es el laboratorio ultra-neo-liberal donde todo se mercantiliza, incluidas las relaciones sociales esenciales, donde los poderosos imponen sus reglas y se pone a las instituciones a su servicio.

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Columnista
Miguel Martín Velázquez

Asesor del grupo municipal de Podemos-IU en el Ayuntamiento de Granada

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