jueves 18 agosto
Magazín  |   | Luis F. Ruiz | Fotos: Álex Cámara

Jondo, un perfecto desorden para cinco amores de verano rotos en el Generalife

El teatro granadino alberga el Ciclo Lorca y Granada más contemporáneo de los últimos años, con un Eduardo Guerrero 'infinito' sobre el escenario

La danza contemporánea y flamenca se fusionan durante 'Jondo'. Foto: Álex Cámara

Probablemente quien este año acuda al Generalife para el Ciclo de Lorca y Granada no vea paralelismos o interpretaciones que se asemejen a lo de otros años. La cita más contemporánea en el enclave histórico aborda en esta ocasión 'Jondo', un espectáculo en el que el desorden es perfecto para narrar la conexión de historias de amor rotas en pleno verano en Granada.

El escenario granadino ha albergado la primera de las representaciones que durante mes y medio se ofrecerá a un público que ha hecho de las noches al fresco que inspira el territorio alhambreño una cita ineludible con el estío. La luna vuelve a ser testigo de excepción y no vendrá mal para poder iluminar el desarrollo de una obra que va de menos a más.

Intentar entender todo lo que está sucediendo en el escenario de principio a fin no solo es una utopía en el ciclo de este año, sino que no se debe de intentar. Solo hay que dejarse llevar por lo que se percibe, se ve, se siente y se oye sobre unas tablas en las que basta con los cipreses que delimitan el territorio sin más decoración para dar cabida a las siete escenas que desarrollarán la historia.

La guitarra de Pino Losada bien pronto se hace con el primer foco de la noche, que no se apagará ni si quiera cuando el público ya está de pie en sus butacas despidiendo al elenco de artistas, cantaores, músicos y bailaores. Su tacto con las cuerdas va más allá de lo humano, como corrobora el colofón final con la danza flamenca en la que, junto a los tacones de Eduardo Guerrero, componen la misma simbiosis que representan el Generalife y la Alhambra desde su creación.

'Jondo' adentra a los asistentes en una noción actual del flamenco y Federico García Lorca, quien reflejó en numerosas de sus obras el desamor, también en verano, con una versión actualizada cien años después de las tradiciones populares que ni él ni Manuel de Falla quisieron que se perdieran con la creación del Concurso del Cante del que ahora se cumple un siglo.

El ciclo en el Generalife no es un homenaje más a lo que intentaron el poeta granadino y el compositor gaditano en 1922, sino la mejor renovación posible a través de la danza contemporánea y flamenca en una evolución que los han traído de la mano hasta nuestros días.

Eduardo Guerrero es protagonista con sus pies y manos en el espectáculo. Foto: Álex Cámara

Cinco cuadros

La partitura se compone de un prólogo en el que se introduce al espectador en la fusión de lo que están a punto de ver, para adentrarse en hasta cinco cuadros en los que no faltan poemas del Cante Jondo, cañas y polos, milongas, peteneras, zambras granaínas o seguirillas y serranas.

Todo ello llevado a las tablas con una gran composición de luz, entremezclada con lo clásico del flamenco, desde el taconeo a las palmas y con acompañamientos 'impropios' para el purista de este arte declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad, como puedan ser una batería o un trombón soprano.

Rosita, Don Perlimplin, Mariana, Adela y el director son los protagonistas de las cinco escenas que se llevan las tablas, en las que hay de todo, desde un hombre que se transforma en otro hasta morir, pasando por una mujer devorada por el amor o la libertad sexual que puede conducir a la muerte para lograr la eterna vida.

Son personajes lorquianos que mueren sin ser amados y que Sharon Fridman ha moldeado a su antojo, en una composición inédita en la que a veces no son necesarios ni los camerinos para que se vayan cambiando la vestimenta y afrontar el siguiente relato.

Y por si pareciera poco Carmen Linares ahora, y Pasión Vega a partir del 13 de agosto; da sus pequeñas dosis de arte sobre el escenario como artista invitada, haciendo así un viaje junto a Lorca y sus historias mil veces contadas en formatos infinitos, siendo el de 'Jondo' uno más, tan válido como el resto, para contar el desamor de cualquier noche de verano propia del más común de los mortales.

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