jueves 15 abril
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Inmigrantes, mafias y educación: el triángulo del cambio

Hace pocos días tuve la oportunidad de formar parte de los tribunales de Selectividad en la sede de Ceuta. Una tarde caminé hacia la frontera con Marruecos. El paisaje iba cambiando progresivamente desde las limpias y cuidadas calles del centro de Ceuta a los arrabales cercanos al conocido barrio del Príncipe en el que las basuras, tanto en la costa como en las calles, eran protagonistas. El tráfico en la frontera era frenético, con colas de coches interminables. A un lado, la Unión Europea y, al otro lado, la inmensa África, un mismo continente con dos niveles de bienestar completamente diferentes.

Desde las costas de Marruecos hasta Libia salen todos los días pateras, barcazas y, prácticamente, cualquier cosa que flote, colmados hasta los límites, de personas que buscan una vida mejor en la tierra prometida de Europa. Esta Europa que no acaba de encontrarse a sí misma, una Europa creada sobre los valores de la ilustración que vio nacer la declaración de los derechos humanos pero que ve peligrar su integridad cultural por la incorporación de individuos de culturas tales como la islámica.

A falta de una posición común de la vieja Europa respecto a la gestión de sus fronteras, cada país miembro toma sus propias decisiones sobre si aceptar o no la entrada de barcazas en sus puertos. Las mafias aprovechan la coyuntura y abandonan a su suerte a los pasajeros a la espera de que sean salvados por las ONGs o los barcos patrulleros. A este respecto, los europeos se dividen entre aquellos que consideran que es necesario acoger a todos los inmigrantes y los que piensan que la devolución de los mismos a los puertos de origen desincentivaría a las mafias ansiosas de hacer su agosto.

La pena, lástima, compasión, misericordia o cualquier otro nombre que se le quiera dar conmueven a una parte de la opinión pública al igual que el miedo, el resquemor, la desconfianza y el temor cimientan la opinión pública opuesta. Ambos extremos emocionales son legítimos y humanos, y giran en torno a las búsquedas de parches en el corto plazo, pero no solucionan el problema. La realidad es que ni Europa puede dejar morir a miles de personas en el Mediterráneo ni puede abrir sus fronteras indiscriminadamente.

Actualmente, los inmigrantes que llegan a las costas europeas son fundamentalmente aquellos que, o bien han podido pagar a las mafias varios miles de Euros por su viaje, que devolverán prácticamente como esclavos del siglo XXI, o bien aquellos con características físicas excelentes, en su mayoría hombres, gracias a as cuales pueden atravesar diferentes países en un largo viaje y saltar las vallas de Ceuta o Melilla en masa, en el caso de España. En realidad, este tipo de inmigración es la punta del iceberg. Con esos incentivos, generalmente, las personas más desesperadas y con menos escrúpulos son los candidatos ideales como clientes de las mafias.

Sin embargo, atrás quedan millones de personas con grandes talentos, conocimientos y actitudes que se encuentran en una situación tan precaria que, simplemente, no tienen ninguna oportunidad en sus países de origen y ni siquiera pueden plantearse el pago a una mafia para huir a Europa. A este respecto, Europa ha hecho poco por atraer parte de ese talento y España aún menos. No existe ningún instituto Cervantes en el África subsahariana a excepción de Dakar y la presencia de sedes de universidades españolas es nula. Tenemos desde Europa la gran oportunidad de cambiar el sistema de incentivos a la emigración a través de la creación de centros educativos que formen profesionales de calidad que, o bien, puedan terminar su formación en Europa, o bien, puedan ejercer en sus países de origen con el fin de convertirse en la próxima generación que pueda cambiar el modelo político y económico desde la formación como ya ha hecho algún país africano como Ruanda.

Como ejemplo, España destina partidas económicas ingentes a embajadas independentistas que sirven a causas contrarias a los principios de la Unión Europea. Tales fondos destinados a la creación de centros educativos en África podrían marcar una diferencia en la política migratoria. La formación como incentivo al acceso a Europa beneficia a ambas partes y una intervención europea más intensiva que garantice los derechos a la educación en África sería el inicio del cambio del modelo. Es fundamental fomentar y potenciar los programas Pan Africanos no sin añadir esfuerzos individuales de los miembros de la UE como España, aportando programas educativos de universidades españolas en países africanos y una mayor inversión en centros de enseñanzas medias e institutos cervantes.

África tiene más de la mitad de su población por debajo de los 30 años de edad (datos de 2017). Incentivar a esta población hacia su formación como fuente de prosperidad y desarrollo es una labor fundamental que Europa tiene en su mano. La alternativa seguirán siendo los cadáveres en el mar de un lado y la crispación de la opinión pública en el otro.

Daniel Arias Aranda
Catedrático de Organización de Empresas

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