domingo 11 abril
Opinión  |   |

Sánchez vs ZP

Algunos analistas políticos mantienen que el PSOE gana las elecciones por la izquierda pero luego gobierna por la derecha. Aceptemos o no esa proposición resulta complicado aplicarla al recién iniciado gobierno de Pedro Sánchez. Primero, porque el PSOE ha llegado al gobierno pero no ha ganado las elecciones. Incluso lo ha hecho desde sus peores resultados electorales. Segundo, porque ni en su discurso de investidura ni en las escasas semanas de presidencia ha expuesto cual será su programa de gobierno. Y de sobra son conocidos los giros copernicanos que Sánchez es capaz de hacer.

Lo que sí ha hecho en tan escaso tiempo es prodigarse en la emisión de gestos. No sabemos hasta qué punto esta política de imagen es producto de la creatividad de su fichaje, el consultor Iván Redondo, que antes trabajó para el PP como asesor de Juan Antonio Monago, el expresidente popular extremeño, o del controvertido Xavier García Albiol, líder del PP catalán y exalcalde de Badalona, donde en 2007 puso en marcha una polémica campaña electoral en la que prometía “limpiar” la ciudad de inmigrantes.

La primera y potente imagen que Pedro Sánchez nos envió fue el de un gobierno compuesto mayoritariamente por mujeres y en el que se incluían personas ajenas al partido y con gran reconocimiento profesional. Como punto de partida no es poco. Parecía lanzar el mensaje de una apuesta por la independencia y la capacitación frente a la imagen de la política llena de mediocridad y donde primaba la fidelidad antes que la cualificación. No obstante no tardó mucho en caer la primera pieza, Maxim Huerta, el ministro de cultura más breve de la historia. Un error de principiante no haber comprobado sus antecedentes con Hacienda.

Los publi-reportajes de Pedro Sánchez haciendo “footing” por los jardines de la Moncloa o acariciando a su perro, fueron también representaciones claramente intencionadas para construir una imagen positiva del presidente. Aunque nada resulta más artificial que el intento de aparentar naturalidad.

También pretenden transmitir mensajes, subliminales o no, las imágenes del presidente en el avión, camino de Bruselas, con gafas de sol y en aparente pose de trabajo. O las fotos en twitter, desde las cuentas de la Moncloa, de sus manos asociadas a mensajes sobre su “determinación” y la evaluación de sus “sus recientes encuentros con líderes europeos”.

Por tanto, a falta de un programa de gobierno explícito, nos inunda de imágenes. Y nos anuncia algunas medidas concretas de alto contenido simbólico, como el traslado de los restos de Franco del Valle de los Caídos o la posible retirada de las cuatro medallas (con sobresueldos) al torturador Billy el Niño. Curiosamente las tres últimas le fueron otorgadas en periodo democrático.

Todas estas decisiones no pueden sino ser aplaudidas por cualquier demócrata. Lo que resulta inaudito es que no se hubiesen adoptado antes.

El acuerdo de recibir en España al barco Aquarius, con 629 inmigrantes, tras el rechazo de Italia, es una medida que transmite “humanidad”. Aunque no resuelve el problema de la inmigración ni siquiera supone un punto de inflexión en la política migratoria.

De sobra sabemos a estas alturas de la importancia que en política tiene la imagen. Pero dudo que se pueda vivir sólo de ella. Tras las fotos y los gestos debe haber siempre una realidad, una gestión, un programa político. O el escenario acabará por desmoronarse.

El anuncio de Sánchez de que no derogará la reforma laboral o la reaccionaria ley “mordaza” suponen dos jarros de agua fría sobre las expectativas que sin duda despertó su acceso al gobierno.

Esta situación me recuerda a los mandatos de Zapatero. Con medidas positivas en derechos y libertades civiles a la vez que se desarrollaba una nefasta política económica. Sánchez aún está a tiempo de que este paralelismo no se haga realidad. Para ello tendrá que centrarse más en los problemas reales de los españoles y no aspirar solo a ganar unos pocos votos con políticas de imagen, por muy positivas y simbólicas que algunas de ellas nos parezcan.

Miguel Martín Velázquez
Colaborador de Ahora Sí

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