domingo 11 abril
Opinión  |   |

Tengo envidia de Cataluña

Es difícil abstraerse en estos días de lo que está ocurriendo en Cataluña. El domingo pasado se produjo un supuesto referéndum, que más bien pareció un juego al gato y al ratón, escondiendo y sacando urnas. Las concentraciones y manifestaciones constantes que se vienen dando. Y la espera de posibles acontecimientos futuros que no sabemos en qué van a terminar. Hace que por fuerza la mirada de todos se dirija hacia esa zona de España.

En principio ese tipo de actuaciones, en una tierra como la nuestra, Granada, parece bastante complicado que se puedan llegar a dar.

Ya resultó sorprendente la movilización que se produjo en nuestra ciudad, hace ahora un año, para defender la existencia de dos hospitales completos. Y también, aunque con menor trascendencia, la movilización por la vuelta de una línea ordinara de tren a Granada.

Se puede sentir envidia, al observar como buena parte de la sociedad catalana, se une para defender con firmeza lo que consideran que es suyo por derecho.

A nuestra ciudad no le faltan motivos por los que manifestarse y unirse por un objetivo común, contra la desidia del Gobierno Central y del Territorial y es ahí donde pudiéramos albergar ese sentimiento de envidia.

La tardanza en poner en marcha infraestructuras vitales para nuestra ciudad. La necesidad de una apuesta clara de inversión en investigación y desarrollo, que aporte un valor añadido a nuestra Universidad. Un desarrollo turístico de calidad y sostenible. Unas administraciones saneadas que actúen por el bien común y lejos del tacticismo político. Y por supuesto una apuesta por una mayor empleabilidad y una mayor calidad en el empleo. Son algunas de las reivindicaciones que Granada podría poner en la cabecera de una inmensa movilización que aglutinara a toda la sociedad. Pero esto no ocurre en Granada.

Podría producir envidia ver como por igual muchos de los políticos, sindicatos, empresarios, profesionales, asalariados, estudiantes, fuerzas del orden, parte de la iglesia catalana, jóvenes y mayores se unen en Cataluña.

¿Y se unen para qué? ¿Para qué se manifiesta Cataluña? ¿Para qué crear esta enorme fractura social? ¿Se trata de la lucha contra el Gobierno de la Nación por el déficit en inversiones que sufren, tal y como le ocurre a Granada? ¿Se manifiestan por una mejor financiación que permita cumplir mejor con los servicios que tienen encomendadas las administraciones catalanas? ¿Es una forma de poner contra las cuerdas al Gobierno del PP por su reforma laboral o el resto de sus políticas sociales y económicas?

A la vista de las reivindicaciones y las declaraciones más profundas que se hacen, al parecer la movilización constante a la que estamos asistiendo en Cataluña, no es para abordar ninguno de los problemas de las personas de a pié. Ni el empleo, ni la falta de inversiones, ni la seguridad ciudadana, ni otro tipo de problemas sociales, están en la hoja de ruta de quienes lideran estas movilizaciones, ni de quienes las secundan. Al parecer todo este movimiento viene de la necesidad de defender el “derecho a decidir del pueblo catalán”.

Y ahí es donde se acaba la envidia hacia lo que está ocurriendo en Cataluña y se empieza a sentir verdadera pena y tristeza.

La defensa a ultranza de unos supuestos derechos del “pueblo”, o de los “territorios”, está dejando en un segundo plano la defensa por los derechos de los ciudadanos. Y es que ni el “pueblo”, ni los “territorios” tienen derechos.

Los titulares de los derechos, somos los ciudadanos, todos los ciudadanos, individualmente cada uno de ellos.

Y cuando políticos, sindicatos, empresarios, profesionales, asalariados, la iglesia, estudiantes, fuerzas del orden, jóvenes y mayores se unen para defender supuestos derechos del “pueblo” o de los “territorios”, lo hacen en contra de los derechos de los ciudadanos.

Cuando se esgrimen derechos del “pueblo” o de los “territorios”, se están ocultando los verdaderos problemas de los ciudadanos, las preocupaciones reales del ciudadano de a pie. De forma que cuando todos estos colectivos se ponen al servicio de algo que no existe, se están olvidando de su cometido real en la sociedad.

Gustavo García
Historiador y escritor

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